Ejercicio con foto – 5ta propuesta

Es el último ejercicio con la foto, salvo que quieran continuar la serie. La propuesta es que elijan una de las siguientes opciones:
1- Desarrollar la siguiente idea: los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego
2- Título: Epílogo
3- Epígrafe: El mejor profeta del futuro es el pasado (Byron)
4- Epígrafe: No se logra un beneficio sin perjudicar a otro (Montaigne)

Mujeres eran las de antes, por Adriana Ambrosioni
V

“El mejor profeta del futuro es el pasado” (Byron)

Sábado a la noche y otra vez sin planes. Se le hizo costumbre, en los últimos tiempos, quedarse a ver televisión mientras las amigas se encontraban a bailar en “Kao’s” o tomaban algo en el barcito frente a la plaza San Martin. Poco antes de la hora de la cena, enfundadas en jeans ajustados (mandato de la moda) y el pelo suelto (contra cualquier prejuicio), armaban largas charlas alrededor de los árboles. Por supuesto, luego llegaban los varones, con los pantalones desteñidos, detalle de honor a la rebeldía exultante de la democracia recuperada con creces. A Esteban no le gustaba que anduviera de noche aunque fuese dentro del barrio y las amigas la acompañaran. Claro, a Esteban no le caía bien cualquier situación en la que él quedara afuera.

Julia se alejó de la ventana, al fin y al cabo sabía de memoria la pintura de esa cuadra a diferentes horas del día y de la noche, sobre todo de la noche.
No había mucho para ver, pasadas las ocho, con la caída del sol sobre el río, los vecinos (costumbre de pueblo o ciudad chica) permanecían en las casas. El silencio se convertía en la única música posible, alterada apenas por jaurías de perros sueltos que aullaban conciertos solitarios. ¿En que pueblo, en qué ciudad, no había cada noche una perra en celo? San Javier no era la excepción.
Miró el reloj, las diez. Ya no vendría, inútil esperar el ronroneo disimulado del motor al llegar a la esquina, inútil esperar el parpadeo amarillo de los focos.
Julia recordó la última conversación que habían sostenido un par de noches atrás.

−No es que pase nada, Esteban, ni que lo hayan notado, pero Catalina no demorará en darse cuenta. No puedo ni quiero seguir ocultándolo. La panza crece, mirá, tocá, ¿la sentís? Voy para cuatro meses… Quiero decirlo, no voy a nombrarte, sólo lo sabe Analía, mi mejor amiga, ella nunca abriría la boca. Además, para que la noticia llegue a tu barrio…

El hombre, bastantes años mayor que Julia, fumaba, la dejaba hablar con aparente desinterés, los ojos clavados en la punta del cigarrillo. La brasa se consumía (como sus nervios), pero esa frase le provocó un gesto brusco en el rostro (tenso, masculino). Entonces sí respondió.
−Ni se te ocurra ¿o te olvidás que tengo familia?, vos sabías, esto no tenía que pasar…

−Pero pasó, obvio que pasó, no te pido nada, encontrarnos cada tanto, como vos puedas. Vas a ver cuando nazca, te cambiará la cara.

En aquél instante el mundo de Julia se paralizó. Descubrió que los destellos de luz emitidos por los faroles (bamboleantes en medio de la bocacalle), se encendían y apagaban con una intermitencia hosca, innecesaria. Percibió el olor triste y seco traído por la primera ráfaga de aire. Volaron las hojas de los árboles y también los papeles que dormían en los recipientes de basura. Se elevó un remolino cálido, uniforme, como si en ese lapso de tiempo todo fuera lo mismo.

El viento se transformó en excusa. Esteban cortó la conversación con un seco “Se viene tormenta, la seguimos mañana”, al tiempo que abría la puerta del auto para que ella bajara.

Julia entró al cuarto con las zapatillas en la mano, apresurada para verlo alejarse. Una masa de polvo confundía la densidad de la noche en una de las tormentas de viento que con la proximidad del verano sacudían la ciudad. Después, caía la lluvia y la vida continuaba su curso, plácido, repetido.

Minutos más tarde, recostada sobre la cama, metió la mano bajo el colchón y sacó de entre la pila de cuadernos, el de más arriba. Un cuaderno de tapas verdes, el único verdaderamente suyo en el que, meses atrás, empezó a registrar lo que no se animaba a decir en voz alta.
El día en que cumplió los quince (hacía poco más de dos años) entre risas y suspicacias, Catalina le habló de aquella especie de maldición (que arrastraba como un legado inevitable) de la que Julia, más tarde o más temprano, se debería hacer cargo. Esos cuadernos daban fe de la historia.

En trazos desprolijos, escribió. “¿Por qué a mí, por qué a mí? Rezo por vos mamá, por vos papá, donde sea que estén, les pido ayuda… “

El sol salió temprano en la mañana, violento, expandió los rayos rojos sobre la costa. Las aves sacudieron las alas adormecidas y despertaron en el murmullo del río.
Día del Patrono de la ciudad, la procesión sobre las aguas se organizaba a toda marcha. Participaban, sin excepción, los habitantes de San Javier. Por suerte la tormenta había pasado sin consecuencias.

Paralelo y meridiano 30, cruce de conflictos. Por Carlos Egües

No se logra un beneficio
sin perjudicar a otro (Montaigne)

Dió el último paso sobre la planchada del crucero, caminó unos metros, se detuvo, contempló con una mirada inquisidora los techos de la ciudad de Haifa, el puerto a sus pies rumoraba el ajetreo de vehículos, pasajeros, trabajadores que conducían personas y mercaderías que ingresaban a las fauces del gigante de hierro y acero. Pensó en la ardua tarea de coordinar las necesidades de más de cuatro mil personas entre tripulación y pasaje que reanudaban el periplo alejados de una realidad que a él se le ocurría pesada, turbia, opresiva, las imágenes de los últimos días repicaban una a una como fotografías expuestas en una galería de arte dramático.
Cada imagen representada en los últimos días, puede ser sacada fuera de contexto para el ojo inexperto de cualquier extraño, que no fuese el propio fotógrafo, para él no indica otra cosa que grises y sombras, negros y escasos o nulos blancos, así percibe el demonio que agita aquellas almas captadas en su máquina. Una imagen hablar por sí misma si no se estuvo detrás de la lente. No lo supo hasta que se formuló la pregunta, surgió imprevistamente, al recordar su anterior viaje a campos de concentración de la Alemania nazi. Allí todo era silencio abrumador, barracones oscuros, patios desandados por figuras que treparon a otros cielos u otros fondos, sintió pasos fantasmas que caminaban en círculo sin llegar a ningún lado. Tremenda sensación de asfixia que al reproducirla en la mente, contrastaba con las experiencias vividas hacía solo horas.
El grito es potente, abre un cuerpo dividiéndolo en dos, de un lado impotencia, del otro odio, de un lado la razón, del otro la desazón, sin embargo a ambos lados una historia, una larga historia de guerras, pasiones férreas, odios viscerales, lenguaje similar, entendimiento diferente. Los dioses pesan sobre el espíritu de unos y otros. Las señales bíblicas actúan como cimitarras partiendo todo esbozo de racionalidad, desembozadas artimañas para destruir. Los artilugios se ofrecen como solución, aunque esconden acuerdos que no serán cumplidos. Las manos tiñen con sangre lo que antes se tiñó con tinta, vastos caminos donde el fuego, la metralla, las piedras, han suplantado arboles, pueblos, vidas. Hoy se ofrecen muros, alambradas, rejas, panteones donde reposan la libertad, la vida, la cordura, la benevolencia, la sabiduría. No solo descansan cuerpos que hasta ayer respiraban, también se ha dado entierro al futuro.
Puesto a pensar, ¿qué es el futuro para quienes no pueden olvidar la historia? ¿Hay un beneficio sin perjudicar a otro?, el creía que no, una recorrida apretada como un soplo de brisa, levantó de la memoria recién archivada el día a día que según pudo leer, escuchar y sentir en un breve lapso de días, se repite desde hace miles de años, creyó intuir los tiempos por venir, e imaginó que el futuro no parece ser parte del pensamiento de esos pueblos.
No pudo vislumbrar un día de sol que pleno, ilumine y alimente a esas gentes, ¿podrán verlo como él lo sintió?, quizás, pero en todo caso a pesar que el astro redoble su luz, para ellos, para esos pueblos, seguirán días de cielos afectados por una corriente de nubarrones de tormenta que completan explosiones luminosas, seguidas de estruendos. La parafernalia cae cubriendo los desatinos de dos pueblos que buscan aniquilar al otro, día a día, el sol no saldrá para ellos, las tinieblas seguirán vigentes.
Al fin, el buque parte, hace sonar la bocina al encontrar el rumbo al final de la rada, una última mirada a una tierra a la que no habrá de volver, o quizás sí, cuando la paz halle refugio en las almas en llamas que hoy perviven.

EL CADETE V, por Carlos Guerrero

La consecuencia de la inocente broma al cadete paraguayo no se correspondía con el castigo aplicado. La pérdida del franco semanal de los trece del pelotón fantasma estuvo motivada por la necesidad del teniente Varona de cumplir la orden del jefe de batallón y acondicionar la plaza de armas en tiempo y forma. El ánimo del pelotón viró de la tristeza inicial a una furia un tanto descontrolada, en las últimas cuarenta y ocho horas solo se hablaba de venganza.
El día anterior al franco perdido, Varona nos llevó a la plaza de armas para ordenar el trabajo a realizar. Concluida la colocación de los panes de césped sobre el terreno, debíamos proceder a la poda de los árboles que le daban marco a la plaza. Munidos de baldes con cal y brochas seguíamos las instrucciones de nuestro oficial a cargo y marcábamos en los árboles, los distintos cortes a efectuar el día siguiente. La tarea se iniciaría a las seis treinta de la mañana, después del desayuno y debíamos concluirla a las doce del mediodía, momento en que Varona interrumpiría su franco (él sí salía) y nos daría nuevas tareas. La noche de ese viernes, día previo al trabajo a realizar, contando con que un integrante de nuestro pelotón sería el guardia nocturno de la cuadra, nos convocamos a reunirnos en el baño con el objeto de planear nuestras futuras acciones.
El toque de Diana a las seis de la mañana sorprendió al pelotón uniformado y presto para la tarea. El desayuno demandó la mitad del tiempo normal. Arribados a la plaza, nos dividimos en tres grupos de acuerdo a lo planeado, el primero, cuatro integrantes borraríamos las marcas de cal del día anterior, a continuación el segundo grupo de cuatro colocaría las nuevas marcas, y el tercer grupo de cinco efectuaría los cortes. Ellos nos enseñaban estrategia militar, nosotros la aplicábamos.
Es probable que no cuente con la capacidad de síntesis necesaria para contarles las consecuencias de nuestra decisión. El día del Ejército Argentino se festejó, el desfile tuvo lugar, los familiares de los cadetes hicieron acto de presencia y el comentario general de los visitantes fue el entorno espectral que presentaba la plaza de armas, los árboles sin follaje alguno, exhibían brazos con muñones expuestos que hablaban de una precoz mutilación, las figuras tomaban extrañas formas y su sombra proyectaba visiones fantasmagóricas.
El Teniente Varona, en la versión oficial, gozaba de una licencia de treinta días. Las malas lenguas comentaban que, en realidad, cumplía esos días en Cobunco, zona cordillerana considerada de castigo y solo habitada por la brigada de alpinistas del Ejército Argentino. Nos solazábamos con la sola idea de un “bolo de bowling” rodando por la blanca ladera de un cerro Argentino.
Fueron treinta días gloriosos para el pelotón fantasma, pasamos los cuatro francos del mes en compañía de nuestros familiares y amigos. El panorama se complicó, en un determinado momento, escuchó el infaltable “cadetes al pie de la cama” y antes de concluir la frase, una enorme frazada de invierno cubrió al personaje. La sección en pleno se abalanzó sobre él, tal era el deseo de aporrear al bromista que los últimos que intentaban pegarle, borceguíes en mano, solo acertaban a golpear a sus propios compañeros que habían caído sobre la víctima, formando una verdadera pira humana. Solo cesaron en su agresión cuando notaron que la frazada no se movía más. Entre risas y frases burlonas procedieron a encender las luces y lo primero que vieron fue al enorme Cukanja de pie, con el rostro desencajado y con la vista fija en el bulto bajo la manta. Alguien quitó la frazada y, hecho un ovillo, con la gorra a su lado, yacía el Teniente Balladares que había atinado a cubrir su cabeza con el brazo derecho, mientras el izquierdo golpeaba en forma lenta el suelo, en extraño movimiento. El desbande fue general, los agresores se arrojaban sobre sus camas y desaparecían en ellas. Cukanja y algunos cadetes de las secciones no intervinientes, intentaban poner de pié al magullado Teniente.
Las consecuencias de este acto fueron graves, se inició un sumario por agresión a un oficial superior. La plana mayor integra se abocó a descubrir a los responsables. Demás esta comentar por dónde comenzó la investigación, nuestro pelotón negó toda participación y nuestra complicidad se limitó a sostener que ignorábamos quienes habían actuado en el hecho. Siguiendo el sagrado rito militar que si no se identifica a los autores materiales de una falta, el castigo se aplica en forma masipor un acto del que, siendo testigos presenciales, no fuimos protagonistas. La fama trasciende fronteras y solíamos ser los primeros sospechosos de cualquier hecho anormal.

El cadete Cukanja (no recuerdo su nombre de pila) era el más alto de la compañía, un verdadero gigante para su edad, pertenecía a la primera sección, ninguno de sus integrantes formaba parte de nuestro pelotón. Dado su imponente físico, gozaba de cierta impunidad entre el resto de los cadetes y abusaba de ella. Tenía un don particular, imitaba a la perfección la voz del Teniente Balladares, jefe de la segunda sección. Como consecuencia de la muerte de su Santidad PIO XII y nuestro inoportuno festejo por el franco decretado, Balladares se había convertido en un adicto a la forma de castigo consistente en sorprendernos en la madrugada y sacarnos a “bailar” al campito con el colchón al hombro. La guardia nocturna de la cuadra rotaba o se asignaba por alguna falta cometida, Cukanja, un rebelde incorregible, era designado con bastante asiduidad. Su constante infantilismo de imitar en plena madrugada al teniente Balladares, al grito de “cadetes al pie de la cama, carrera mar”, nos había fastidiado hasta el hartazgo. Fueron sus propios compañeros de sección los encargados de aplicarle un correctivo, sabíamos del plan, pero no participábamos de él. Esa noche, una vez más, el fortachón estaría de guardia, también iban a estarlo sus compañeros de sección, con una “manteada” preparada. Tal cual lo previsto, alrededor de las tres de la madrugada, en el silencio de la cuadra, se escuchó el infaltable “cadetes al pie de la cama” y antes de concluir la frase, una enorme frazada de invierno cubrió al personaje. La sección en pleno se abalanzó sobre él, tal era el deseo de aporrear al bromista que los últimos que intentaban pegarle, borceguíes en mano, solo acertaban a golpear a sus propios compañeros que habían caído sobre la víctima, formando una verdadera pira humana. Solo cesaron en su agresión cuando notaron que la frazada no se movía más. Entre risas y frases burlonas procedieron a encender las luces y lo primero que vieron fue al enorme Cukanja de pie, con el rostro desencajado y con la vista fija en el bulto bajo la manta. Alguien quitó la frazada y, hecho un ovillo, con la gorra a su lado, yacía el Teniente Balladares que había atinado a cubrir su cabeza con el brazo derecho, mientras el izquierdo golpeaba en forma lenta el suelo, en extraño movimiento. El desbande fue general, los agresores se arrojaban sobre sus camas y desaparecían en ellas. Cukanja y algunos cadetes de las secciones no intervinientes, intentaban poner de pié al magullado Teniente.

Las consecuencias de este acto fueron graves, se inició un sumario por agresión a un oficial superior. La plana mayor integra se abocó a descubrir a los responsables. Demás esta comentar por dónde comenzó la investigación, nuestro pelotón negó toda participación y nuestra complicidad se limitó a sostener que ignorábamos quienes habían actuado en el hecho. Siguiendo el sagrado rito militar que si no se identifica a los autores materiales de una falta, el castigo se aplica en forma masiva, la unidad entera estaba afectada. El “Espíritu de Cuerpo” funcionó y la segunda sección se adjudicó la autoría y liberó al resto de la sanción. Esta no alcanzó la gravedad inicial dado que se demostró que no estaba dirigida al Teniente Balladares, sino a un compañero. Para ello, Cukanja tuvo que repetir su “show” ante la oficialidad en pleno. La agresión fue un claro ejemplo de que los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.

Continuará…

Epilogo, por Gioele Sanna

-Todo ha salido bien, está descansando – fue lo que dijo el doctor Manzini con una sonrisa. El señor Molinari abrazó al médico entre lágrimas, impaciente por entrar al cuarto de su hijo.
Allí estaba, durmiendo, en la tele se veía a Tom y Jerry. Se sentó a su lado y le aferró la mano, por un momento creyó que iba a perder también a Ignazio, en los meses que había estado en coma visitó la tumba de su esposa todos los días y le susurraba una y otra vez que lo sentía y que era un inepto.
“Papá” fue lo que quiso decir al abrir los ojos, no sabía dónde estaba ni porqué se encontraba ahí, se sentía confuso, débil y mareado “¿Qué me pasó?”, alto… algo andaba mal… como si no consiguiese hablar, se alarmó y asustó. Miró al padre quién le dio un beso en la mejilla y luego le sirvió un vaso de agua.
Molinari estuvo abrazándolo por un rato largo hasta que se sentó de nuevo y secó las lágrimas de su rostro.
-Puedes escribirme lo que quieras aquí- le dijo poniéndole papel y lápiz a su disposición. El chico agarró el lápiz desesperadamente y comenzó a escribir. ¡Por dios! Apenas se acordaba como hacerlo.
“¡¿Qué me pasa?!”, fue lo que escribió con muchos tonos de exclamación y subrayado varias veces.
-Figliolo… ¿Recuerdas el funeral de tu madre?,- el chico asintió.
-Cuando saliste corriendo por el laberinto te perdiste y no sé cómo lo hiciste, pero llegaste hasta la parte más abandonada, la zona oeste creo… un lugar donde apenas se podía caminar y no llegaba la luz del sol, el guardián y yo te encontramos luego de horas tendido en el suelo, no te movías, nada… llamamos a la ambulancia y permaneciste en coma por más de siete meses.
Ignazio sintió como si un camión le hubiera pasado por encima. Si, así es. Ni siquiera se molestó en mover los labios y hablarle sobre el conde D´orzini. Todo, absolutamente todo, desde la bola de pelo hasta el traje Armani y el tiempo que habían pasado juntos él y el maldito vampiro, no fue otra cosa que fruto de su mente enferma.
-Según los doctores te vino una hemorragia cerebral celulítica de tercer grado mientras corrías, en el ochenta por ciento de los casos se pierde la vista, el olfato y el tacto, gracias a Dios los conservaste pero… perdiste el habla.
¡Por Dios! ¿Una hemorragia qué? ¿El habla? No podía creerlo, no podía ser cierto, el conde D´orzini no podía ser solo una fantasía. No lo había sentido como si fuese un sueño, ¡fue real! se acordaba detalle a detalle lo ocurrido.
El señor Molinari pensó que estaría cansado porque notó que tenía la cara un poco extraña, pálida y demacrada.
-Te traje tus cds de Battiato – dijo con una sonrisa forzosa, el niño seguía asustado y me atrevería a decir un poco agitado, le puso los mejores Hits de Franco Battiato en el DVD conectado al televisor y trató de relajarse, viendo a su artista favorito cantar “Centro di gravitá permanente”.

Epílogo, por Hebe Chambard

“De eso no se habla”

Debo terminar esta historia, que a esta altura, ya parece risible, pero marca una época, una ética familiar que para el siglo 21, con la visión de un mundo que se ha transformado, parece inentendible.
Volvamos a la historia, aunque tengo marcado a fuego las palabras de mi abuela y de mi madre: “De eso no se habla”.
Según mi relato anterior, mi bisabuela partió dejando a su familia tras su nuevo o, quizá “verdadero”, amor.
Pasaron los años, a una de sus hijas ya casada en Rio Gallegos, mi abuela, le avisaron que la madre quería visitarla. Por supuesto, como era costumbre en esa época en que las mujeres estaban bajo la sujeción de sus maridos, la recibió su esposo, mi abuelo.
El motivo de esta sorpresiva visita fue ver a las hijas: Soledad y Flora, que estaban bajo la custodia de mi abuelo ya que el acaudalado señor por el que había abandonado a su familia había fallecido dejándole una gran fortuna, ella quería dejárselas a sus hijas e hijos que residían en el país vecino.
Y aquí llegamos a lo inentendible, tampoco tengo detalles de lo que pasó “porque de eso nunca más se habló”.
Mi abuelo no le permitió ver ni hablar con sus hijas y rechazó la herencia que pasó al estado. Aunque “el cuadro de la bisabuela” estuvo presidiendo el living, hasta el fallecimiento de mi madre.
Como ya llegamos al absurdo total, no quiero hacer más comentarios. ¿Por qué?, “porque de esto no se habla”.

Epílogo, por Lily Jorge

Cuando se cumplieron las nueve lunas, nació una niña. La llamaron Alicia René, fue la mimada de abuelos y tíos, mientras su madre se reponía para regresar a Pinamar.
Alicita era pequeña y se pasaba todo el día en brazos, entretenida en mirar los pájaros y ramitas del jardín, bajo el sol otoñal débil y dorado que presagiaba los fríos marinos.
Carlos repartía sus horas entre la oficina y mecer a la niña con la paciencia que lo caracterizaba, al almorzar; antes de cenar y durante la madrugada.
La casa se llenó de juguetes, perfumes y aromas a leche tibia. Alicia disfrutaba de las rutinas maternas y la compañía de su hija.

El balneario creció a pasos agigantados, llegaron jóvenes peones de las estancias y pueblos de la región para el trabajo en las plantaciones, trazado de calles y la construcción de los chalet.
Los fuertes vientos salitres perdieron su velocidad a medida que se alejaban de la playa, retenidos por los pequeños pinos; los hombres luchaban contra las hormigas para proteger la arboleda incipiente, que le daban sentido al nombre del balneario.
Carlos compró su terreno y construyó la casa a la que se mudaron en el año 1958. Para entonces, la familia se componía de tres “chancletas”: Alicia, Elida y Virginia que crecían felices entre acacias, tamarindos y pinos.
Los avatares de la vida reforzarían la idea de que Pinamar fue su lugar en el mundo.

Guruk V, por Norma Pedrotti

Después de unos días, el Kiwaj decidió abrir la puerta del lugar en donde yacía su visitante. Al ponerse en contacto con él, pudo ver que el hombre estaba desgarbado y que había perdido la fuerza corporal y también mental. Se escuchaba un quejido que salía levemente de su boca, los ojos desencajados parecían desprenderse de su órbita, el aspecto general de Bell revelaba un detrimento que acabaría con su vida. Esta situación extrema hizo que Kiwaj resolviera sacarlo de ese estado.
En un jarro de un material muy resistente al calor, depositó varias especies llamadas Trukus, mezcladas con minerales metalíferos no ferrosos. Unió estos elementos al calor del fuego, creando así una infusión que al administrársela a George le devolvería la energía y la vida al cuerpo casi inmóvil.
Al cabo de unas horas, el Guruk abrió los ojos y fue en ese instante que el médium pudo ver en ellos un brillo angélico, algo en aquella mirada no era de este mundo, el aspecto demoníaco desaparecía como un fuego, como una reacción química e irreal a la vez. El cuerpo se limpiaba y la piel se regeneraba.
Ya no había porqué temer por la salud del Dr Bell, quien recuperado logró iniciar un diálogo conciliador con Kiwaj. Pudo así, con su capacidad perceptiva, comprobar que George necesitaba estar cerca de sus afectos, aquellos que en un momento había abandonado. Al leer esto en su mirada le aconsejó que volviera a su tierra de origen a reencontrarse con la propia historia y hacerse cargo al fin de lo más valioso que tenía que era su hija, a la que solo conocía en sueños, en su imaginación, cargando con la culpa de no haber hecho algo mejor.
Una luz penetrante abrió el cielo apilando nubes, el límpido espacio desplegó un escenario con orden, calma y reposo. Era una señal de que las cosas para Bell se acomodarían en sus pensamientos y acciones. Está cerca el encuentro con su sangre, con el pasado sin resolver, con sus debilidades y fortalezas, con esas ganas de dar nuevas respuestas y claridad a un presente comprometido.

Allí, en el viejo continente, Ingrid espera.

Epílogo, por Patricia Barcia

El mejor profeta del futuro es el pasado (Byron)

Qué te parece, Héctor, ¿podríamos conseguir que nos manden de Río Gallegos un certificado de nacimiento de Paty donde figure 1948 en vez de 1949? Todo el mundo lo hace. Lo que pasa es que la nena cumple en agosto y recién podría ir a la escuela el año siguiente. Sabe leer y escribir, desde hace meses le estoy enseñando. Va a ser una pena que no entre. Sí, ya sé, es chiquita, pero se va a atrasar.

¿Así que no sabías que hacer? ¿Pero qué pasó? Calmate. Sí, estaban todos los chicos de la escuela en el salón de actos y la directora decía nombres y dijeron el tuyo. No entendías nada, claro. La maestra te explicó que era para bajar la bandera. Arriar se dice. Sí para bajarla, porque se sube, se iza, a la mañana, vos vas a la tarde. ¡Muy bien! Es muy importante eso, es por ser la mejor alumna de primero inferior.

Hace mucho frío, está nublado, yo ando medio mal, te va a llevar el abuelo en la bicicleta. Ponete los guantes, abrígate bien. ¿Qué? ¿Volvieron? Sí escuchamos en la radio, están bombardeando la Plaza de Mayo. ¿Las maestras, qué dijeron? ¿No le ponen la falta? ¿Había pocos chicos? ¿Se sabe algo más? Entonces es más bravo de lo que pensaba, tengo miedo por Héctor en la oficina, está cerca de ahí, nunca se sabe. No voy a estar tranquila hasta que regrese. Vayan a dibujar ustedes, chicas, no se preocupen.

Mirá, te voy a contar una cosa. Viste que nosotros vivimos en La Plata en la casa de los abuelos. Bueno, pensamos que sería mejor mudarnos más cerca de Buenos Aires, donde trabaja papá. Vamos a sacar un crédito en el banco para hacernos un chalecito. Pero primero tenemos que comprar un terreno. Elegimos el lugar, sería a mitad de camino, así podemos visitar a los abuelos los fines de semana. Pero nos falta algo de plata. Pensamos que vos nos podrías ayudar. ¿Viste que te estamos poniendo muchas estampillas en la libreta de ahorro postal? Bueno, vamos a ir al correo y cambiaremos esas estampillas por dinero. Con eso, llegamos a comprarlo. ¿Te parece bien?

¿Qué libro leemos hoy? Elijan. Sí, está bien, no leo más los cuentos medio trágicos ¡Pero son los clásicos infantiles! Y no me repitas más, Paty, no querés ver películas donde se muere la madre o el padre de un niño o un animalito. Aunque termine bien… Les compré acuarelas. Después van a pintar con témperas, a mí me gusta más. Busquemos en los libros de arte, así se inspiran. Miren. Salió hace dos meses. Se llama Selecciones escolares. Justo para ustedes. Les va a gustar. Más a vos, Adriana es chiquita, todavía.

Este sábado vamos al zoológico. El domingo mientras papá va a ver el partido de Gimnasia con Boca, nosotras vamos al museo. Sí, de nuevo, Adriana, hay lugares adentro que todavía no recorrimos, solo vimos los animales embalsamados y algunos dinosaurios. Además hace frío. Dale, hace calorcito, el Parque Pereyra va a estar lindo a la tarde. Mientras nos tomamos unos mates con la abuela, ustedes recorren el arroyo con papá y él les explica. Bueno, sí, vamos a la plaza Moreno a andar en bicicleta, pero después vemos las ventanas de la Catedral, los vitrales, que muestran escenas de la biblia. ¿Viste las momias? No te las esperabas… No recorrimos todas las salas del museo la otra vez. Hacemos así, visitamos el Cabildo y alrededores, damos de comer a las palomas, después un helado. Claro, lo que pasa es que antes llegaban los inmigrantes, así se llamaban, como vinieron los bisabuelos, en barcos desde Europa, debían pasar dos o tres días en ese hotel para registrarse. ¿Saben que los empleados se equivocaban al escribir los nombres y la gente terminaba llamándose de cualquier manera? Si, especialmente si eran de lugares con idiomas muy distintos a los nuestros. ¿Observaron los vecinos de la vuelta de casa? ¿Se dieron cuenta que cuando vamos a Entre Ríos, muchas personas en el campo hablan distinto también?, sí una mezcla de guaraní, sí, pero ese es idioma de América. ¿Se acuerdan de las historias que leímos?

Mejor prevenir que curar. Solo un paquete de caramelos Sugus, y un chocolate Aero por semana, saben que las golosinas producen caries ¿a quién le gusta ir al dentista? Tienen para leer y entretenerse, les traje Leyendas de América y Vidas ilustres. El martes compro Epopeyas y Vidas ejemplares. Los libros de cuentos los buscan en la biblioteca. Este fin de semana empezamos con natación. Vamos al río, te enseño, empezamos con estilo pecho. Vas a tener que esforzarte bastante porque en el río hay corriente, no es una pileta. Con papá, cuando seas más grande aprendés crol.

¿Por qué Patricia? Porque me gustaban las patricias romanas, eran las mujeres de los patricios, muy importantes en la antigua Roma. Siempre elegantes en las pinturas. Más, por las patricias argentinas. Como sabés, algunas fueron esposas de los héroes que liberaron al país. Ellas tenían dinero, donaron sus joyas para comprar fusiles, otras ofrecieron sus casas y ayudaron a nuestra independencia. Aunque a veces se las recuerda solo porque bordaron la bandera de los Andes, entre ellas estaba Remedios Escalada. Sí, Adriana, sé que tu nombre no te gusta, sin embargo, Adriano fue un emperador romano muy importante. También te llamás Cecilia, que es el nombre que preferís, por Santa Cecilia. Ella vivió en Roma, cuando todavía no estaba aceptado el cristianismo. Acordate de los distintos dioses que adoraban, los mismos que los griegos pero con otro nombre. Bueno, Cecilia era una patricia que se inmoló, la quemaron con aceite hirviendo, aunque murió luego por degüello, porque no quiso negar sus creencias. Creía en Dios, en Cristo, y prefirió morir antes que abjurarlo. Es patrona de la música porque dicen que cantaba mientras la martirizaban.

Paty, decile a la maestra que no voy a comprar el Manual del alumno bonaerense. Bueno, mejor se lo digo yo. Lo estuve ojeando y es muy elemental. Te voy a enseñar a estudiar. Tenemos un montón de libros y enciclopedias en casa. Que ella dé el tema, vos anótalo bien. Cuando venís investigamos acá todo lo que hay sobre eso. Yo te guío. De paso te muestro cómo buscar en los índices, discriminar lo importante de lo accesorio, hacer un cuadro sinóptico. Hacés un resumen y escribís lo que vas a llevar. Si te pide que des la lección, ya sabés, hablá sobre lo averiguaste. Cualquier cosa que hable conmigo.

¿Cómo qué quiere decir “intempestivo”, Adriana? ¿Para qué tenés los diccionarios? Mirá a Paty, que no pregunta y se va directo a los libros. Y de paso, me llamó tu señorita para decirme que te ve poco concentrada en la escuela, que sos inteligente, pero rebelde y no te estás portando muy bien. Fijate en tu hermana, es buena alumna, monitora, actúa en las fiestas patrias, amiga de todos los compañeros, y sin problemas de conducta. Igual, me dijo la maestra que te quería para el acto del mes que viene, le gustaría que se presenten imitando a esa banda, los TNT. El día de la primavera tuvieron mucho éxito, y les encanta como cantás. Igual que la otra vez, tu hermana y Graciela se visten de hombres y hacen que tocan la guitarra.

Está muy bien que tengas notas altas, pero no hiciste más que cumplir con tu deber. Cuando sean grandes van a poder elegir lo que quieran hacer. Recuerden que libertad va junto con responsabilidad.

 



Ejercicio con foto – 4ta. propuesta

Esta vez la propuesta consistió en continuar la historia de la fotografía eligiendo una de las siguientes opciones:
– Epígrafe: “quiso convencerse de que estaba despierto, aunque no podría asegurarlo”. Leonardo Padura.
2- Incluir la siguiente frase (en cualquier lugar del texto): “Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”.
3- Epígrafe: “Fuera, quizá, el frío había cedido y hasta podría ser una linda mañana”. Leonardo Padura.
4- Título: “De eso no se habla”

Mujeres eran las de antes, por Adriana Ambrosioni
IV

Los días transcurrieron sin percibir la presencia de mi madre. Aún consciente de lo irreal de las apariciones, llegué a extrañar la sensación de que me protegiera. Julia despertó en la madrugada y entre sollozos nombró a Alejandro. También hacía varios días que no sabíamos de él, desde el cumpleaños de la niña. El teléfono respondía a mis llamadas sonando de manera incansable. Me costó aceptar que se hubiera marchado y me invadió el temor a preguntar. Tampoco supe a quién hacer la pregunta. En el bar, con demasiada frecuencia, nos enterábamos de personas que no volvían a sus hogares o, en los peores casos, eran sacadas de allí a la fuerza.
En las calles escuchaba a quienes, por lo bajo, susurraban horrorizados, otros, también por lo bajo, justificaban las ausencias, diciendo que se trataba de agrupaciones opuestas al gobierno. La idea de que pensar diferente era peligroso se expandía como un secreto a voces.
Alejandro no acostumbraba efectuar comentarios acerca de su trabajo como tampoco de sus otras actividades, deduje, por anécdotas que refería en nuestras charlas (para llenar los silencios), que se desempeñaba como profesor en una cátedra de la universidad. El haberme quedado con Julia me conmocionaba, una mezcla de alegría e inquietud. Apenas nos conocíamos. Era una hija ajena, con un lazo familiar incomprobable.

Aquella noche, entre los libros de cuentos de la niña, hallé una tarjeta donde figuraba el domicilio de la casa. De pronto me sorprendió la certeza de una muy mala noticia.
En la mañana la dejé al cuidado de la dueña de la tienda y salí con el objetivo de acomodar las piezas del nuevo rompecabezas. En las calles, la intensidad de la lluvia aumentaba las sombras, los vacíos. Bajé del colectivo y caminé con prisa la cuadra que me separaba del lugar. Una casita de techo bajo, con tejas que en algún tiempo habrían sido rojas y ahora mostraban el deterioro de los años, me ofreció su puerta sin llave, con la cerradura rota. Sobrevino el mareo y la densidad agria de olores irreconocibles.
No permanecí más de media hora, asediada por la imagen inhóspita de los cajones abiertos, los muebles tirados, la ropa y los libros esparcidos por el piso, una pava sobre la mesa y la aureola precisa del cigarrillo apagado, sin escrúpulos, sobre la madera. Recordé las palabras de mi madre escritas con dolor en las páginas del cuaderno “Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”.
Al dejar el lugar, el aire de la ciudad se había cargado de un olor dulce, un oleaje inestable entre la muerte y el abandono. Durante la noche, sin conciliar el sueño, pensé en los hechos que me llevaron allí, en la coincidencia, en los ojos tristes de Julia y la última mirada dura, aunque temblorosa de Alejandro, decidí regresar a Santa Fe. Al menos contaría con la familia, los vecinos, los amigos. Aunque la llegada de la mano de Julia me obligaría a dar explicaciones.

Convencí a la niña de hacer un paseo a mi provincia hasta que el padre regresara, me miró con ilusión desesperada y dijo “Mamá nunca volvió”.

El ómnibus se alejó de la ciudad, dejamos atrás los barrios opacos, las paredes húmedas de infinitos caseríos al costado de la ruta. A medida que se apagaba la tarde, el cielo se tornó anaranjado, espeso, un acolchado de nubes sucias cubrió el paisaje. Esperé en vano que la figura de mi madre resurgiera en el transcurrir de la hilera de arboles. Julia dormía recostada sobre mis piernas, un vaho penetrante apaciguó mi cuerpo. Me sumergió en el sueño.

De eso no se habla, por Carlos Egües

Nada parece alterar el ritmo de los viajeros, alrededor se percibe un infinito mundo de rostros afirmados en sus pensamientos, lo extraño es no vislumbrar sonrisas, no hay más que oscuridad, como la piel de los que transitan en un mundo donde el sol quema. El cielo, no tan celeste ni azul, obliga a entrecerrar las pupilas, la visión alerta en las calles, en los mercados, en los vehículos que circulan lentamente, como sin prisa, pero la calma no es tal, por el contrario, el peligro parece acechar a las personas que van y vienen, por la misma senda, o por aquella más cercana.
A nadie escapa que la vida de un pueblo se corrige, de dos pueblos que cohabitan desde miles de años atrás, surge como una telaraña de nervios que tensan cuerpos y miradas, nadie parece lejano a esa sensación intimidante del que espera ser objeto de algún impulso que termine con nuestra vida u otro, o herido de muerte. Se puede sentir el estado de alerta permanente, aunque no puedan distinguirse los enemigos, allí no hay adversarios, todos o casi todos hacen parte de un bando u otro, no hay espacio para tibios, ni siquiera en el rostro de niños que a punto están de alcanzar la juventud, ni de mujeres, remotas tras sus túnicas y velos, ellas que con el ulular de letanías, llantos y voces heridas por años de sufrimientos, no acaban de acostumbrarse a enterrar a sus hombres, acaso tal razón las lleva a vestir de negro, escapando tras las telas de la tijera que corta la vida.
Los jóvenes que han alcanzado el estado de comprensión, ya no contienen su ira, la manifiestan, se involucran, han aprendido a usar piedras y cuando se enfrentan al poder que ellos sienten opresivo, no escapan, por el contrario, como si fueran los herederos de David, se enfrentan a los Goliat que los superan en armamentos y entrenamiento, una pelea desigual, solo la fuerza del ímpetu que brinda la juventud, resulta ser el poder que los lleva a una lucha desigual, apedrean y escapan, ese ir y venir lo viven casi a diario, lo han visto, y ahora son ellos quienes toman el lugar de sus padres, tíos, abuelos y hermanos.
Claro que de eso no se habla, al menos no al nivel de quienes podrían intervenir para evitar muertes, odio, frustración, descontentos, por eso solo al contemplar esa marea de rostros sin luz, ni brillo, uno no puede menos que sentir que detrás de cada piedra, se levanta otra, y otra más, no son piedras que han de servir para construir, una casa, o una calle, son piedras que desde siempre se levantan para ser arrojadas a otros seres, al final, uno puede pensar que en algún momento se acabaran, pero no, solo cambian de sitio, y vuelven a cambiar, antes aquí, luego allí, mas tarde en aquella cabeza, o en aquel pecho, quizás en una pierna, o un brazo, como si en cada ataque, la defensa fuera convertir a los enemigos en piedra o sepultarlos en ellas, esperando que en cada embate quedara consagrada una estatua que ya no podrá vengarse, solo quedará allí como una imagen pétrea que no planea ser otra cosa, solo un punto donde la ira fue inmortalizada.
Termina en breve el paseo por esa zona caliente del mundo, tan imprevisible como incomprensible para quienes alejados de conflictos religiosos, étnicos, territoriales, no pueden comprender, ni sentir, cómo es posible una vida donde la paz parece ser el sueño de millones, pero al otro lado de esos sueños, están quienes no imaginan la vida siendo derrotados, todo se resume a la victoria, y si para alcanzarla es necesario vivir en el terror, en amenaza, en prohibiciones, no escatimaran esfuerzos ni recursos para conseguir el dominio de aquellos que no se resignan a ceder su historia, porque en cualquier caso, es la historia de dos pueblos la que está en el altar de las pasiones que cada día, cada hora, se venera de un lado y otro. La tregua no tiene lugar, la paz tampoco, no hay aliados, solo intereses, por el momento los intereses parecen inclinar la balanza hacia un lado, no hay equilibrio, de ahí que hoy él pudo escribir, no puede hablarlo, no es su guerra, solo es un observador.

El extraño caso del vampiro de Borgo Orzini, por Gioele Sanna
III

El gordo corre y corre de una manera cada vez más desesperante, lo único que hay para guiarse no es más que la escasa penetración de la luz de la luna entre las copas de los árboles, no sabe dónde se dirige, solo escapa, huye de lo que él mismo describe como el mismísimo demonio.
Según el maresciallo dei carabinieri de Borgo Orzini, el sindaco Giovanni Messe había acudido hacia la caserma desesperado afirmando que un demonio había estado viviendo en su casa, el maresciallo creyó que se encontraba otra vez borracho, lo acompañaron hasta su casa mientras que no paró de chillar durante el trayecto.
-Marescia… ma a lei gli sembra normale questa sciena? *- preguntó el cadete Infanti con su inconfundible acento napolitano.
-Estoy seguro que vio alguna pelicula americana y luego se habrá tomado varias frascas de vino- Infanti lo olió y se dio cuenta que el maresciallo tenía razón, apestaba a vino, tabaco y probablemente no se cambiaba de ropa desde hacía días.
En cuanto llegaron a la casa lo bajaron del auto a rastras y su hija abrió la puerta, Claudia era la más grande, de diecinueve y era la responsable de sus tres hermanos tanto cuando su padre estaba en casa como cuando no.
-Tutto a posto?*- preguntó el maresciallo.
-Sí, marescia…- contestó la chica como si aquella no fuese la primera vez que pasaba algo así. Arrastraron al sindaco hacia el interior de la casa y lo llevaron hacia su habitación para que se durmiera. El maresciallo dejó su número personal a Claudia y le dijo de llamarlo ante cualquier complicación.
El sindaco se despertó en mitad de la noche, transpirado, confuso y con un insoportable dolor de cabeza. Salió de su habitación y allí lo vio, ese niño, el hijo de Molinari, le había pasado a su lado como una sombra, el corazón le latía tan fuerte que parecía que iba a explotar. Siguió caminando por el pasillo del segundo piso, la sombra entró hacia el cuarto de sus hijos.
El gordo apenas se mantenía en pié y con cada paso que hacía tenía la impresión de perder el equilibrio, aun así logró entrar al cuarto de los hijos menores. Los tres niños estaban vestidos con su piyama y estaban muertos, las vísceras habían inundado el suelo como serpientes. Decapitados, sostenían su cabeza con ambas manos en su pecho, el niño se alimentaba de los órganos a la vez que otro sujeto, alto, elegante y de pelo largo no hacía otra cosa más que mirar el reloj al lado del niño.
El sindaco se moja los pantalones, nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción, el niño se da la vuelta y ve al sindaco quién no hace otra cosa más que correr hacia la ventana más próxima, se tira desde el segundo piso, cae en la piscina, se apresura por salir corriendo de allí, se dirige hacia el bosque, el gordo corre, corre y corre hasta encontrarse con la carretera. Ve las luces de algo venir tras él, debe ser un ángel o algo así que viene a su rescate, el ángel emite un ruido sordo y le pasa por encima.

*Maresciallo: Oficial.
*Carabinieri: Rama de las fuerzas armadas.
*Sindaco: Intendente.
*Marescia… ma a lei gli sembra normale questa sciena?: Oficial… ¿A usted le parece normal esta escena?
*Tutto a posto?: ¿Todo en orden?

EL CADETE IV, por Carlos Guerrero

La creación del “Pelotón Fantasma”, nacido de una discriminación tan arbitraria como injusta, de sancionar al azar a trece cadetes por la falta cometida por cientos, derivó en consolidar un grupo que hizo de la rebeldía y el rechazo a la doctrina militar, su razón de ser. En forma individual hubiésemos sido fácil presa de los apóstoles del régimen, ahora en conjunto, nos habían potenciado, de forma tal que nos convertimos en la usina generadora de los conflictos más dispares y que no siempre pudieron controlar.
Nuestro accionar se inició con una medida leve con respecto a las futuras. Organizamos una huelga de hambre contra la merienda, en particular contra el fiambre que contenía la misma. La aceptación fue unánime, circulábamos días enteros frente al canasto dispuesto entre nuestras filas y nadie osó tomar el sándwich que le correspondía. La semana inicial aguantamos a pie firme el enojo y el castigo correspondiente por parte de los distintos oficiales, llegaron a despertarnos en plena madrugada, enrollar los colchones (colchonetas en realidad) donde dormíamos, atarlos con el cinturón de fajina y salir al campo de entrenamiento para hacer ejercicios físicos con él sobre las espaldas. La compañía entera fue privada de franco ese fin de semana. En la siguiente, el cambio fue notorio. Se nos comunicó que por decisión del director del Liceo Militar, el símil fiambre ahora denominado “cima rellena” era dado de baja y en su reemplazo se serviría paleta de primera calidad. Nos mirábamos unos a otros como si hubiésemos derrotados a los ingleses en la época de la colonia. Los oficiales a cargo no podían disimular su fastidio, habían castigado con excesivo rigor y el resultado había sido nulo. Se rumoreaba que la enorme cantidad de merienda arrojada a la basura había provocado el cambio, luego se supo que el motivo había sido otro. Como en todo grupo humano numeroso, existía algo así como la “elite de la elite”, formados por cadetes portadores de apellidos patricios o descendientes de militares de alto rango, los Anchorena Paz, Guevara Linch, Harguindeguy, Brown y otros que se agrupaban por decisión propia. Fueron los familiares de estos, alarmados por el trabajo forzado al que nos habían sometido, y sobre todo por la pérdida del franco de sus hijos, quienes movieron sus influencias y acabaron con el fatídico fiambre.
La pírrica victoria nos agrandó y fue el destino el que nos puso nuevamente a prueba. Con motivo de conmemorarse el día del Ejército Argentino, el jefe de batallón le encargó al Teniente Varona acondicionar la plaza de armas para el acto (con desfile incluido) al que asistirían como invitados especiales los familiares de los cadetes. Va de suyo que nuestro afamado pelotón fue elegido para cumplir la tarea asignada. El estado de la plaza de armas era lamentable, se había utilizado para el torneo inter Liceos de rugby y el verde natural había sido reemplazado por unos enormes cráteres producidos por los sucesivos juegos. A pesar de nuestro esfuerzo no llegaríamos a tiempo para acondicionarlo. Varona lucía alterado, peligraba su compromiso con el Jefe de Batallón, la presión era tal que en un descanso durante la colocación de los nuevos panes de césped, surgieron, con él al frente, dos soldados portando sendos cajones de gaseosas. En persona nos fue entregando con gesto afable una botella a cada uno, se puso en cuclillas como si fuese uno de nosotros y con voz suave solicitó voluntarios para quedarse el fin de semana con el fin de concluir la tarea, pidió que no le contestáramos en el momento, que lo hablásemos entre nosotros y decidiéramos, manifestó que una aceptación parcial no le serviría, necesitaba al pelotón completo. No hubo debate y sí obtuvo una respuesta unánime, nadie se ofreció. La casualidad hizo que no pudiese estar presente cuando Varona se notificó de la decisión (me hallaba de guardia en las caballerizas), mis compañeros comentaron que su rostro se convirtió en un volcán a punto de estallar, no emitió palabra alguna, giró sobre sus talones y se marchó. A partir de ese momento nos cuidamos muy bien de cometer actos que le diesen al Teniente la posibilidad de represalia, pero un acto inocente nos traicionó.
Era costumbre todos los años intercambiar delegaciones de cadetes con países vecinos, es obvio que enviábamos lo mejor de nosotros y recibíamos en consecuencia. La camaradería era grande, se integraban a nosotros y recibían el mismo adiestramiento durante un año. En esta oportunidad nos visitó un conjunto de cadetes provenientes del Paraguay que hacían honor al representar a su país. Nelson Freitas era un ejemplo de simpatía y bondad y fue aceptado en forma inmediata en nuestra sección. Lo asesorábamos con respecto a nuestro adiestramiento militar, la mejor forma de adaptarse a él y al equipo necesario para tal fin. En eso estábamos, cuando nuestro compañero Anguita que disputaba conmigo el primer lugar en el asedio de Varona, se dirigió a Nelson y comentó:
–Nelson, no veo en tu equipo el paraguas de instrucción militar.
–No sé a qué te refieres, respondió Nelson con gesto de preocupación.
–El paraguas, Nelson, ¿cómo hacen en tu país si la lluvia los sorprende en el campo de entrenamiento?
–Pues nos mojamos, hombre. ¿Qué otra cosa?
–Claro, ¿has intentado disparar un fusil mojado?, insistió Anguita.
–Pues ¿qué debo hacer compañero?
–¿Ves esos tres oficiales hablando al final de la cuadra? Uno de ellos es el Teniente Varona, dile a él que no te han entregado el paraguas de instrucción militar.
Nelson salió disparado en busca del grupo de oficiales formado por los tres jefes de sección (Arrechea, Balladares y Varona charlaban animadamente), al llegar se cuadra haciendo sonar los tacos de sus borceguíes y dijo:
–Permiso señores oficiales, deseo hablar con el Teniente Varona.
–¿Qué le sucede, cadete?, soy el Teniente Varona.
–Vengo a reclamar el paraguas de instrucción militar, mi Teniente, no me ha sido entregado.
–¿Viene a reclamar qué cosa, cadete? Inquirió Varona, enojado ante las risas de sus colegas.
–No me ha sido entregado el paraguas de instrucción militar para los días de lluvia, mi Teniente.
–¿Cómo es ese paraguas en su país cadete?, puede describírmelo, preguntó el Teniente Arrechea, tratando de disimular la risa. Nelson intentaba una respuesta, cuando Varona ya fuera de sí, intervino a viva voz:
–HAGA EL FAVOR DE DESAPARECER DE MI VISTA, CADETE!!!
Al ser éste el cuarto relato consecutivo, es dable suponer que mi cautivo auditorio ha deducido el costo de la broma orquestada por un integrante del Pelotón Fantasma, nunca se comprende si es realidad o ficción, pero habíamos perdido, sus trece integrantes, un nuevo franco. Nos aguardaba la plaza de armas como mudo testigo de la condena a cumplir.
Continuará…

“De eso no se habla”, por Hebe Chambard

Justamente, porque de eso no se habla, me cuesta tanto relatar esta absurda historia. Absurda porque ocurrió a fines del siglo 19 y, con la miradas del presente, parece un poco fantasioso o digamos exagerada, aunque hoy estas historias son bastantes normales. El hecho en sí es bastante triste ya que es la destrucción de una familia en una sociedad cerrada, del sur de un país vecino, con principios rígidos como lo eran en esa época.
Es la historia de un médico de origen inglés, casado con una señora con la que tuvo doce hijos, nueve mujeres y tres varones. En realidad se trata de mis bisabuelos y nosotras, tercera generación, nos costó bastante conocer los detalles, porque “de eso no se habla”.
Nosotras las bisnietas teníamos muy presentes a la bisabuela ya que en casa de mi abuela, en el living, había un gran cuadro de ella que, de pequeñas, mirábamos con admiración. Esa hermosa mujer con mirada lejana, con un largo vestido largo, por supuesto, de color azul con encaje en las mangas y el escote. En uno de sus brazos lucía una pulsera con forma de víbora y brillantes en sus extremos. Quizás como recuerdo mi abuela, que la había heredado, la seguía usando. Eso sí, jamás se hablaba o contaba algo de ella.
Lógicamente, cuando crecimos, empezamos a preguntar sobre la historia del matrimonio. Mi madre y mi tía desviaban la conversación. Esto lógicamente aumentó nuestra curiosidad. Mi abuela…muda. Mi madre decía. “Qué necesidad tienen de saber…”, daba media vuelta y se iba.
Para saciar nuestra curiosidad, un día llegaron de visita parientes del país vecino.
Con mi prima aprovechamos la oportunidad que se nos presentaba y por supuesto, aprovechamos para preguntar…
No pudimos saber en qué momento de su vida matrimonial, ni qué pasaba entre ellos, pero resulta que la venerable señora del cuadro, aquella que tanto admirábamos, dejó a su esposo con los doce hijos y se marchó con un rico comerciante italiano a Buenos Aires.
¡Por Dios! Estoy contando esto y la escucho a mi madre escandalizada diciendo:¡¡¡Qué necesidad hay de hablar de esto!!! E imagino a mi abuela mirarme con ojos de reproche diciendo: “De eso no se habla”.

Una de pioneros, por Lily Jorge

Carlos Alejandro se sintió pequeño ante aquella inmensidad agreste y difícil de creer que sería el mejor balneario para invertir en tierras y pasar los veranos en familia.
El sol del mediodía lo enceguecía. Las ráfagas de viento caliente soplaban en el trazado arenoso por donde se llegaba al mar.
Había sido citado para una entrevista de trabajo que prometía ser ideal para sus planes inmediatos. Los conocimientos y experiencia contable le daban seguridad para obtenerlo; y así fue.
Alicia lo esperaba ansiosa y reconocía que esa era la primera decisión que Carlos tomaba por ambos y deseaba que resultara. Cuando supo que vivirían en un chalet que la empresa les había otorgado en Pinamar y que se mudarían en enero, abrazó a Carlos y sintió que comenzaban una vida juntos.
Se casaron al mediodía en los primeros días de diciembre de 1947. Ella lucía un vestido sencillo con capelina que resaltaba su cabello y piel tersa, estaba tan emocionada que parecía lejana, mientras que Carlos posaba sonriente y seguro antes de agasajar a familiares y amigos con un almuerzo. Se fueron de viaje a Tandil y la pasión y los paseos por las sierras les dejaron recuerdos imborrables. Las fiestas pasaron rápido y se mudaron.
Alicia ingresó al nuevo hogar en brazos de Carlos y de su mano conoció la casa donde ella sería el artífice -para siempre- del refugio familiar.
Después de almorzar buscaron el mar para refrescarse del calor intenso de enero y sentirse afortunados de su nuevo destino.
Con el correr de los días se hizo amiga de Paula, esposa del ingeniero O’Connor, quién daba clases a los pocos niños que había en el balneario. Compartían recetas, tejidos, libros y conocimientos sobre jardinería. Alicia amaba las rosas y las flores silvestres de retama y tamarindos con las que adornaba la casa.
El horario de trabajo cortado y de lunes a sábado les permitía viajar a Madariaga a encontrarse con amigos y parientes. Alicia regresaba –fin de semana por medio- en compañía de su hermana menor Mercedes que pronto se enamoró de un amigo de Carlos compañero de trabajo. Cuando se casaron, ellos también sumaron su trabajo al proyecto pinamarense.
Pasó el otoño con sus largos días melancólicos y llegó el invierno mostrando su dura cara de hielo, lluvias y bajas temperaturas.
…………………………………………………………………………………………….

Alicia abandonó la tibia cama y acarició su combo vientre que dibujaba un incipiente embarazo. Era sábado de mañana y prepararía el bolso antes de que Carlos regresara. Se sirvió un café y corrió las cortinas: afuera, quizá, el frío había cedido y hasta podría ser una linda mañana.

El Guruk IV, por Norma Pedrotti

El cielo se pintaba con una paleta de grises. Las nubes cubrían el espacio celeste dibujando líneas rectas en forma casi imperceptible, por donde atravesaban algunos hilos de luz. La atmósfera del ambiente era premonitoria, la energía, pesada, se percibía de forma extraña. Como todos sabían, eso indicaba que iban a llegar las respuestas tan ansiadas, y serían dadas por el médium. Los dioses ancestrales parecían estar a favor del mandato de Kiwaj; nombre que en lengua aborigen significa poder. Esta cualidad, combinada con su sabiduría sobre el entorno en relación a los seres vivos, animales y vegetales, lo mostraba con un ser diferente ante los lugareños.
Conocía como nadie el Bukaná, esa especie vegetal de la que se extrae la sabia alucinógena que retrotrae al pasado y permite conversar con las almas que aún no encontraron justicia en la tierra.
Kiwaj, encerrado en su casa en el seno de la montaña, esperaba impaciente al Dr. Bell. Ni bien éste arribó al lugar, encontró esta medicina y una caverna en la roca escondida para iniciar el ritual. Una vez allí, el Guruk procedió directamente a sentarse en silencio dentro de la cueva para comenzar la llamada conexión ancestral. Debía tomar tres sorbos y descansar hasta ir bajando de a poco la temperatura del cuerpo y así repetir cinco veces la ingestión de este jarabe con un sabor tan dulce que repugnaba y le producía reiteradas arcadas. Antes de cumplir con la ingesta número cinco, el Guruk sufrió un desmayo, en ese estado pudo verse a si mismo como un exterminador de aborígenes. El aterrador asesino nocturno horrorizaba en esta suerte de espejo que le devolvía el sufrimiento de las víctimas. El espanto de reconocer a ese otro que habitaba en su mismo cuerpo. Poseído por esas imágenes desgarradoras, arrojó la medicina y buscó salir con desesperación del escondite. Kiwaj se encargó de encerrarlo muy bien, jamás le abriría la puerta para encontrar la salida, la tendría que encontrar él, pero eso llevaría tiempo, antes tendría que saber la verdad y sanarse; las respuestas están en uno mismo y en los sueños cargados de símbolos.
Las almas flotan en el aire, se dibujan como siluetas deshilachas agitando verdades, se presentan ante los humanos como remolinos de viento sacudiendo nuestras cabezas. Parece llegar la calma.
Nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción. George Bell sigue en estado de shock y nadie llegará a esos lugares para socorrerlo. Él decidió este encuentro, necesitaba limpiar su alma, salvar su honor y pedir perdón, inclusive si eso le costase la vida.

De eso no se habla, por Patricia Barcia

Ella está sentada en el asiento del conductor. ¿Sabe qué significa conducir? ¿Pudo hacerlo? Cuando se maneja un auto, la persona debe atenerse a la mecánica prevista por el fabricante, ir por las rutas construidas, a veces pedir permisos cuando se desea salir del país. O justificar la compra de otro vehículo. La vida es otra cosa. Nada es tan explícito, pero es tan coercitivo el entorno que parece que somos libres de decidir, cuando apenas repetimos sin pensar y nos dejamos llevar por las costumbres, las normas y los caminos que otros nos indicaron.
Cuánto determina la época y la ideología del momento. Cuáles fueron las posibilidades de alejarse del mandato social. ¿Alguien se libra? No creo que pueda hacerlo el común de la gente. Alguna excepción, tal vez.
Perteneció a la generación del 50. Es decir, se crió siguiendo el reordenamiento de pos guerra. En Europa y Norteamérica, vuelta de los hombres al trabajo, desempleo porque las mujeres ocupaban sus puestos, propaganda para que ellas volvieran exclusivamente al hogar familiar y ellos se insertaran en la fábrica, o la oficina.
En Argentina no hubo esos problemas, pero como todos sabemos (recuerdo Para leer el Pato Donald) asumimos la ideología de los países dominantes. Por eso, cuando el marido le dijo “Vos ocupate de los hijos que tengamos, que yo me encargo de traer el dinero a casa”, no había nada que cuestionar, era lo esperable, pese a que antes tuvo expectativas diferentes.
Fue una joven seguidora de las normas. Obedeció al padre: él le indicó que con el novio se debía mantener a una cuarta de distancia, mientras extendía los dedos de una mano y la ubicaba junto a su cintura. Por eso al casarse por iglesia, le correspondió sin dudas, cumpliendo con el rito, el casto vestido blanco, aunque en realidad, vistió un sencillo trajecito celeste pálido. Algo de lo establecido se modificaba, muchos temas se charlaban, otros no.
Por ejemplo de lo sexual, de eso no se hablaba, solo lo imprescindible. No sabía mucho de embarazo y parto. Contaba que en la primera visita a la partera, en Río Turbio, al querer revisarla, se acostó en la camilla pero no se sacó la bombacha porque no sabía qué parte de su cuerpo debía examinar ni cuál era la metodología.
Cuando la hija mayor sangró por primera vez y gritó desde el baño, asustada por la sorpresa y con preocupación por padecer alguna enfermedad, le dijo que “ya era señorita y a partir de ahora, y hasta que sea vieja, iba a tener eso, todos los meses”. Aclaró que es mejor llamarlo “asunto” para que los varones no se enterasen. Le explicó detalladamente la higiene y cuidados varios. Pero olvidó informarle (tampoco lo hizo la abuela), qué significaba. La hija, que no tenía la menor idea, solo lo relacionó con las conversaciones de las compañeras de la escuela, reuniones a las cuales no accedía, ya que cuando se acercaba, dejaban de hablar y sonreían misteriosamente. Sí había observado que esos grupos, a medida que pasaban los meses, iban sumando más integrantes.
El conocimiento sobre el ciclo y la procreación, su hija la recibió en el colegio secundario gracias al profesor de inglés, en tercer año. Estudiante avanzado de medicina, con gran criterio, dio explicaciones y aclaró lo que tenían los alumnos confuso y erróneo. La joven no informó de esas clases a la madre. Cuando le encontró un librito sobre educación sexual incluido como complemento en Psicopedagogía de quinto año, casi se lo tira por la cabeza. Tuvo que intervenir el marido, quien luego de leerlo, le explicó que no era material pornográfico sino educativo.
Su interés primordial fue que las hijas se recibieran de maestras (en ese entonces maestra normal nacional). A veces fantaseaba con que la mayor, Patricia, fuera azafata. Tal vez se le filtraba algo de aventura que nunca se animó a fomentar en sí misma. La hija tenía dificultad para pronunciar otros idiomas más allá del argentino, pero además observó, cada vez que viajaba en avión, que el trabajo de las camareras, como se llamaban entonces, era básicamente de servicio. Comentó que no le interesaba. Eso le bastó para dejarla buscar otros horizontes. Pero no le gustó demasiado que Patricia estudiase Psicología en la Universidad. Se cursaba en Humanidades, y “ahí todas eran unas locas” (no podía olvidar que las chicas que visitaban a su novio mientras estudiaba Geología, “eran” de Filosofía y Letras). Prefería otra Facultad, porque temía que la “llevaran por un mal camino”.
Una vez, ya en segundo año y con pareja presentada a la familia, ella debe haber notado algo raro en los gestos de la hija (tal vez una expresión relajada), porque le preguntó si dormía con el novio. Mirándola fijamente le señaló “porque si yo me entero, me voy a tirar abajo del tren” (en efecto vivían a la vera de la vía del ramal del Roca, Buenos Aires-La Plata). Fue un momento tenso y no dudo hubiera cumplido la promesa. Cuando la joven contestó “yo no duermo con mi novio” y se lo juró por Dios, se tranquilizó. La hija no juró en vano, en realidad, nunca había dormido.
La hija mayor se casó porque era más cómodo vivir juntos dado que él debía mudarse a una pensión y ella se organizaría mejor para seguir estudiando y trabajar. Nunca consideró la opción de no pasar por el registro civil, eso hubiera significado romper con la madre y no tenía ganas ni motivos para hacerlo. Cuando luego de tres años Patricia se separó, la madre lo tomó con relativa calma. Él no le agradaba especialmente. Luego de un tiempo, cuando se repitió el hecho con la nueva pareja, delegó al padre el reproche por la decisión (no soportaba hablar del tema). Le enviaron una carta, en ese momento la hija residía en Lima. Prostituta es una palabra cercana a las frases que la describían y es probable hayan sido dictadas por ella ya que el cuestionamiento se relacionaba más con la variación sexual y libertades que se avecinaban.
Con la hija menor no fue tan fácil. Cuando se separó del novio y avisó que se iba de la casa de los abuelos, donde paraba, a vivir con otro compañero, ella le dijo que si lo hacía no quería verla más. Que se tenía que casar, que una chica seria tenía que hacerlo. No podía, ni estaba en los planes de Adriana. Al poco tiempo, volvió a Brasil, a Salvador, donde residían en ese entonces, sin despedirse de ella. No se encontraron más pese a que venía a la Argentina de visita cada seis meses. Volvieron a verse luego de un tiempo, después que la policía allanó la casa y comenzaron a llegar unos papelitos pasados bajo la puerta.
A partir de ahí, comenzó a hablar de muchas cosas, pero con respecto a algunas, primó el silencio.

LA SOMBRA, por Patrizia Trofini

Sentado frente al médico chino, el Doctor Lobero trata de disimular el nerviosismo que le transmite su presencia, sobre todo la mirada penetrante. Shuang Zi, por el contrario, transmite tranquilidad.
-Dígame Doctor Lobero, ¿por qué faltan anotar dos días en la historia clínica del viajante?
-¿Dos días?, no puede ser. Al paciente lo vi a diario. Debe ser la enfermera que no me pasó la hoja. Yo no tengo reemplazante. El Doctor Hernández está de licencia, estamos casi sin personal y…
-Faltan dos. Importantes en la evolución del tratamiento.
-¡Pero el paciente ya está bien! En una semana podrá irse del hospital y si te he visto no me acuerdo. No le dé tanta importancia.
-Es usted una persona negligente.
-Por favor, doctor. Usted no sabe las vidas que han pasado por mis manos.
-Sí, sé. También las que se fueron de sus manos.
-Todos hemos tenido alguna pérdida involuntaria en nuestra profesión.
-Yo no.
-Bueno, usted porque es un caso particular, “colega”, su medicina es distinta.
– Ya he informado a sus superiores en el colegio de medicina, todos sus “errores” involuntarios, doctor Lobero, y dentro de unos días recibirá una inspección en el hospital. Espero esté preparado a dar las respuestas correspondientes. Buenos días.
De un salto, el médico chino abandonó la sala, dejó a Lobero atónito y con los ojos a punto de explotar y salir de sus órbitas.

En el Hotel Majestic reina una calma aparente. Gancedo aguarda la llegada de dos médicos forenses de la Capital, convocados para abrir el féretro hallado en el sótano.
-Por suerte solo hay dos pasajeros que se retiran en horas de la tarde, -comenta el administrador y, por supuesto, no saben nada del hallazgo.
-Mire, señor, esto lo sabemos nosotros y los dos jóvenes que mandó al sótano, espero que no se hayan ido del hotel porque tengo que interrogarlos.
-No. Están en la cocina.
-¿Quién vive en el hotel permanente, aparte de usted?
-Nadie. Aquí van y vienen personas que manda el dueño. Se quedan un par de días, me piden el registro de huéspedes, el estado de cuentas, revisan muy por arriba las habitaciones y se van.
-¿Al sótano no bajaron nunca?
-No, como ahí van a parar muebles viejos, objetos que se olvidan los pasajeros y cosas sin gran importancia, no me piden de bajar a mirar.
-¿Y cómo pudo llegar un féretro hasta allí?
-No tengo la menor idea. Tal vez estaba antes de que yo llegara al hotel.
-¿Nunca tuvo curiosidad por recorrer todas las instalaciones, incluido el sótano?
-No, no me gustan los sótanos. Soy claustrofóbico.
-Pero usted debería hacer inventario de los objetos que van a parar allí.
-Es una tarea que delego al cadete. Lo mío es la administración.
-Haga venir a los jóvenes, voy a interrogarlos.
El administrador sale a buscarlos. Al pasar la puerta, una sombra de forma humana se escurre ante sus ojos. Sorprendido busca con una mano la perilla de luz, pero tropieza con un banco de madera, cae de bruces al piso. Por el golpe y el susto, da un grito, no llega a oídos de Gancedo, que en ese momento intenta, sin resultado, una comunicación con su superior.
El hombre, tirado en el piso, no tiene fuerzas para levantarse y lo último que ve, antes de perder el conocimiento, es a la sombra de esa persona que cree le provocó la caída “nunca se comprende de inmediato si es realidad o ficción”.

Continuará…

MIRAR HACIA ADENTRO, por Patrizia Trofini

“Los días pasan lentos en el pueblo, pero solo en apariencia. La vida de muchos de los habitantes se vio alterada en estos últimos días por varios acontecimientos extraños ocurridos con algunas personas del lugar.” Así comienza la noticia en el diario que Jaime lee atento, sentado en el banco de la plaza, debajo del jacarandá añejo, su preferido para la lectura en las tibias tardes de otoño. Las noticias corren rápido, reflexiona, sobre todo sin son malas.

Gancedo no gana para disgustos. Entre la investigación por el envenenamiento al viajante que, por suerte, o mejor dicho gracias al médico chino que dio con el antídoto, pudo salvarse, se le suma el ataque a la señora de Suarez y ahora el descubrimiento de un féretro en el sótano del Hotel Majestic. Agregado al robo de su arma reglamentaria, hacen que la suma de acontecimientos no le dé respiro. Para colmo, los oficiales son de poca palabra y no le inspiran confianza.
Desvelado, comienza a escribir en una hoja los hechos ocurridos desde el principio, sin omitir ninguno, incluso el ataque sufrido por él. Las horas transcurren y Gancedo no es el único despierto en el pueblo.

La abuela de Rosita, en su cuarto, no puede dormir. Los recuerdos del pasado le vienen a la mente como imagines en blanco y negro de una película antigua. Años de guardar secretos, de sufrir en silencio, de sentir culpa.
Dos gotas de agua, eso eran sus hijas, iguales en apariencia pero distintas por dentro. La esencia era distinta.
Elsa, arrogante, soberbia. Hizo lo imposible para salir de la casa y casarse con el mejor partido del pueblo y así dejar atrás el pasado de chica humilde. Hija de un padre alcohólico y una sirvienta, se convirtió en lo mejor que pudo; la señora de Suarez. Sólo le faltó tener un hijo, esta fue su gran frustración. Con varios intentos fallidos, luego de la tercera pérdida, su mente y corazón se cerraron a la posibilidad de engendrar, dejándola con una tristeza permanente y un brillo opaco en los ojos. Tal vez fue el precio que tuvo que pagar por la maldad.
Empezó a cocinar para el bar de su marido y así mantenerse ocupada. Buscó recetas en varios libros, las cambió con otros ingredientes, cultivó en una parte del jardín de la casa varias especies de hierbas, algunas traídas de otros lugares, que agregaba a sus platos y fue de a poco ganando prestigio en el pueblo como la mejor cocinera. A tal punto que el encargado del Hotel Majestic, enviaba a los huéspedes a comer en el Bar de Suarez, recomendando las especialidades de la mujer.
Regina, en cambio, era una muchacha sencilla, de andar ágil, muy servicial y alegre. Siempre de buen ánimo. Sufrió el desprecio de parte de su hermana, que la humillaba y menospreciaba cada vez que podía ante cualquier persona que se encontrara, y ella, a pesar de esto, la quería.
Elsa, desde chica, sintió celos de la hermana, la veía más linda, más graciosa, mejor estudiante. Las compañeras de escuela querían estar siempre con Regina, era el centro de atención.
El odio y la envidia se acrecentaron cuando en la vida de Regina apareció Ignacio, un joven ingeniero que llegó al pueblo para comenzar una obra hidráulica que nunca se llevó a cabo, porque no llegaron los fondos necesarios para la realización de la misma.
Ignacio se hospedaba en el Hotel Majestic, donde Regina trabajaba en la recepción.
Desde que se vieron por primera vez, se enamoraron.
Con disimulo al principio, los jóvenes intercambiaban palabras y frases cordiales frente al administrador del hotel. Con el correr de los días, Ignacio fue tomando confianza y esperaba la salida de Regina para acompañarla hasta la casa, y conocer su vida fuera del trabajo.
Tomados de la mano, llegaron al hogar de la joven. La madre, ya los había visto desde la ventana, y lejos de sorprenderse, los recibió con agrado.
En el cielo, una tormenta se avecinaba.
En sus vidas también.

Continuará…



Ejercicio con foto – 3ra. propuesta

El ejercicio consistía en escribir sobre la imagen elegida (la misma que hasta ahora), seleccionando una de las siguientes opciones:
1- Inicio dado: “La desgracia nos anda buscando la alegría”
2- Inicido dado: “Para todos, para mí mismo, la historia comienza el día que…”
3- Epígrafe: “Para bien o para mal, la única realidad que queda es la historia escrita”
4- Final, terminar el cuento con esta frase: “Sentí la ebriedad del aventurero, la ceguera del iluminado”

Mujeres eran las de antes, por Adriana Ambrosioni
III

“Para bien o para mal,
la única realidad que queda
es la historia escrita”. Abel Posse

“Se denuncia un complot subversivo”, “Arrollador avance de las fuerzas Vietcong”, “4 a 1 Contundente victoria de Boca frente a Argentinos”, titulares que leí a través del vidrio mientras desayunaba en el bar “La Banderita”, se volvió mi refugio predilecto en la ciudad donde los sonidos amortiguaban las noticias. Tres semanas de mi llegada marcaron el cumplimiento de uno de los objetivos principales del viaje. La dueña de una tienda de ropa, con algunos problemas familiares –según dejó entrever− me contrató para ayudar en la limpieza y atención del local. No pagaba mucho, pero teniendo en cuenta la situación del país, no me quejé.
Los hombres detrás del mostrador comentaron algo en voz baja, alcancé a escuchar palabras sueltas que intranquilizaron mi estómago. Hablaban de una persona arrebatada del hogar, ruidos y golpes violentos, automóviles demorados en calles vacías y motores que arrancaban como relámpagos impuestos al silencio de la noche. Situaciones que no entraban en mi lenguaje cotidiano, imaginarlo me erizó la piel. No me animé a preguntar. La silueta de mi madre (desde aquél día me acompañaba), esta vez, el rostro hacia abajo, la mirada extraviada en los dibujos breves de las baldosas, traslucía un temblor incipiente, una vibración que desde alguna parte llegó hasta la taza que solté y cayó quebrando el entorno secreto que me rodeaba.

Mientras bebía otro café, se abrió la puerta y el hombre, alto, delgado, con barba incipiente y la inquietud de la sombra en los ojos negros, entró y me buscó. De la mano, colgada, una niña (ojos profundos como los del padre, tal vez como los míos) se dejó arrastrar hasta el costado de la mesa en la que me encontraba.

−¿Catalina?−dijo él en tono de pregunta−.
Me levanté, con voz breve respondí −Si, soy yo.
La piel gruesa, de una edad apenas menor que la mía aunque, para ser sincera, lucía bastante mayor y triste.
Nos sentamos. La niña primero corría de un extremo al otro del local, luego se quedó quieta en un rincón del piso y jugaba con la muñeca de trapo que el padre le arrojó, brusco, como si le trasmitiera la orden de que por un rato no lo molestara.
El hombre, torpe, seco, denotaba soledad (o falta de abrazos, eso que a veces nos hace rígidos y sin capacidad para la sonrisa). Lo observé un poco de lado, sin enfrentarme a la mirada que él escurría por encima de la mesa. Pensé que tal vez se preguntaría qué derecho creía tener esa mujer de ojos esquivos, para irrumpir en sus vidas.
−Tu papá es mi papá-las palabras me salieron tontas, infantiles.
Para mi sorpresa, sonrió, apenas, con una especie de mueca en la comisura de los labios (la imaginé una sonrisa pobre, sonrisa al fin).
−Alguna vez me lo contó. No le hice caso…o preferí no creerle, no sé. Después, fue tarde para preguntas, murió joven el viejo.
Lo juro, en ese instante la silueta de mi madre permanecía junto a nosotros (aunque nadie más que yo la notara) y se deslizó hacia las baldosas del piso. Temí no volver a verla, sin embargo, en unos segundos sentí otra vez la firmeza de la presencia. Resistió la estocada.

Había resultado difícil conseguir los datos, una cadena de personas e informaciones cruzadas con frecuentes interrupciones. Mal momento para andar preguntando por gente. No obstante, la suerte y la colaboración de la dueña de la tienda, actuaron de mi lado. Desde el teléfono del negocio (tan raro y novedoso para mí como los subterráneos) me permitió hacer las llamadas. Cuando menos lo esperaba, di con la casa y con la familia del que fue mi padre. Entre titubeos logré que me entendieran y en un marco de desconfianza, el hombre, que horas después tendría sentado frente a mí, aceptó la cita.

No hablamos mucho, ni él ni yo parecíamos querer profundizar en esa relación fría, ajena. La voz de la niña hizo más cercano el encuentro. Se llamaba Julia, reía de manera fácil, contagiosa. No, el abuelo no llegó a conocerla, tragó hacia adentro la frase, incómodo. Ese hombre no sabía, ni querría saber, cómo había sido que mi madre y su padre me dieron vida. No le importaban los recuerdos, ni el barco, ni la violencia, ni el cuaderno que yo conservaba como testigo único e inalterable. Me convertí en una media hermana que aceptó a regañadientes. Con el tiempo (lo supe mucho después) pasé a ser una más en la lista de personas a quienes protegió con su silencio.
La que sí quiso acercarse y entablar conmigo largas charlas y juegos, fue Julia. Con berrinches simpáticos y reiterados obligó a que las reuniones se volvieran cada vez más frecuentes. Primero en el bar, luego en un parque y hasta algunas veces, Alejandro (así se llamaba mi nuevo hermano), la dejaba por varias horas a mi cuidado en la tienda, mientras él concurría a reuniones de las que nunca comentó una mínima palabra.
Yo accedía. En el fondo era un buen tipo, la mujer lo había dejado (con esa nueva costumbre de las separaciones) para irse a otro país, que no mencionó, por motivos que engrosaron sus secretos. Julia llenaba mis tiempos libres y endulzaba la estadía, lograba hacerme olvidar el origen del viaje y el dolor antiguo de mi madre, claro, hasta que al atardecer, de regreso al cuarto, ahí esperaba la silueta, oscura y acurrucada en el sillón frente a la ventana.

“Es alto y tiene la piel oscura, pasa días sin afeitarse, la mancha azulada que le crece en el mentón, corroe sin piedad mis mejillas. A la mañana siguiente me arde la cara, me cruje el cuerpo, suelo pensar en la imposibilidad de moverme, de limpiar, lavar la ropa, trozar las pocas verduras para el caldo. Pero puedo, siempre puedo. Hoy, una marca en la garganta, gruesa y roja como la huella de una soga, que ahora se volvió deforme y morada, me recibió en el espejo. No, ni soga ni atadura, sólo la fuerza de su mano con el afán de que lo mirara, que viera su cara, sus ojos negros, negros como las noches sin luna cuando el oleaje golpeaba a rabiar contra las paredes del “Principessa Mafalda”.

Se hacía dura la vida en Buenos Aires. Durante un tiempo no volvimos a tocar el tema. Apenas le preguntaba detalles de nuestro padre, el rostro de Alejandro se modificaba, un gesto, la expresión, la delgadez de los labios, algo lo hundía en un halo neblinoso y reacio a mis comentarios. La mañana de 1º de Setiembre, lo recuerdo bien, llegó a la puerta de la tienda junto a Julia, quien vestía de rosa y llevaba entre los brazos una nueva muñeca.
−Es mi cumpleaños, dijo la niña, ya tengo seis, ¿me trajiste regalo?
Reí y, al agacharme a besarla, noté que el padre oprimía entre los dedos la manito pequeña con tanta fuerza que tanto su mano como la de la niña enrojecían. Julia tironeó hasta soltarse y corrió hacia adentro del local. Me sumergí en la negrura de sus ojos a buscar indicios que las palabras se negaban a mostrar.
−Te la dejo, no sé a qué hora vuelvo. Cualquier cosa llevála con vos a la pensión. Suspiró, una pausa larga, pegajosa.
−Le preparé algo de ropa.
Extendí el brazo y tomé el bolso sin preguntas. Siempre sin preguntas.
Al dar la vuelta y ver a Julia jugar entre los maniquíes, en la sombría penumbra de uno de ellos se alzó la silueta de mi madre, en la forma exacta del rostro, crecía el brillo de una lágrima.

“Al borde de escribir o no escribir, entre el odio, el dolor y la vergüenza, al borde de estallar en lágrimas que pronto deberán llevar otro nombre.
Llegó con sin ruido. El cuello del abrigo levantado. Las manos en los bolsillos. El olor agrio a cigarrillo viejo. Sentí el frío atravesar los vidrios escarchados. Lo esperaba, o lo temía. Me tembló la voz pero no el cuerpo cuando solté la noticia –Espero un hijo-dije. Sólo tres palabras, el golpe me sorprendió en pleno rostro y sumergió la noche en el silencio.
Desperté medio desnuda en la soledad del cuarto, la piel me olía a humedad ajena. Como un letargo, desde otro de los dormitorios, el tango se mezclaba con el llanto agudo de un niño. Me voy de aquí, en la mañana me voy de aquí. No me ve más el pelo.”

2015, por Carlos Egües

“Para bien o para mal, la única realidad que queda es la historia escrita”

El nieto se hallaba sentado a su lado, seguía con atención los relatos de Carlos, juntos veían fotos de viajes realizados, describían cada imagen, circunstancia y lugar, pero al llegar a la fotografía de una pareja de recién casados que celebraban en la ribera del rio Jordán en Belén, no le contó los sucesos allí vividos, en cambio relató la ceremonia, los ritos y los cánticos de familiares y amigos de los recientes esposos. En un momento el niño se puso de pie ante el llamado insistente de la madre, instante en el que recordó una historia trágica de amor, leída tiempo atrás en un periódico.
El título de la noticia fue lo que interesó a Carlos, “Huyeron de Israel, donde él estaba ilegalmente, pero una turba de palestinos casi los lincha y debieron separarse”. La noticia continuaba con una descripción precisa de los eventos. Hanit una muchacha israelí de 20 años y Muhamed un joven palestino de 18, vivieron en primera persona el conflicto palestino israelí que casi les cuesta la vida a ellos y al hijo en común que ella llevaba en su vientre.
La historia de amor israelí-palestina no es diferente a las protagonizadas por enamorados a lo largo de la historia como Romeo y Julieta, aunque esta resulta la más conocida, el romance de Hanit y Muhamed es tanto o más doloroso, pues se trata de una historia real.
Había comenzado un año y medio atrás en un restaurante de Tel Aviv. Allí Muhamad trabajaba de mozo, en forma ilegal, como lo hacían miles de palestinos, hasta el estallido de la Intifada del 2001. Hanit llegó al restaurante con varias amigas de Holón, al sur de Tel Aviv, para festejar el cumpleaños de una de ellas. Rápidamente los ojos de Hanit se cruzaron con los de Muhamad, que parecía más adulto que los escasos 16 años que tenía en ese momento. Al rato Muhamad se acercó a la mesa y charló con las amigas. Ambos comenzaron a salir.
Muhamad residía de manera clandestina en Tel Aviv violando la prohibición para la permanencia por la noche de trabajadores palestinos sin permiso especial, al poco tiempo logró un lugar donde dormir en forma fija y ordenada, junto a Hanit, su amada, en la casa de los padres de ella. El romance continuó floreciendo, junto con la esperanza de la pareja para que las negociaciones de paz dieran paso a una apertura total de fronteras y así el joven pudiera salir de su escondite sin temor. Pero el conflicto se agravó en especial con la Intifada que estalló en setiembre de ese año. Cuando pasaron unas semanas y se hizo evidente que la paz se alejaba, Muhamad supo que no podría seguir escapando de la policía israelí, que había prohibido la estancia de palestinos debido a una oleada de atentados.
Para Hanit no había duda, donde Muhamad viviera, ahí viviría ella. Y si en Tel Aviv no podían hacerlo, lo harían en el campo de refugiados palestinos de Anata, al norte de Jerusalén. Ahí, en uno de aquellos grises edificios de dos pisos que se convirtieron en paisaje típico de esos campos, la pareja creyó comenzar una nueva vida tras convertirse Hanit al islam. Pero la situación se complicó muy rápido por la furia de los palestinos contra la muchacha israelí enamorada de uno de ellos. En una noche entre semana, una multitud de habitantes de Anata cercó la casa de la pareja, amenazando con destruirla de no entregarse Hanit. Salim, un vecino del lugar, le puso voz a los sucesos, “Días atrás varios pobladores de Anata se acercaron a Muhamad para explicarle que su compañera o esposa era persona no grata.” El joven escuchó el mensaje cargado de advertencias y prefirió ignorarlo. El quería a su mujer y a su hijo. “Esa noche, una multitud rodeó la casa y quisieron linchar a Hanit”, recordó el vecino.
La tragedia la evitaron los miembros de Tanzin, la milicia palestina de Yasser Arafat, que llegaron llamados por la familia de Muhamad. Los Tanzin frenaron a los encolerizados vecinos y decidieron compartir el problema con los israelíes. Hablaron con la Oficina de Coordinación de Israel. Peter Lerner, jefe del despacho contó, “Nos dijeron que hay una joven judía israelí en el poblado de Anata, nos solicitaron retirarla antes que le ocurriera algo. Al estar el poblado bajo administración civil palestina pero bajo responsabilidad militar israelí, sabíamos que teníamos el derecho de entrar por la fuerza para salvar a la joven, pero estaba claro que una entrada de este tipo tendría su costo en vidas humanas israelíes y palestinas”.
Finalmente se optó por enviar un equipo de funcionarios israelíes cubiertos por la gente de Tanzin. Entraron en la casa y a los pocos minutos salieron con Hanit, que llevaba un pequeño bolso, su adelantado embarazo y los ojos cubiertos de lágrimas. Muhamad impotente, la vio partir desde la puerta de la casa.
el recuerdo de Salim continúa: “Cuando la vi, me dio pena. Separarla del marido cuando está embarazada es más que doloroso”, pero justificó la operación: “Los musulmanes no tenemos problema en casarnos con judías, pero estos días no son adecuados para experimentos”.
Ahora la muchacha ha vuelto a vivir en Tel Aviv con su familia. Pero su marido no puede ingresar en Israel. ¿Qué sucederá el día que nazca el niño de Muhamad y Hanit?, fue la pregunta a Lerner. “Cuando nazca, ya encontraremos la forma para permitir al padre abrazar al niño”, dijo con evidente seguridad. El encuentro será breve. El futuro de la pareja como tal es un enigma con forma de tragedia, impedidos de vivir juntos por la violencia de Oriente Medio.
El nieto regresó al lado de Carlos, observándolo le preguntó, abuelo en qué pensabas, titubeó un momento para responder: en un muro. Quiso decir algo más pero lo calló, sin embargo en su mente resonaba la palabra vergüenza, mejor dicho, el muro de la vergüenza.

EL CADETE III, por Carlos Guerrero

La noche en el Liceo Militar (después del toque de silencio) es algo así como el ángel de la guarda, el refugio seguro, es uno con uno mismo. Los que han soportado el relato anterior sobre el transcurrir de un día de actividad normal, habrán notado que no hay tiempo ni pausa alguna que permita el menor análisis, es vértigo, grito, más gritos más vértigos. Al contar esta pequeña historia adolescente, superado el medio siglo posterior, empiezo a sospechar que las posibilidades de éxito de este adoctrinamiento prusiano, irracional y hasta bárbaro, guarda íntima relación, con la no accidental fórmula de impedir ejercer la facultad de pensar.
Los que logran superar el cansancio físico cuentan con la oscuridad de la noche y el silencio de la cuadra como imberbe terapia. Una de esas noches caí en la cuenta que estaba iniciando una guerra con mi oficial a cargo, y lo peor, que no tenía chance alguna de ganar, la disparidad de fuerzas era notable. Debía contener la actitud desafiante y esos conatos de rebeldía, mi presencia debería pasar desapercibida, no darle al Teniente Varona la oportunidad de sancionarme. Me dormí con la convicción de que el problema estaba resuelto.
Dentro de las veinticuatro a cuarenta y ocho horas posteriores a mi decisión, surgió lo que paso a comentar.
Reunidos en el playón de la compañía, en perfecta formación, el Teniente Varona circulaba entre medio de nosotros y, con acento doctoral, hacía gala de los principios básicos del manual militar (al menos el suyo) , la subordinación, la cadena de mandos, la obediencia debida y, al llegar a la altura de mi posición en la formación, descerrajó lo que sería, a la postre, su concepto básico, “tengan en cuenta cadetes que el oficial superior siempre tiene razón, y más cuando no la tiene”. Juro que ni un musculo de mi cara se alteró, no obstante se instaló en forma directa frente a mí y vociferó.
–¿Qué pasa cadete, no está de acuerdo?
–El cadete no emitió opinión ni gesto alguno, mi Teniente.
–Sus ojos, cadete, son sus ojos burlones los que no están de acuerdo.
Nuevamente enmudecí, no tenía la menor idea de lo que mis ojos habían translucido. Una vez más tomó el botón del centro de mi chaqueta e intentó arrancarlo, mi cuerpo se inclinó hacia adelante por la presión recibida, nuevamente colocó su mano izquierda, esta vez sobre mi hombro para mantenerme erguido y tiró con toda su fuerza, se escuchó un ruido desgarrador. Él miraba sorprendido el botón obtenido, conjuntamente con el trozo de tela que lo rodeaba.
–Ha perdido su segundo día de franco, cadete, espero que solucione el problema con sus botones.
Mi plan resultó un rotundo fracaso, no iría a casa este fin de semana y tenía el agravante de tener que comunicárselo a mi madre, quien ya me había reprochado por la pérdida de mí primer día de franco. Por otra parte tomé conciencia de que la guerra había sido declarada en forma unilateral por el Teniente Varona y poco importaba si yo quería, o no, participar de ella. De nada sirvió que hubiese “soldado” mis botones para anticipar su patética forma de sancionar.
Fuimos tres los cadetes privados de salida en toda la compañía, me acompañaron Enrique Anguita y Norberto Dragui. Hallarse en esa condición no es lo mismo que estar bajo arresto, esta segunda opción incluye calabozo y se aplica en casos de cierta gravedad, cuando ésta es extrema se denomina arresto de rigor y al calabozo, con visitas prohibidas, se le adosa el ser despertado cada dos horas durante las veinticuatro del día. El castigo de un privado de salida consiste básicamente, en el paso del tiempo en un cuartel prácticamente vacío, las horas y los días se hacen interminables. El consuelo fue la fuerte amistad que se estableció con mis dos compañeros de desgracia, ya no me sentía tan solo en mi pleito con el Teniente Varona.
Es oportuno aclarar que en adelante me limitaré a comentar hechos que considero relevantes de mi paso por el Liceo Militar (con el riesgo de omitir alguno), ya que no cuento con el tiempo necesario para describir un tránsito tan extenso (espero hacerlo en otra oportunidad).
El hostigamiento de Varona (ahora a secas) continuó en el tiempo, y mi rebeldía también.
Destaco un hecho que gravitó en esta pequeña historia. Nos hallábamos en el comedor disfrutando un pastel de papas (el auténtico, contenía papas, nada más), cuando anunciaron por los parlantes la palabra que nos erizaba en forma constante… “ATENCION!!! Se comunica a los señores cadetes que debido al fallecimiento de nuestro Santo Padre, El Papa Pio XII, el Ejército Argentino procede a declarar duelo nacional por las próximas cuarenta y ocho horas, con cese total de actividades y regreso del personal de este establecimiento a sus domicilios particulares a partir de este momento”. El comunicado continuó pero nadie escuchó nada, debido a la ovación espontánea que estalló en el salón comedor. Los oficiales parecieron brotar de la nada, a los gritos nos obligaron a sentarnos y mantenernos callados. No habíamos tomado verdadera dimensión de lo que habíamos hecho. La adolescencia se manifestó a pleno, habíamos ovacionado la muerte de un Papa por las cuarenta y ocho horas de un franco. La oficialidad estaba desencajada, a los gritos y empellones nos sacaron en forma inmediata del comedor y fuimos llevados al campo de entrenamiento de castigo de los soldados comunes, estos tienen la particularidad de estar sembrados de cardos, por donde nos hicieron arrastrar por más de una hora.
La plana mayor del Liceo llamó a reunión inmediata en la sala de oficiales, debían de concurrir los jefes de batallones (con rango de Mayores) y los de las compañías (Capitanes). Trascendió que se consideró suspender el franco de cuarenta y ocho horas pero la Superioridad del Ejército no lo autorizó. La decisión fue que un pelotón (trece integrantes) quedaría castigado en representación del resto, en calabozo y con visitas suspendidas. Los oficiales a cargo de cada sección designarían a los sancionados. Y… si, tuve el honor de ser el segundo de los nominados, detrás de mi amigo Anguita. Utilizar la palabra honor en un caso como éste puede lucir jocosa y/o impropia, pero en cierta forma no lo es, porque el arresto dio nacimiento al denominado “Pelotón Fantasma”, encargado de las tareas más desagradables que existían en el cuartel (limpiar letrinas, caballerizas, podar árboles, mantener los campos de entrenamiento y cualquier otra tarea que suene a castigo), esta formación me sobrevivió, siguió existiendo muchos años después de mi egreso de la institución. Puedo, con toda autoridad, considerarme socio fundador de tamaño engendro. Sentí la ebriedad del aventurero, la ceguera del iluminado.

Continuara…

Terminando una historia, por Hebe Chambard

Para mi todas las historias comienzan… pero esta termina… Otra vez el cajón de las viejas fotografías. Volvieron a caer en mis manos aquellas que encontré días pasados. En esta lluviosa tarde de domingo mi ánimo no es el mejor. Hace tres días que vivimos en una burbuja de agua, barro, sólo la chimenea encendida crea una cierta atmósfera de calidez. Y allí están ellas haciéndome sentir todo el peso de la historia familiar. Es un recuerdo de luchas, de trabajo en una Patagonia de principios de siglo XX, largos y fríos inviernos y áridas estepas donde miles de ovejas daban su lana para exportar a Inglaterra. Malas comunicaciones donde empresas telefónicas luchaban contra los fuertes vientos que le destruían los cables y los dejaban incomunicados con el resto del país.
Pero este es el pasado, y el presente también tiene sus luchas, quizá con más facilidades técnicas, pero la Patagonia es la misma y sus verdaderos habitantes hacen frente al clima y son parte de ella.
Sigue lloviendo, cerré el cajón y allí quedó el pasado lejano y muchas fotografías del presente. Levantaré la cabeza y seguiré adelante hasta que Dios lo disponga.

El Guruk III, por Norma Pedrotti

Sentí la necesidad de darle respuesta a esa gente que, sin comprender lo que pasaba, sufría el desamparo de un pueblo marginado. Me pregunto ¿qué precio tienen que pagar los olvidados en este mundo de construcción desigual?
George Bell había dejado su tierra y su familia para entregarse a la misión de salvar las vidas de aquellos inocentes que, por estar lejos de las urbes, pagan un alto costo. No quería irse de esas tierras sin encontrar las respuestas ante cada masacre humana que pasaban por sus ojos sin poder detenerla. ¡Tanto poder, tanta avaricia y egoísmo! ¡Me siento en un túnel oscuro y sin salida!, se decía a sí mismo George. Tenía la sensación de que debía buscar otro tipo de ayuda, y el único que podía brindarle auxilio era el viejo cacique de la tribu que vivía detrás del pueblo entre las altas cordilleras. Un viejo ermitaño que había habitado siempre en una cueva en la montaña, nunca hablaba con nadie y la mayoría de los moradores de la zona le temían. Era considerado un mago, un hechicero, un nigromante cuyos poderes podían ser impredecibles. Las historias en relación a este personaje proliferaban y databan de varias generaciones, algunos decían que quienes fueron a pedirle ayuda recibieron su maldición o acabaron desaparecidos, otros sostenían que los misteriosos árboles alrededor de su caverna, una especie que sólo podía verse allí, eran aquellas personas que habían sido transfiguradas por él. Sin embargo, unos pocos afirmaban que sus poderes tenían la capacidad de cambiar las vidas.
A este viejo wantamo de las montañas, lo llamaban Kiwáj. Según él, las fuerzas naturales gobiernan la vida en los pueblos y campos. Todo objeto de la naturaleza es poseedor de una esencia espiritual, ésta desempeña un papel activo en lo que rodea y comprende a los hombres.
Los dioses se pueden presentar como enemigos terribles o grandes amigos de las personas. Sus creencias sostienen, según los relatos, que los espíritus del agua no sólo viajan bajo la tierra, sino que también tienen una fuerza humana y caminan entre nosotros, de un lugar a otro.
Hacia allí se dirigió el Guruk, a la niebla misteriosa de la montaña, hacia aquellas tinieblas en busca de una luz para esos otros, algunos de los cuales ni siquiera conocía, pero que sin embargo estaban ahí, con sus pies hundidos en la miseria y el oprobio.

Irremediablemente lejos, por Patricia Barcia

Para todos, para mí misma, la historia comienza el día en que ella encontró debajo de la puerta de ingreso, esa nota que esperaba día tras día desde hacía más de tres años.
Cada tanto, un pequeño papelito escrito a mano le devolvía la alegría, la esperanza de verla. Solo figuraba una dirección, una fecha y un horario. Eso le cambiaba el ánimo, la ponía en movimiento.
Generalmente la cita era de un día para el otro, por lo que, en ese último tiempo, casi ni salía o, si lo hacía, siempre volvía a la casa por la noche, para mirar, cuando se levantaba a la mañana, las baldosas junto a la entrada en el living. Nunca vio a nadie trayendo el mensaje y solo una vez sospechó de dos chicas que caminaban apresuradas al doblar la esquina. Pero tal vez no tenían nada que ver con el papelito encontrado.
Se preparaba con anticipación, tomaba el tren, ya que generalmente debía ir a otra ciudad, con ansiedad esperaba la señal. La cita era en una plaza o en un café, en la estación del ferrocarril, o en una esquina. Una palabra, un toque en el hombro, un suave empujón, eran suficientes para saber que tenía que seguir las instrucciones, mínimas, por otra parte. Caminar atrás, o desplazarse, seguir a alguien. Allí la encontraba. Unos segundos tardaba en reconocerla, porque solía estar con anteojos, peluca, gorro o alguna vestimenta desacostumbrada.
Eso se había convertido casi en una rutina mensual. A veces pasaba más tiempo. Otras, la reunión era muy corta o se interrumpía bruscamente. Vino en varias ocasiones con su pareja. Si yo andaba por ahí, me incluían en el encuentro.
Un día le dijo que se marcharía a una provincia en el norte (después supimos que era Tucumán) y no se verían por un tiempo. Se iba convencida, que debía luchar allí, que no se preocupara por ella, estaría bien. Por supuesto no es lo que pensábamos todos. Nos inquietamos más que antes. Tratamos de persuadirla, pero como la conocíamos, lo supimos desde el principio: sería en vano.
En tanto, yo decidí irme de Argentina. No a Europa, pero sí bastante lejos de mi casa, fui a Perú. No sabía cuándo volvería, como venían las cosas en el país, podrían ser años. Mis padres vivían en ese entonces en Calingasta, viajé hasta allí. Me despedí.
Poco y nada supe de la familia durante los tres años que residí en Perú. Las cartas eran frecuentes pero con nimiedades. Solía recibirlas con rastros de haber sido abiertas. Nunca nos llamamos por teléfono.
Una mañana llegó carta de mi madre. Me decía que había recibido una nota, le comunicaban que mi hermana había desaparecido, mejor dicho, que había muerto. También me contaba que la suegra de Adriana, relacionada con altos funcionarios del gobierno, había viajado a Tucumán y confirmaba la triste noticia.
Noté un dejo de paz en esa carta. Su temor mayor siempre fue que la torturasen. En realidad, nunca estuvo claro cuándo murió y cuáles fueron las circunstancias.
La vida siguió, con todo lo que trae la pérdida de un ser querido previendo un final casi irremediable (ya habían matado a su pareja meses antes).
Pasó el verano, delicioso, en un lugar donde el Pacífico se vislumbra a pocas cuadras y los ceviches y el pisco sour son un placer obligado mirando el atardecer sobre el mar. La tibieza del clima, hace de abril un mes para disfrutar. Residir lejos del país es bastante difícil, pero con el refugio de nuevos amigos, un trabajo bastante adecuado, en paz, la existencia era bastante buena. Había que seguir viviendo.
Pero una noche, en la entrada del departamento donde me alojaba, encontré una nota del correo que avisaba sobre un telegrama. Que llamara por teléfono. Lo hice. Pedí me leyeran el texto, porque conociendo a la familia, algo grave habría ocurrido. “Ha muerto tu madre tu padre Héctor”. ¿Cómo? ¿Quién murió? ¿Mi madre, mi padre? ¿Solo mi madre? El empleado volvía a repetir reiteradamente “Ha muerto tu madre tu padre Héctor”. Algo estaba claro. Pero no todo.
Fui al correo. Leí. Sí, había muerto mi madre. Firmaba, abajo, o luego de un punto, mi padre.
Como no tenía teléfono al cual llamar, hice un entrecruzamiento con conocidos en Argentina. Me hablaron y supe lo ocurrido. Visita a Gualeguaychú, discusión con mi abuela quien quería vivir seis meses con cada uno de los tres hijos (imposible en el caso de mi padre porque él trabajaba lejos de su casa, se iba en cualquier momento a Venezuela, eso significaba que mi madre debía soportarla), viaje de vuelta con pre infarto, internación de tres días, salida de terapia intensiva. Paro cardio-respiratorio.
En un primer momento dije unas cuantas palabrotas refiriéndome a la situación familiar. Justo cuando se los veía más tranquilos, contentos por salir de vacaciones después de más de tres años, navegar por el río… Mi madre festejar sus cuarenta y nueve… Mi padre reencontrarse con sus hermanos, primos, antiguos amigos de la infancia, de la juventud…
Pero luego pensé en la nota, la última pasada por debajo de la puerta, la recibida ocho meses antes, en julio, donde se informaba que mi hermana había muerto. Reflexioné sobre la carta escrita por mi madre, diciéndome que ya estaba todo dado.
Entonces, de inmediato, recordé una frase siempre repetida por ella: El día que ustedes dos ya no me necesiten, me voy a morir tranquila.

SIETE VIDAS, por Patrizia Trofini

Los hombres no salen de su asombro. Allí, en esa parte oscura de la sala, debajo del hotel, entre muebles rotos, lámparas en desuso, cajas y cortinados viejos, encuentran -en un rincón- un féretro. El olor en la habitación los asfixia, la lluvia caída en esas semanas, ha hecho que el sótano se inunde y todo huela a humedad y putrefacción. Ven un catre -a poca distancia- armado con una cobija, muy prolijo, como si alguien lo utilizara para dormir en medio de todos esos trastos y del féretro. Sin decir palabra, emprenden un retiro espantado por el pasillo hasta llegar a la escalera que los hará salir del sótano y dar aviso al encargado del Majestic de lo descubierto allí abajo.
En la cocina, justo frente a la puerta que da al sótano, el gato blanco sigue con la mirada una silueta humana que lleva entre las manos un enorme ramo de rosas.

Gancedo reúne a Suarez y al doctor Lobero en un consultorio que encuentra vacío para hablar y aclarar el episodio del accidente sufrido por la mujer de Suarez. Junto a Gancedo, los oficiales se paran delante de la puerta, con el fin de evitar interrupciones o, tal vez, la posible fuga de alguno de ellos.
-Doctor Lobero, yo solo quiero saber si mi esposa se va a poner bien, -dice Suarez con voz lastimera.
-Mire Suarez, la operación salió bien. Ahora hay que esperar a que despierte y ver si puede recordar qué fue lo que sucedió. O tal vez usted podría decirnos al inspector y a mí qué ocurrió. Un “accidente” doméstico, se golpeó sola la cabeza, o se cayó de una silla… ¿usted sabe?
-Yo…yo…no…llegué a mi casa y estaba oscuro. La llamé, como no contestó, busqué en la casa y la encontré tirada en el piso de la sala, justo frente a la biblioteca.
– El hombre que lo trajo al hospital dijo que usted estaba alterado, que “se le fue la mano”.
-¿Qué?, que yo… ¡claro que me alteré!, si estaba tirada en medio de un charco de sangre. ¡Cómo no iba a estar alterado!
-¿Por qué no llamó al hospital? Interrumpe el Inspector Gancedo.
– No anda mi teléfono, hace un par de días se descompuso y me olvidé de llamar para que lo arreglen.
-Qué oportuno, ¿no?
– Inspector, usted no pensará que fui yo quien lastimó a mi mujer, ¿no?
– Es sospechoso Suarez. Voy a tener que detenerlo hasta que investigue qué le pasó a su esposa.
-¡Es una locura! Yo la amo, no pueden hacerme esto. Tengo que abrir el Bar, qué van a decir los clientes del pueblo y los turistas de Hotel Majestic que vienen a comer y encuentren cerrado. No, es injusto. Soy inocente. -Cubriendo la cabeza con las manos, Suarez comienza a llorar desconsoladamente.
Gancedo tiene la impresión de que llora más por el negocio que debe permanecer cerrado que por la mujer.

En otra parte del hospital, Carmen ojea una revista, sentada en una incómoda silla, al lado de la cama donde el viajante que, aún inconsciente, se recupera. El médico chino se ha ido con la historia clínica del enfermo. Como casi no le dirige la palabra, supone que buscará al doctor Lobero para hacerle una consulta o tal vez, se habrá ido a descansar. Carmen sabe que hay que esperar.
-Sólo unos días más, -se dice para sí misma-, y nos iremos de este pueblo para siempre.
Lo único que la intriga, igual que al médico chino, es saber quién puso las dos rosas que están en la mesita de noche del viajante, en un florero pequeño. Sólo el médico, y la enfermera estuvieron con él y ninguno de ellos las dejó.

Elsa abre los ojos. Una luz tenue ilumina el ambiente. Recorre con la mirada el espacio, su cuerpo está inmóvil, no tiene fuerzas para levantarse. Intenta mover las manos y no puede, las siente dormidas. Desde los pies, un hormigueo va subiendo por las piernas que tampoco puede mover. Un dolor de cabeza va apoderándose de ella y, casi imperceptible, el murmullo de unas voces lejanas llega a sus oídos. Palabras sueltas, una risa fuerte, un grito, el llanto de un bebé. Cierra los ojos. Le parece oir una voz familiar, pero el dolor de cabeza es cada vez más intenso y los sonidos se confunden. Siente un pinchazo en el brazo y un frio intenso le corre por las venas. Se estremece. Abre los ojos y ve la jeringa en su brazo. Antes de dormirse, una voz intensa le murmura en el oído: tenés más vidas que un gato, vos.

Continuará…



Ejercicio con foto, 2da. propuesta

Seguimos con la serie de ejercicios vinculados a la imagen elegida. Entre las siguientes opciones, se aconseja seleccionar una. La idea es continuar la historia anterior, o bien que se desprenda o vincule a ella .

a) personajes:
1- Título: Asuntos urgentes
2- Inicio dado: ¿Usted qué sugiere?

b) Lugares:
3- Inicio dado: Hacia el final del siglo, la tranquilidad del lugar, entonces eminentemente pastoril, fue turbaba por una invasión de…
4- Epígrafe: Cualquier cosa podría suceder bajo ese cielo.

Mujeres eran las de antes II, por Adriana Ambrosioni
−Asuntos Urgentes−

La ciudad me resultaba asfixiante, enrarecida, los rostros llevaban gestos impensados para quienes veníamos del pueblo. El ceño fruncido, la mirada breve, sin objetivo, como si todo acabara ahí, a un metro de distancia.
Busqué entre mis pertenencias algo de cambio para pagar una taza de café con leche. En las pizarras que lucían los bares, los precios no se adecuaban a mis posibilidades, serían días duros si no encontraba un trabajo temporario. Empujé la puerta vidriada del bar “La Banderita”, en una esquina poblada del barrio de Barracas y, frente al mostrador pedí la única comida para el resto del día, una taza grande, mitad leche hirviente, mitad aromático café y tres medialunas que el hombre sacó de abajo de la cúpula de vidrio.

Leí de reojo los titulares que se exhibían en el kiosco de diarios. Nada estaba quieto en Buenos Aires. Suba de precios, luchas obreras, manifestaciones abortadas, inauguración de la primera Feria Internacional del Libro en la localidad de Palermo. Las palabras pasaban frente a mis ojos, rápidas, sin significado.
Me duraba la conmoción de lo vivido minutos antes entre las paredes frías del edificio que me negué a reconocer como parte del pasado, aun cuando las sensaciones permanecían intactas en mi cuerpo. Quise borrarlas, no aceptarlas.
El café bajó caliente por la garganta, tragué de golpe. Otra vez la silueta de mi madre hizo brotar la transpiración helada en mis brazos. La vi de espaldas, desnuda, sensual.

Lo conoció ahí, entre los impávidos ladrillos de lo que había sido una de las viejas casas de alquiler donde los inmigrantes enfrentaron la realidad no imaginada. El hacinamiento, la escasez de trabajo, compartir la vida con familias que, en similares condiciones, bajaban de los barcos. La rudeza del hombre, dueño o administrador de la casa a quien debían pagar semana a semana, mes a mes (en los mejores casos), la pieza que habitaban y el resto de los espacios en los que se amontonaban bultos, equipajes, olores y enfermedades como marco de un infierno propio y, a la vez, ajeno.
Mi madre dejó constancia de emociones y horrores en las páginas rugosas del cuaderno que puso en mis manos la noche aquella, en medio de la fiebre, con la certeza de enfrentar el último viaje.
Un legado difícil para mí, podría haberlo arrojado al olvido, sin embargo, registré con cuidado nombres y direcciones que conservé junto al cuaderno durante años (quizás como ella, entre el temor y la vergüenza) en espera del momento adecuado.

Consulté por un sitio donde dormir, alguien en el bar recomendó la Pensión de la calle Montes de Oca, a pocas cuadras de ahí, no preguntan mucho y van mujeres solas, aclaró el hombre.
El cuarto breve, limpio, impersonal, abrió los brazos a este cuerpo exhausto, saqué los zapatos y me hundí en la cama. Tomé el cuaderno. Necesitaba una dosis de pasado, recargar fuerzas.

“Despierto, extiendo el brazo, toco con la palma de la mano la superficie áspera del colchón, antes de abrir los ojos sé que estoy sola, siento un dolor intenso, desconocido, cómo pude dormirme, paseo la mirada por el techo, las chapas heladas escurren gotas que tiemblan, indecisas, yo también temblé, se fue, dejó el olor a humo y jabón viejo en la funda de la almohada –no tuvo la delicadeza de despertarme− claro, para qué, me cuesta ponerme en pié, es la segunda vez pero los golpes duelen como si fuera la primera, aunque sin sorpresa, vuelve la imagen que con los párpados entreabiertos observé frente al espejo, el porte del guerrero satisfecho con su incipiente triunfo, (confieso, a pesar del odio, la atracción que genera su brutalidad masculina, hierve mi sangre como no recuerdo que antes me sucediera. Absurdo en mí, creer que un rato de amor o –mejor dicho− de ofrenda sumisa a los instintos amorales de este extraño, reduciría la presión del alquiler y el temor al hambre y al frío. Él lo sabe, sabe lo duro que es para quienes habitamos la casa, aceptar las condiciones en que vivimos. Repugna entender la manera cruel y solapada en que se aprovecha de cada uno de nosotros.”

Cerré el cuaderno, vencida por una mezcla de sueño y dolor. Volvió la silueta borrosa de mi madre en un acto mudo de entrega que, antes o después, me dio origen.
El día siguiente comenzaría con dos metas claras, buscar trabajo y encontrar a mi padre. Me asombró pronunciar la palabra que tanto tiempo había negado.

EL CADETE II, por Carlos Guerrero

¿Usted que sugiere? …, no se alarme, es solo el inicio dado. Desde luego su opinión importa pero se le suministrará más información para fundamentar la misma. Es obvio que deberá hacer el esfuerzo de ubicarse en tiempo y espacio, volver a sus doce años de edad y a la época correspondiente. Mientras inicia el regreso, el relato continúa.
Los días sucesivos al descripto inicialmente aportaron sorpresa, asombro y desazón. A riesgo de aburrir y a sabiendas de que el bostezo del lector es enemigo declarado del escritor, intentaré describir (en la forma más sintética posible) la rutina de un día cualquiera de un cadete en el Liceo Militar. Al toque de diana (las seis de la mañana), los sonidos del clarinete se mezclan con los gritos del oficial a cargo. Tenemos un minuto para estar formados (en pijama) al pié de la cama con jabonera, toalla, cepillo de dientes y pasta dental. Ingresados al gigantesco baño contamos con seis minutos para asearnos, otros nueve para vestirnos con el uniforme de fajina y los pesados borceguíes, dos minutos para formar en el pelotón correspondiente y marchar al comedor en procura del desayuno. El mate cocido y el pan con manteca deben ser ingeridos en no más de veinte. El ingreso a las aulas se produce a las seis horas y cuarenta y cinco minutos, cursamos las distintas materias hasta las diez de la mañana. Contamos con quince minutos de distención y marchamos al campo de entrenamiento.
Los ejercicios iniciales para entrar en calor consisten en una infernal seguidilla de: carrera mar, cuerpo a tierra, saltos de rana y todas las flexiones que el febril Teniente Varona ordena (cuyo cuerpo demuestra que jamás realizó). La parte teórica permuta la tortura, ésta ya no es física sino mental, cuatro minutos para desarmar el fusil, otros cuatro para volver a armarlo con la bayoneta calada. Aprender a nadar es otro claro ejemplo de la sutileza militar, formados en el borde de la pileta el oficial a cargo pregunta a cada cadete si sabe nadar, si la respuesta es afirmativa es empujado a la pileta, si es negativa, se hace exactamente lo mismo. Si estás por ahogarte, personal auxiliar te retira del agua con una inmensa red y te pregunta si estás listo para repetir la experiencia. Doce horas y treinta minutos marchamos a la cuadra a higienizarnos y, a las trece horas, nos sentamos en el enorme comedor. Contamos con piadosos cuarenta y cinco minutos para almorzar, la digestión deberá realizarse en los próximos quince minutos, porque a las catorce horas ingresamos en la cuadra para realizar las tareas denominadas de orden interno, léase hacer la cama, arreglar los placares, coser botones y remendar la ropa dañada, lustrar los jarros de campaña, las hebillas de los cinturones y los borceguíes. Una hora y media más tarde, el oficial a cargo pasa revista a los objetos mencionados. A las 16 horas se nos conduce a las salas de estudio, bajo la atenta mirada de dos preceptores por aula que no admiten distracción alguna.
Los libros pasan a ser el mejor aliado contra el hastío. A las diez y nueve horas merendamos, nos sirven el famoso mate cocido y formados en dos filas, pasan por el centro un canasto con unos sándwiches cuyo fiambre es uno de los secretos militares mejor guardados. Diez y nueve y treinta horas, se ingresa al gimnasio cubierto, donde entre otras cosas se nos enseña defensa personal a cargo de un especialista que pide voluntarios que lo ataquen y goza horrores con hacerlos volar por el aire. La cena se sirve a las veintiuna horas y se prolonga por otros cuarenta y cinco minutos. Ingresamos a la cuadra, nos colocamos el pijama reglamentario y a las veintidós horas se apagan las luces y los que han sobrevivido se entregan al reposo.
Cabe aclarar que estas múltiples actividades cuentan con premios y castigos. El premio es único, si no has sido sancionado podés gozar del franco que normalmente te corresponde, salir sábado y domingo y disfrutar de tu familia. Los castigos son variados según la falta, podés perder en forma parcial uno o varios fines de semana y quedar bajo arresto en el cuartel.
Este tedioso relato se justifica porque, a pesar de ser contado en primera persona por un protagonista directo, el eje central es la Institución Militar, su dogma, su régimen. Será nuestro invisible interlocutor quien oportunamente deberá responder al interrogante del inicio dado. En el intento de ayudarlo en su tarea, cuento mi primera experiencia en lo dogmático y personal. Un lector avezado habrá notado la poca empatía que me producía mi oficial a cargo, el Teniente Varona. Prometí superar ese prejuicio y dejarme ganar por la segura compensación que la madre naturaleza otorga a personas no agraciadas en el aspecto externo, y aposté a la belleza interior que seguro se manifestaría a la primera oportunidad. La espera no fue larga, formados en la Plaza de Armas aguardábamos la palabra del Director de la Institución, el teniente Varona nos instruía ante la posibilidad que, al pasar revista, el Coronel Hernández nos dirigiera la palabra. Si manifestaba “cadetes, subordinación y valor”, debíamos contestar con voz aguerrida “para defender a la Patria, mi Coronel”. Si se dirigía en forma individual o conjunta inquiriendo el orden de valores de un militar, la respuesta debía ser “primero la Patria, después la Institución y por último la Madre, mi Coronel”. Hasta ese momento había logrado mi objetivo de pasar desapercibido, pero el gesto de extrañeza me delató, en un segundo el cuerpo sin forma estuvo frente a mí.
– ¿Algún problema cadete?… ya no podía retroceder.
–El cadete desea saber si el orden de la respuesta es invariable o puede alterarse, mi Teniente.
Su rostro, redondo y fláccido, adquirió un color purpura, sus ojos enrojecieron, abrió dos veces la boca pero no emitió sonido alguno, encorvó más el cuerpo para pegar su rostro al mío y rugió:
–Tiene usted problemas auditivos cadete o solo es estúpido. –No pude hilvanar una respuesta, tomó un botón de mi chaqueta y tiró fuertemente de él, el botón resistió, apoyó la otra mano en mi pecho haciendo fuerza inversa y el botón cedió, algo parecido a una sonrisa le iluminó el rostro y escuché –ha perdido usted veinticuatro horas de su franco, cadete, los utilizará para reforzar sus botones.
Sentí la furia de la impotencia, mientras una gota se deslizaba lentamente por mi cara y hacía centro en mi borceguí. Comprendí, a temprana edad que, en algunas personas, el exterior y su interior se amalgaman en una forma única e indivisible. La repetitiva duda me tomó por asalto ¿habrá existido un Teniente Varona en la vida de San Martin, Belgrano y tantos otros próceres de nuestra historia a quienes quería emular y aún superar?

El extraño caso del vampiro de Borgo Orzini, por Gioele Sanna
La primera anécdota

-¿Usted que sugiere? – Preguntó el Conte Orzini mientras observaba dormir a Ignazio.
-Hay que educar al niño, convertirlo y luego decirle quiénes son sus verdaderos padres. Recuerda que te estoy encomendando esta tarea porque eres el único en que confío -contestó el rey de los vampiros, innombrable para muchos y un mito literario para otros.

-Esta noche te contaré una anécdota que proviene de la India, mi querido Ignazio –dijo el Conte Orzini momentos después que el niño abriera los ojos de repente. El innombrable se transformó en un gato negro y desapareció, la luna llena brillaba por su ausencia.
-No quiero oír tus estúpidas historias –dijo enfadado. –Sal de mi casa.
-Oh sí, sí que lo harás –le contestó el vampiro que acomodaba su corbata sentado frente a la cama del muchacho. -Creías que con un poco de ajo me ibas a espantar ¿verdad? –Dijo con una sonrisa viendo una enorme corona de ajo colgar en la puerta de la habitación. Tras ver las marcas de dientes en el cuello de su padre, Ignazio se había informado cómo ahuyentar vampiros por internet y muchas fuentes afirmaban que estas criaturas le tenían pánico al ajo y al agua bendita, por lo cual no se acercarían en lo más mínimo. -Creo que necesitarás mucho más que ajo para infligirme terror –dijo. -¿Estás listo?
-¿Para qué?
El vampiro se levantó, acomodó el traje, hizo un chasquido con los dedos y como por arte de magia aparecieron en medio del pueblo de Borgo Orzini, eran alrededor de las tres de la madrugada, lo que significa que las calles estaban desiertas y la única luz que se veía era la de los faroles.
-¿Cómo hiciste eso? Y ¿Qué tengo puesto? -Dijo el niño al ver el traje Armani que llevaba puesto.
-Solo es un truco, llevas puesta ropa de primera calidad.
-¿Por qué no tengo frio? Debería estar helando -dijo Ignazio mirando la nieve caer a su alrededor.
-La ropa está hechizada, no sentirás frio ni calor, el chaleco de seda tiene la función de poner en desuso cualquier arma de fuego que esté a tu alrededor, los zapatos ahuyentan las brujas, la camisa debilita cualquier hechicero en las cercanías, la corbata te hace invisible ante cualquier mortal que quieres que no te vea ni te oiga y por último, estos lentes –dijo sacándolos de su bolsillo –te mantienen alejado de la plata, la única arma mortal para los vampiros
El chico se quedó con los ojos abiertos como platos.
-Caminemos, creo que no hace falta decirte que de ahora en más eres un vampiro.
-¿Qué yo qué? -El chico se tocó los dientes, tenía dos colmillos largos y filosos como cuchillas.
-Son los senadores quiénes elijen a las personas a quienes vale la pena convertir, luego se nos asigna la misión de protegerlos, entrenarlos y educarlos hasta que cumplen la mayoría de edad, luego eres libre de vagar por el mundo o trabajar para el senado y el rey, ¿alguna pregunta?
-Qué extraño…
-Dije exactamente lo mismo cuando me convirtieron, tengo que admitir que es una vida fácil y agradable la de los vampiros.
-¿Y qué pasará con mi papá?
-Es aquí cuando entra en juego el relato de la India que iba a contarte. A ver…. ah sí, esta es la historia de una mujer de mediana edad que tenía una pitón de los pantanos como mascota, en la India, y la amaba realmente como una hija. La serpiente llegaba inclusive a los cuatro metros y parecía estar en buena salud, sin embargo, de un día para el otro el animal dejó de comer, esto continuó por varias semanas, la dueña probó con muchas cosas pero nada funcionó. Por fin decidió llevar el reptil al veterinario como último recurso. El pobre hombre escuchó con atención y preguntó: “¿Su serpiente duerme envuelta en usted por la noche?”. La mujer se sorprendió y dijo que sí, que lo hacía todas las noches. El veterinario dijo a continuación algo bastante perturbador.
-¿Qué fue lo que dijo?
-La serpiente no está enferma, se está preparando para comerla, cada vez que se envuelve en usted lo único que hace es tomar las medidas a la perfección, se prepara para el ataque y la razón por la cual no come es muy sencilla, está ahorrando espacio para facilitarse la digestión.
-¿Y qué quieres decir con eso?
-¿No es obvio? La moraleja de hoy es que tienes personas a tu alrededor que admiras, amas, harías cualquier cosa por ellos y tú crees que ellos harían lo mismo por ti, pero la realidad, mi querido Ignazio, es que podrían ser como la serpiente, esperando el momento adecuado para atacar.
-¿Pero por qué me cuentas esto?
-En tu caso… en tu caso la serpiente sería tu papá.
-¿Qué?
-¿Por qué crees que estamos aquí caminando y no en tu habitación?
El niño no supo qué contestar.
-Porque ahora mismo tu padre está en tu cuarto, preguntándose dónde estás, con un cuchillo en su mano buscando tu carne para clavarlo.
Ignazio lo miró como si se tratase de un lunático.
-¿No me crees? -Dijo el vampiro un poco frustrado. –Está bien -hizo otro chasquido con los dedos y de repente se encontraban en la habitación de Ignazio.
Su padre estaba en frente de ellos y parecía muy enojado, toda su elegancia y glamour habían desaparecido para ser reemplazados por una mirada de odio casi inhumana.
-Tranquilo, no puede vernos ni oírnos.
-¿Dónde estás? -Rugió el señor Molinari – ¡Solo quiero hablar! ¡Ignazio!
-¿Ahora me crees?
Ignazio asintió moviendo la cabeza y llorando.
-Creo que ya has visto suficiente… es fácil, solo tienes que pensar en un lugar al que quieras ir y hacer un pequeño chasquido.
Ignazio pensó en donde se encontraría su madre, sin parar de llorar.
-No… esa clase de lugares no están permitidos.

Los relatos de la Abuela, por Hebe Chambard

Hacia principios del siglo la tranquilidad del lugar,
entonces eminentemente pastoril, fue turbada…

El viento barría las últimas hojas caídas con el frío del amanecer. El invierno se aproximaba. La chimenea encendida con grandes troncos chisporroteaba dando una calidez visual al ambiente, que las estufas de gas no lograban. Busqué en mi teléfono celular música que me acompañara: Tosca suavemente envolvió el lugar y decidí seguir ordenando el cajón de las fotografías.
Volvieron a caer en mis manos las viejas fotos de la niñez de mi familia, en la Patagonia, a principios de siglo 20, nuevamente los relatos de mi abuela me invadieron. ¿Será la música que me hizo imaginar a mi madre tocando el piano y a mi tía cantando bajo la mirada vigilante del profesor de música Rubione? Me hizo sonreir el contraste: Yo escuchando desde un moderno celular y allá, 116 años atrás se reunían en veladas familiares en una sala de música para jugar a las cartas, leer y conversar en las heladas tardes patagónicas.
Todo eso ha quedado en el olvido: TV. Internet… ¿Conversar? WhatsApp. Somos tecnología pura y lo digo con cierta añoranza.
1914, mis abuelos parten hacia Francia, Don Silvano está enfermo y piensa que el cambio de aire lo va a mejorar. Quedan en Gallegos mi madre y mis tíos pequeños aún. Estalla la guerra. En una carta de mi abuela cuenta que pierden el último barco ya que los trenes que los debían llevar a El Havre vienen cargados de soldados. Fue el destino ya que ese barco es hundido por los alemanes. Deben quedarse. Un amigo, Monsieur Liniers, le ofrece su casa en Portfernaud.
En una carta que mi abuela le escribe a su hermana Flora le comenta: “No sé si es buena o mala suerte la nuestra de llegar a estas tierras cuando se declara la guerra más grande que se ha visto en el mundo, pero en cambio he podido ver de cerca el patriotismo francés. Durante tres o cuatro días no he visto otra cosa que los grandes boulevares invadidos por el pueblo entero gritando: ¡Viva Francia! ¡A Berlin!”. Al regresar, su salud empeora y muere el 16 de Enero de 1916.
Son las cinco de la tarde, el sol se pone lentamente. Debo confesar que cierta tristeza y melancolía me invaden. Abandono las viejas fotografías. Es el pasado y hay que seguir adelante.

Alicia, por Lily Jorge

Asuntos urgentes desvelan a Alicia. Sus catorce años le reclaman historias románticas de artistas famosas, reinas de países lejanos, cantantes y escritores a los que lee ávidamente. Concurre a la escuela y se destaca como una alumna excelente aunque su hermana, apenas un año mayor, se lleva todas las loas familiares. Pero, desde hace unos días, Zulema, con quien comparte su mundo adolescente, está enferma. Una fiebre alta deviene en una infección que se generaliza y en horas la duerme para siempre.
Corridas, llantos, desconsuelo, desfile de amigos y familiares acompañaron las primeras horas. Luego un silencio denso se apoderó de la casa, de los cuartos en penumbras y de Manuela, su madre, abatida y entregada al dolor.
En aquellos años el duelo duraba un año. Ropa negra, no se podía escuchar radio, ni música; sin reuniones, ni festejos, Alicia perdió todo contacto con el mundo de las fantasías.
Ocuparse de la casa, de Dolores y María del Carmen, las hermanas menores y de su padre, la hicieron crecer de golpe y cambiaron el universo familiar. Abandonó el proyecto de estudiar magisterio y las paredes de la casa paterna fueron el marco donde se perfiló como de ama de casa.
No tenían problemas económicos, porque Joaquín, el abuelo materno, español como el padre, era dueño de la estancia El Descanso en General Lavalle. Allí pasaba los veranos con sus hermanas, disfrutaban siestas de charlas con las tías y la abuela Andrea que bordaba cortinas, cuellos de vestidos y manteles para uso diario; además de mimarlas.
Alicia, dueña de una fragilidad soñadora, tenía una figura menuda, ojos oscuros de mirar profundo y un cuidado cabello largo que gustaba peinar de diferentes maneras resaltando su piel blanca y tersa. Una postura adusta le confería la adultez temprana impuesta por las circunstancias.

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Nació Joaquín y Manuela floreció, la casa se llenó de alegría con aromas dulces a jabones y perfumes. Alicia recuperó su espacio juvenil y cada tarde visitaba al padre en el negocio, donde trabajaba un joven siete años mayor que ella, divertido, con mundo y apasionado por la política.
A ella le gustaba escucharlo, intercambiar ideas, libros y casi sin darse cuenta comenzó a acompañarla de regreso.
Cuando el corazón cambió el ritmo de los latidos comprendió que se había enamorado.

El Guruk II, por Norma Pedrotti

Hacia el final del siglo, la tranquilidad del lugar, entonces eminentemente pastoril, fue turbada por una invasión de poderosos terratenientes que arrasaron con la selva virgen y sus especies exóticas, además, con los recursos del subsuelo sin tener en cuenta el impacto ambiental y sus consecuencias.
Kiwá, jefe de la tribu, movilizó al grupo para realizar el “ritual de la esperanza”, con el fin de aliviar las angustias generadas por esos inescrupulosos con una ambición de poder desmedida.
Vukie, su esposa, junto a otras mujeres, danzaban frenéticamente al ritmo enardecido motivado por la defensa de los ideales que pregonaban. Sus instrumentos acompañaban con sonidos que se asemejaban al lamento de un pueblo que vibra y late, como el corazón de la selva pidiendo justicia. A lo lejos se escuchaban cánticos que traían un mensaje poco alentador. El diluvio estaba por llegar y la catástrofe de aludes arrasarían con sus tierras hoy desprotegidas por la deforestación. Una vez más los azotes climáticos contribuyeron a cobrarse nuevas vidas.
Las escasas plantas cercanas a las precarias viviendas se sostienen con fuerza al suelo, como símbolo de persistencia y lealtad a una etnia olvidada. El sol y la luna conjugan la energía que emana de un cielo límpido de un profundo celeste, la luminosidad de ambos genera sensaciones y potencian voluntades. Es un pueblo guerrero con un pasado sin presente, que invita al adversario a replegarse como un acto de sentimiento humanitario.
Es momento de reposo, la agitación desgasta, hay un compás de espera, de una espera incondicional, el despertar de una conciencia en pos del equilibrio tantas veces deseado.
El Guruk, único médico sin fronteras, actúa como una especie de “todopoderoso” para ellos, es el encargado no sólo de las cuestiones de salud, sino además el representante ante las organizaciones nacionales e internacionales en defensa de los derechos humanos. El Guruk, tras haber dejado a su familia y quizá a sabiendas de que nunca lo perdonarían, sentía que había llegado a esas tierras con una misión específica y la iba a cumplir, aunque el enemigo fuera difícilmente franqueable.
Los tambores redoblan con fuerza, los cuerpos se agitan pidiendo atención y presencia, el cortejo recorre los pasadizos de una exuberante vegetación, a pocos metros, cerca del cordón Pumay, yace el cementerio indígena mas poblado que nunca.

Siempre lejos, por Patricia Barcia

__. ¿Usted qué opina, doctor? – Dijo mi madre ante la expresión preocupada del médico.
__. Creo que lo más conveniente, dado que el cuadro puede agravarse, es que la niña vaya a vivir a un lugar con mejor clima. Por lo menos a Buenos Aires, aunque lo ideal sería Córdoba.
__. Supongo que La Plata, en la casa de mis padres podría ser…
Ya escribí lo que sigue, pero no puedo transmitir bien, o lo cuento como una composición de la primaria, por lo menos es lo que me señaló Jorge, cuando tuvo que bancarme la lectura del relato que no tiene, me dijo, nada más que una básica redacción, qué pasó, pero sin dar nada más que datos, sí los datos son ciertos, los recuerdo bien, o mejor dicho, recuerdo lo que me contaron o comentaron repetidas veces, como soy medio obsesiva de lo objetivo, revolví las cajas que tengo en los placares con fotos, cartas y algunos objetos significativos, que cada tanto selecciono, reacomodo, separo, tiro.
Había cumplido un año de vida y vivíamos en Río Turbio. Ese cumpleaños lo pasé en el yacimiento, con regalos que enviaron por encomienda desde Gualeguaychú y desde La Plata, pero lejos de mi padre que tuvo que solucionar un problema laboral en Río Gallegos.
Por supuesto ésta es la antítesis de la celebración habitual, las fotos, torta con velitas y el pelotero o versión de la época. No sé si hubo siquiera otras personas además de mi madre, pero es probable que las mujeres y los niños del grupo se juntaran para la ocasión. No me imagino esa fiestita con un mago. No recuerdo nada, como no debe recordar ningún niño a esa edad.
Unos meses después, pese a que era verano, yo ya empezaba a sufrir las inclemencias del frío de la Patagonia, dolores de garganta, tos, una bronquitis incipiente. En otro lugar, con hospitales, es muy probable que no se plantease esa opción de la mudanza, pero allí con la mínima cobertura sanitaria, había que prevenir, más que curar.
Me imagino a mi madre soportando mi tos día y noche, mi endeblez, la falta de su familia, y muchas veces de mi padre, cuánto pudo haber influido su deseo de dormir, vivir tranquila, sabiendo que estaría en buenas manos, aunque todo eso no haya sido consciente. Pregunto, cuánto de uno y cuánto de otro motivo aceptado o no, pesa en nuestras decisiones y en las de los otros disfrazadas, y se elige la opción más fácil, menos comprometida.
No era la primera vez que viajaba lejos de Río Turbio. Tenía cuatro meses de edad cuando mi madre me llevó para que me conocieran mis cuatro abuelos. También fuimos a La Plata, con el consabido trayecto por la larga ruta de ripio hasta Río Gallegos. De allí volamos a Buenos Aires.
Ese recorrido lo hicimos en un avión del correo que, en realidad, era del ejército o la armada, de esos que llevan los soldados a la guerra, con largos bancos a los lados. Mi madre comentaba siempre que, mientras yo dormía casi todo el tiempo, ella, durante las interminables horas en esos incómodos asientos, vomitaba sin parar por el movimiento continuo del fuselaje. Mi padre, que tuvo que quedarse en el sur, se reunió con nosotras unos días más tarde. Luego, aprovecharon la oportunidad de estar ahí, para celebrar mi bautismo.
No avanzo con esto. Sí así fue, dos viajes en poco tiempo, siempre alejándome de unos y de otros, pero cuánto esto influyó en mí. Ni siquiera tengo la imagen de nada de lo que digo, ni el sentimiento. Fotografías no hay. Solo el libro de recuerdos que se llenaba antes, especialmente con el primer hijo y luego quedaba en un rincón medio oculto porque, en la mayoría de las familias, no se repetía con los otros niños. Sí, confirmo fecha, padrinos y la iglesia.
Volvamos atrás. Como la situación de mi salud era preocupante, organizaron todo para que fuera a vivir con los padres de mi madre. Por lo que, por segunda vez en un año, transitaba 3.000 km., pero ahora para alejarme, no solo de mi casa, sino de mis padres. Ellos pasaron las vacaciones conmigo, en Gualeguaychú y en La Plata, y volvieron al Turbio.
Por supuesto que fueron momentos felices los que me brindaron. Nada mejor para una niñita que recibir sus mimos. Con las ventajas que supone la laxitud en la enseñanza del control de esfínteres, los paseos en el transportín de la bicicleta y las tardes de domingo en la Plaza Moreno. Intensifiqué el tratamiento médico y me operaron de la garganta como estaba previsto (habitual en el protocolo médico de la época, la extracción de las amígdalas). Además, si bien ya sabía unas cuantas palabras, comencé a hablar con fluidez, capacidad que luego mis padres intensificaron.
¿Cuánto extrañé a mis padres? No tengo la menor idea. Compensaba con el cariño y trato de mis abuelos, pero…, realmente ¿tenía alguna noción de la distancia? ¿Cuál era el mundo en ese momento? ¿Qué extensión tenía? Supongo que hasta ahí cerca, hasta donde los afectos y el cobijo resolvía mis necesidades. Eso lo disfrutaba con creces.
Cuando tenía dos años y medio, viviendo con mis abuelos, me enteré de una noticia que alborotó mi imaginación y mi vida. Había nacido una hermanita. Mejor, la cigüeña, desde París, la había llevado en una bolsita a la pequeña. También desde lejos viajó esa hermosa ave blanca con pico largo, cruzando el mar, se acercó a las montañas nevadas del sur, y llegó a la casa de mis padres. Deduzco que ya había algún sanatorio porque ella sí nació en el Yacimiento Presidente Perón, que luego volvió a cambiar de nombre por el original, Río Turbio.
Otra vez la lejanía, esta vez, disfrazada de cuento infantil. Linda manera de imaginar algo que llega, que no estaba. Distinto que ver al hermanito en la ecografía del útero de la madre, formándose, participando de las ansiedades, temores y permanente alboroto que muchos niños comparten, con un sobredimensionamiento de la realidad que se mezcla con los dinosaurios que hablan y los monstruos que avanzan. Creo que fue buena esa manera de comunicar algo que es importante, cuando ya sucedió. Decirlo de ese modo más que una antigüedad, como se vería ahora, es casi una forma más sabia de hacerlo.
En mayo del 52, cuando yo tenía dos años y nueve meses y Adriana Cecilia, tres meses, conocí a mi hermana. Mis padres habían regresado.

LA MADEJA DE LANA, por Patrizia Trofini

Antes de atravesar la puerta descubierta en el descanso de la escalera del sótano del Majestic, los hombres buscan algún elemento que sirva para protegerse de posibles ataques de murciélagos o ratas que se encuentren allí y pudieran morderlos. Lejos de sentirse atemorizados, los mueve la curiosidad de saber qué pueden llegar a encontrar detrás de esa puerta, que el encargado no mencionó y seguro desconoce de su existencia, ya que nunca baja a esa parte del edificio.
Con unas capas hechas con un par de trapos que alguna vez fueron cortinas, ingresan a un sitio oscuro y largo. Braulio va al frente y corre con su mano unas espesas telarañas que le impiden ver cuán extenso es el pasillo. Solo llega a ver un hilo de luz a lo lejos, pero no sabe si es el reflejo de la linterna sobre la pared o si hay algo que ilumina esa parte de la sala. A tientas y lentamente se dirigen hacia allá.

En el hospital, Suárez, con la cabeza gacha, reflexiona sobre los hechos ocurridos con su esposa.
-¿Quién puede querer hacerle daño a Elsa? – piensa. -¿Hay un asesino suelto en el pueblo? Primero el viajante, ahora mi esposa… Lo extraño es que la persona que ingresó a la casa no ejerció violencia ni en la puerta de entrada ni por la ventana que da a la calle y a simple vista no robó nada. Tal vez, Elsa lo sorprendió y no le dio tiempo a defenderse, por eso la atacó. O quizás es alguien que ella conoce y lo sorprendió en la casa robando algo…
Un leve temblor recorre su cuerpo. El pasillo del hospital está muy frio y las horas corren lentas. La espera para saber el estado de salud de su mujer se hace eterna.
-Ojalá se asome la enfermera para decirme que Elsa está bien.
Un ruido de pasos lo saca de sus pensamientos. El inspector Gancedo acompañado por dos hombres, uno a cada lado, se acercan hacia él.

En la sala de operaciones todo vuelve a la normalidad. La paciente soportó la intervención quirúrgica sin inconvenientes. Su ritmo cardíaco se fue normalizando y el Doctor Lobero recuperó la calma. Las manos rápidas y expertas de la enfermera lo ayudaron en la ardua tarea de salvarle la vida a la señora de Suarez. Ahora debe transmitirle tranquilidad al esposo.
Por otro lado, le urge hablar con el Inspector Gancedo, ya que lo ocurrido pone a Suarez como primer sospechoso del ataque sufrido por la mujer.

El gato blanco va de la sala al recibidor con paso sigiloso. Su presencia es siempre admirada por algún huésped o por las mucamas que lo tratan como un objeto de adoración.
Llegó una noche de improviso a la cocina de hotel y se instaló para siempre, ahora forma parte del lugar. El encargado lo aceptó de buena gana ya que con su presencia las ratas se cuidarían de aparecer por las salas del hotel, y en efecto así fue, aunque no vaya al sótano con frecuencia.

El Doctor Lobero sale por una puerta lateral del quirófano y se dirige hasta el pasillo. El Inspector Gancedo junto a dos hombres se aproxima a Suarez. Con voz firme Lobero llama al Inspector quien gira la cabeza hacia el costado y detiene la marcha, al igual que los hombres.
-Un momento, Inspector. Necesito hablar en privado con usted. -Gancedo retrocede y camina hasta él.
-Por favor, quédense con el Señor Suarez, -le dice Gancedo a los oficiales, -ya me reúno con ustedes. -Los hombres, sin emitir palabra van hacia donde se encuentra Suarez.
-Usted dirá, Doctor.
-Inspector, la señora de Suarez ha recibido un golpe terrible en la cabeza, casi le perforan el cráneo, – exclama Lobero, – y sospecho que fue el marido.
-¿Por qué lo dice, doctor?
-Al hospital los trajo una persona que no quiso dar sus datos, sólo mencionó que Suarez estaba muy alterado y le pidió ayuda para traer a la mujer. Yo me pregunto ¿por qué no llamó a una ambulancia o a la policía? Es muy raro, inspector.
-Doctor, gracias por la información, pero deje que yo haga mi trabajo. Lo que me importa saber es cómo está ahora la mujer y cuándo puedo interrogarla. De Suarez me encargaré más tarde.
-Su estado es delicado, pero estimo que saldrá. No puedo decir si recuperará la memoria, ya que el golpe pudo haber dañado el cerebro. Sin estudios más complejos que hay que efectuarle, no puedo decirle cuándo podrá hablar con ella.
-Bueno. Gracias. Hablaré con Suarez entonces.
-Si Inspector, pero no se descuide.
– Gracias Doctor Lobero, aquí en este pueblo son todos sospechosos.



6to. ejercicio – Escritura a partir de una fotografía

La consigna de escritura es en función de una fotografía previamente seleccionada, pero con la intención de que dé para historias relacionadas, es decir, seguirán varias consignas a futuro con la misma imagen.
Opciones de escritura (elegir solo una):
– si se desarrollarán personajes:
a) relato para el título: El extraño caso de…
b) inicio dado: Estaba listo/a para cumplir el mandato de la historia…
– si se desarrollará el lugar/espacio: primero pensar, incluso escribir, cómo es el lugar, dónde está, quiénes lo habitan, sus características ambientales, etc.
a) Inicio dado: Esto sólo podría haber ocurrido en …
b) Epígrafe: “Pero resultó ser un verano húmedo y desagradable, la incesante lluvia , a menudo, nos confinaba por días enteros dentro de la casa” (Mary Shelley, Frankestein)

Mujeres eran las de antes, por Adriana Ambrosioni

Lista para cumplir el mandato de la historia, de pie en la vereda de la Estación de Ómnibus, en el barrio de Once, plena Ciudad de Buenos Aires, la valija no pesaba tanto como los baúles que mi madre arrastró casi un siglo atrás por otros grises empedrados del puerto de entrada a la misma ciudad. Mi primera vez en esta jungla de cemento no tuvo muchas similitudes con aquella, su primera vez. Sin embargo, puedo confirmar sin temor a caer en una burda mentira, que la superé en la inestabilidad con que me moví por los laberínticos edificios, me supe muy lejos de equiparar su coraje. Sí, mujeres eran las de antes.
Mi madre llegó en uno de los barcos repletos de inmigrantes europeos en el año 1914, antes, en medio o inmediatamente después de iniciada la guerra. Su marido, el padre de mi hermano, según el relato que no logré aún procesar, había fallecido en el viaje a causa de una de las enfermedades infecciosas que mermaron de un cruel plumazo la cifra total de aquellos viajeros. Lo habían despedido del puerto genovés con la promesa de trabajar en la construcción de los ferrocarriles, mi madre conservaba la hoja amarillenta con el nombre y apellido de un inglés a quien no llegó a conocer con los datos de a dónde deberían dirigirse al momento del arribo. Ella nos contó, en más de un par de oportunidades, acerca del tortuoso relato de los casi treinta días que duró la travesía. Quizás con la intención de que no olvidáramos nuestras raíces, quizás con el deseo de que algún día lo trasmitiéramos a los nietos. Pobre, ni mi hermano ni yo hemos tenido descendencia, uno por problemas de salud, la otra, por decisión propia.

Entonces, valija en mano, asomé a la puerta del ómnibus que me trajo desde la provincia de Santa Fe, a la bulliciosa ciudad de Buenos Aires. Se abría ante mis ojos un abanico de calles repletas de comercios y personas que deambulaban, hombres en su mayoría, uniformados con trajes y sombreros (marcas de la elegancia que los diferenciaba de mis vecinos del campo). En un papel, menos gastado que el de mi madre, pero quizás con cierta semejanza en nuestras expectativas −dudosas por cierto−, una dirección y el nombre y apellido del hombre a quien buscaba.
Luego de intentos infructuosos de abordar a otras personas, un oficial de policía me informó que el edificio en cuestión se encontraba en la zona portuaria y aclaró, a modo de preaviso, que no aconsejaba que lo visitara sin compañía. Del hombre, por supuesto, no tenía referencia alguna. Allí comprendí (o comencé a comprender) los contrastes entre los pueblos y aquella ciudad, madre de todas, donde habían radicado la preciada civilización.
Un par de horas más tarde, con el estómago vacío y el cuerpo cansado, me encontré en la puerta del sitio que determinaría un antes y un después en la historia de mi vida, al menos de lo que yo consideraba hasta ese momento mi vida.

Miré a través del hueco en la ventana y supe que una parte de mí misma ya había estado allí, esa especie de “deja vu” que todos pasamos en algún momento y nos cuesta explicar. El pequeño resquicio que se abría entre la soledad gris del cuarto y el mundo de afuera refrescó mi cara y trajo aromas a pasto recién cortado, a tierra húmeda, tal vez a una niñez tan alejada como querida. Algo intenso pujaba por salir. Me noté rara, insegura, sin embargo, dispuesta a atravesar la experiencia.
La primera sensación, entretejida con el olor a humedad que persistió en mi nariz hasta la noche, me conmovió y perdí el equilibrio por un instante, no más que eso. El ambiente se extendía ante mi vista, abandonado, restos de muebles −quizá usados para calentar a un viajero de paso− esparcidos por lo que fue un comedor o salón de fiestas. Tizne en las paredes y también en los zócalos de madera. Atraída como por un imán, subí los escalones, al piso superior.
Luego entendí que no era posible, aunque hubiera asegurado que aquella silueta de mujer, recostada contra el marco de la ventana, era la de mi madre.

Carlos, de Barracas a Jerusalén. Por Carlos Egües

Esto sólo podría haber ocurrido en Israel y Palestina
No había siquiera pensado, cuando inició el viaje, llegar a lejanas tierras donde, según cuenta la historia, todo comenzó. Así fue como, al descender por la planchada del navío, se detuvo un momento antes de dar el último paso. Se dijo, hete aquí Carlos, de Barracas a Jerusalén. Sorprendido porque quizás ese momento significó para el un instante religioso, a pesar de no ser practicante.
A bordo ya del vehículo que llevaría al contingente desde Tel Aviv a Jerusalén, miraba a ambos lados de la carretera, intentando grabar en la retina todo lo que a su paso se presentaba, como escenarios de una obra de varios actos. Primero las enormes plantaciones de naranjas, por delante de éstas, esculturas en hierro oxidado y retorcido que, a modo de exposición, se prolongaban mostrando los efectos devastadores de una guerra, fue quizás la más breve de la historia moderna, aunque no estaba seguro que así fuese.
Había también racimos de hombres y mujeres, algunos de uniformes militares, otros no, portaban sus armas de combate, mientras esperaban el transporte civil que los acercaría a su cuartel o a sus casas, pero en tal caso lo que le llamaba la atención era la juventud de esas milicias. ¿O serían enganchados?, no podía saberlo.
La temperatura sumamente agradable y un cielo despejado auguraban buen tiempo, necesario para recorrer los lugares que le habían sugerido de interés y no podía dejar de visitar. Con su cámara fotográfica a mano disparaba a cuanto objeto e imagen aparecían en el foco de sus ojos detrás de la lente, convencido que algunas fotografías saldrían movidas o por falta de luz o exceso de ella no permitieran apreciar una buena perspectiva, aunque no le importó, quería llevarse en color todo lo posible.
Era mayo de 1993, allí estaba a las puertas del hotel Sheraton donde se alojaría junto a los pocos pasajeros del crucero que se animaron a realizar esa excursión, solo duraría tres días, así que a media mañana dejó el hotel para comenzar con el itinerario fijado.
Desplegó el mapa que comprara en el puerto e intentó ubicarse, para luego iniciar el camino a pie, era lo recomendado por la cercanía, los demás compañeros de viaje habían decidido otras visitas. Él sabía que no estaría más que un día y medio en Jerusalén, según le anticiparon. Cada uno de los lugares que pensaba recorrer le demandaría no menos de dos horas, comenzó en la Torre de David, una ciudadela en la antigua ciudad vieja de Jerusalén que se alza junto a la puerta de Jaffa.
La gran cantidad de gente que visitaba la torre le permitió escuchar tantas lenguas como nunca hubo escuchado, las diversas vestimentas lo sorprendían, había quienes iban cubiertos casi por completo. En contraste, otros como si estuvieran en una playa, estos últimos eran reprobados con la mirada de aquellos que por su religión no les estaba permitido mostrar piernas, hombros, vientres, cabello las mujeres, luego comprendería que las mujeres que no llevaran ropa adecuada no podrían ingresar a determinados sitios, sean estos monumentos, iglesias, museos, tanto de religión judía como musulmana.
El contraste era más que evidente y la causa, la religión. Allí se manifestaban en todo su simbolismo las vertientes del cristianismo, judaísmo e islamismo, con sus respectivas identidades y diferencias, como el caso de metodistas y católicos, u ortodoxos y liberales, o sunitas y chiítas.
En una superficie similar a nuestra provincia de Tucumán, convivían, o lo intentaban, árabes musulmanes y hebreos, un total de casi la población de la ciudad de Buenos Aires, en entornos divididos claramente según la religión. Hasta ese año los palestinos luchaban por recuperar sus territorios, las acciones armadas no habían dado respuesta a los reclamos, pero finalmente la ONU dio lugar a la partición territorial, Cisjordania y Gaza para Palestina, el resto para Israel.
Dejó atrás la torre y encaminó sus pasos al Muro de los lamentos, el lugar más sagrado para el judaísmo, los cientos de personas allí reunidas contemplaban con respeto el rezo de judíos ortodoxos que, apoyando su frente en el muro, se balanceaban al compás de lamentos y oraciones del libro de los Salmos.
Poco tiempo disponía, pocas horas de luz y varios sitios por recorrer, decidió realizar el Vía Crucis que atravesaba el bazar, para finalizar en la Iglesia del Santo Sepulcro. Un guía de habla hispana conducía un pequeño contingente de peregrinos, se sumó al grupo para escuchar el relato, mientras lo hacía, descubría las respuestas a las figuras e imágenes que había incorporado a lo largo de sus años. Una especie de sensación de abatimiento y recogimiento anunciaba el impacto que ese lugar provocaba en él, sentía que su bautismo y la comunión se explicaban con detalle ahora, luego de más de treinta y cinco años que fuese dado al catolicismo.
De regreso en el hotel, encargó el revelado de las fotografías que, según le dijeron, estarían al día siguiente por la mañana. Luego de una ducha, aunque se sentía renovado, no tuvo deseos de cenar fuera del hotel, pidió un tentempié y poco después se sumergió en un profundo sueño, antes del cual recorría como en una película puesta en avance rápido las imágenes del día.
Al día siguiente antes del desayuno, en recepción le entregaron un sobre con las películas reveladas, mientras tomaba el café aprovechaba para escribir al dorso fecha y lugar de la toma. Decidió hacer un cambio de planes, luego de visitar el Monte de los Olivos, alguien del contingente con el que viajaba le informó que varios harían una excursión al Mar Muerto.
El bus turista tomó en dirección al sur y pocos kilómetros después ingresaba a un estacionamiento amplio, situado al margen del río Jordán, había llegado a Belén, tomó varias fotos, sumergió sus pies en el agua, allí vio un cortejo nupcial al que fotografió, al igual que el rostro de varios turistas que se apartaban a su paso formando un corrillo cual guardia de honor. Tomó una pequeña libreta que llevaba en el morral y comenzó a escribir. Dos horas después abordaban el transporte en el que harían el resto del recorrido.
Ya en las aguas del mal llamado Mar Muerto, se dejaba acunar, aunque en realidad flotaba por la gran cantidad de minerales, además de la salinidad, este espejo de agua es en verdad un lago, que se encuentra por debajo del nivel del mar. Los baños aquí son recomendados por las propiedades curativas que son varias, no podía desaprovechar tales beneficios. Cuando acabó se hallaba con energías renovadas para continuar con esta su pequeña gran aventura según su mirada, no sin antes comprar productos para la estética de la mujer, pensó primero en su madre, tan coqueta ella, y sonrío al pensar qué le diría.
El autobús que llevaría al contingente desde el Mar Muerto tomaría la ruta 90, pasaría por Ramala- Jericó, para finalizar en Nazaret, pocos turistas viajaban con él, no más de treinta, recordó que en el crucero eran casi mil cien, no entendió al principio porqué tantos decidieron no desembarcar o bien visitar Jerusalén para volver al crucero al finalizar el día. Él y los otros pasajeros que viajaban a Nazaret seguirían luego a Haifa para embarcar nuevamente y continuar viaje a Turquía.
El camino bordea el Mar Muerto continúa paralelo al Río Jordán, a poco de iniciada la travesía notó que eran escoltados por dos vehículos de una fuerza de seguridad, uno por delante y otro por detrás, pensó que la compañía naviera había puesto el máximo celo para brindar seguridad a sus pasajeros, algo que el estimó superfluo, no parecía necesario a priori. Pero esta suposición la fue descartando a medida que avanzaban por el territorio palestino.
Al pasar frente a una residencia que había sufrido un ataque, se mostraban huellas de los disparos de armas de diferente calibre, los impactos -algunos de fuerte intensidad- derribaron un muro que hacía las veces de perímetro de la finca, donde entre otras cosas se apreciaban olivos, la quietud que allí reinaba hacía suponer que se hallaba desabitada. Por lo visto no era un lugar donde podían detenerse, luego de solicitar insistentemente al guía, este los alertó sobre la inseguridad de la zona, en momentos que se trataba la división del territorio. La pregunta no se dejó esperar, ¿quién habitaba ese lugar?, la respuesta fue seguida de un silencio ahogado, Yaser Arafat.
Lejos de sentir algún tipo de temor, los corrillos entre los turistas no anunciaban más que sorpresa, desconocimiento en tal caso, algunos manifestaron su deseo de saber cuál era la situación del país, hacían pregunta tras pregunta al coordinador del viaje. Carlos escuchó atentamente sin dejar de ver el paisaje, pero intuía que la explicación del guía era parcial, de nacionalidad española pero de religión judía, según contó vivía en Israel hacía varios años donde llegó como viajero, para luego radicarse definitivamente allí, en principio habitó en un kibutz.
A él le pareció importante informarse de algo que solo había escuchado o leído en periódicos de su país, aunque le sonaba tan lejano que solo los títulos le parecían algo de existencia cuasi fantástica, sin embargo no era así, ni lo fue ni lo será, pero no habría de descubrirlo sino unos cuantos días después, ahora seguía absorto en el camino, pensando qué deparaba el resto del viaje.
Llegaron a Ramala donde la escala prevista sería de una hora, tomó su cámara y al disparar descubrió que ya no quedaba película en el carrete, justo frente donde se habían detenido vio el cartel con la publicidad de Kodak Fuji, no lo dudó, avisó al grupo que cruzaría la avenida y estaría de vuelta en minutos.
Mientras hacía la compra se decidió a tomar unas breves notas, tantos lugares en tan poco tiempo harían olvidable en el futuro la representación de cada lugar, historia, conflictos, identidad, pero sobre todo el valor religioso según las fes profesadas en sitios imbuidos de una profunda espiritualidad. Se animó a pensar incluso en una cierta carga de odios ancestrales que cada tanto se manifestaba en ataques de un lado y otro. Pequeño gran territorio donde las pasiones no se contienen, por el contrario, fluyen con tal intensidad simulando legiones de demonios liberados en defensa de tal o cual creencia.

El CADETE, por Carlos Guerrero

Estaba listo para cumplir el mandato de la historia. Mis doce años de edad no admitían límite alguno a futuros logros, las épicas figuras de mi país deberían hacerme un lugar y considerarme un par, un nuevo héroe empalidecería sus hazañas.
La consulta de mi madre con respecto a si me gustaría ingresar al Liceo Militar inundó mi mundo. No presté atención a que mi primo Leo Mendoza me acompañaría en el intento, tampoco me afectó la ventaja que obtendría si alcanzaba a cursar el cuarto año, sería exceptuado del servicio militar obligatorio y no vería interrumpida mi futura carrera universitaria (mi madre, como siempre, oteando el más allá). Reconozco cierto impacto en el comentario que, cumplido el quinto año, egresaría como Sub-Teniente de Reserva. Mi atención no estaba en esos detalles, quería encontrar una cordillera más alta que Los Andes para cruzar. La voz de mi madre hablaba de otro obstáculo a superar, el limitado y temido examen de ingreso, mil doscientos postulantes pugnarían por las trescientas plazas disponibles. Mi padre hizo mención al costo a pagar por la carrera, pero una vez más mi madre lo diluyó con la mirada. El contacto con mi primo exacerbó mis expectativas, hablaba a borbotones del ingreso al Liceo, sus ojos adquirían un brillo fuera de lo común, comentaba sobre el manejo de las armas, la destreza física y el entrenamiento militar, desbordaba entusiasmo e información. Nuestros padres, más realistas, planeaban la capacitación para el examen de ingreso, contábamos con dos meses para prepararnos. No puedo precisar cómo transcurrieron esos sesenta días, la excitación del momento obnubila hoy mi memoria, pero la ansiada fecha llegó. Mi primo obtuvo la meritoria posición ciento uno, yo me conformé con la ciento cincuenta, como siempre, un adolescente promedio. Festejamos nuestro ingreso como si hubiésemos obtenido el uno y el dos de la camada.
La primera Compañía contaba con ciento diez y siete cadetes divididos en tres secciones de treinta nueve novatos cada una, la sección a su vez estaba formada por tres pelotones de trece integrantes. La compañía se albergaba en un solo pabellón, llamado “la cuadra”, donde convivíamos en cuchetas de dos camas y un único y gigantesco baño para las ciento diez y siete almas. No voy a extenderme en la algarabía que suelen producir tal cantidad de adolescentes en un único recinto, pero sí recuerdo con precisión el fin de la misma cuando ingresó el Capitán, jefe de la Compañía, y los tres tenientes a cargo de las respectivas secciones. La primera orden estalló en la cuadra y en nuestras cabezas…“ AL PIE DE LA CAMA, CARRERA MAR, RECLUTONES”, el tono fue tan imperioso y potente que más de cien voces se convirtieron en un sepulcral silencio. El Capitán avanzó por el centro del pasillo entre las dos hileras de camas golpeando sistemáticamente su bota de montar con un bastón corto, por momentos se detenía y miraba fijo al cadete que tenía enfrente. El bastón oficiaba de corrector, bien se apoyaba en la parte inferior de la mandíbula de la víctima y presionaba hacia arriba levantando su cabeza o señalaba un botón de la chaquetilla desabrochado. Al llegar frente a mí, apuntó su arma entre medio de mis ojos e inquirió a viva voz — ¿NOMBRE, COMPAÑIA, SECCIÓN Y PELOTÓN, CADETE? Intenté imitar el trueno que salió de su garganta y con todas las fuerzas de mis doce años contesté, –CARLOS GUERRERO, PRIMERA COMPAÑÍA, TERCERA SECCIÓN, TERCER PELOTÓN, MI CAPITAN. Lanzó algo así como un gruñido, dirigió el bastón a la hebilla de mi cinturón y disparó — AJUSTE ESO.
El día se hizo interminable, nadie hablaba, todos gritaban, estábamos frente a frente, en un dialogo a un paso de distancia y los gritos resonaban en toda la cuadra. Llegada la noche descubrimos, en nuestro primer día, el efecto contagio, para comunicarnos nos gritábamos unos a otros. Los oficiales asignados a cada sección tomaban contacto con la gente a su cargo. Los tres en línea aguardaban la orden del Capitán, el bastón se movió en círculo y salieron despedidos en busca de sus respectivas secciones.
El teniente Arrechea (le decían el vasco), típico militar por prestancia y elegancia, cabellera rubia, ojos azules, encaró hacia nosotros y lo que hubiese sido la primera alegría se diluyó. Prosiguió su camino en busca de la primera sección. El teniente Balladares, versión morocha del vasco, nos ignoró olímpicamente y tomó posesión de la segunda sección. El teniente Varona era nuestro oficial a cargo,… ¿cómo describirlo, la antítesis de los anteriores?, no bastaba, cabeza pequeña, cuello súper estrecho, hombros enjutos, el tórax era un triángulo con el vértice superior apoyado en el fino cuello y, lo más llamativo, de una inexistente cadera pendía un trasero de extraordinaria circunferencia que portaban dos delgadas piernas que los pantalones militares no lograban disimular. Hoy dispongo de una palabra y de un elemento que hubiese evitado tan larga descripción, amorfo, similar a un gigantesco bolo de bówling.
La noche llegó, había negociado con éxito la cama superior, las luces de la cuadra se apagaron, el sueño era un imposible, los pensamientos, las dudas y los temores jugaban con el nobel cadete. ¿Qué tenía que ver este día con las proyectadas gloriosas hazañas? Un llanto quebró mi línea de pensamiento, mi primo en la cama inferior parecía no tener consuelo.

El extraño caso del vampiro de Borgo Orzini. Por Gioele Sanna

Los vampiros italianos visten Armani

El señor Molinari no paraba de llorar, allí, frente al ataúd de su esposa, el padre Bernardi se ocupaba de decir las típicas y buenas palabras que normalmente se pronuncian en los funerales.
-Fue una mujer que luchó con valentía – dijo refiriéndose al cáncer de útero que se la llevó en cuestión de meses, Molinari, vestido con su mejor traje de corbata negro no tenía la menor intención de parar de sollozar, con una mano sostenía el pañuelo para secarse las lágrimas y con otra, el paraguas del mismo color que su ropa, la de su hijo y el ataúd.
Ignazio no tenía más de once años, al igual que su padre, vestía con sus mejores vestimentas, tenía miedo, miedo de los llantos de su progenitor, jamás lo había visto ni oído llorar.
-Vieni, Ignazio – dijo Bernardi entregándole un ramo de rosas blancas al niño para que las dejara encima del ataúd de la madre, Ignazio las tomó, miró a su alrededor, no vio nadie más en el entierro, su padre gemía cada vez más, el monje lo miró como si con eso hubiese podido despertar a los muertos. Dejó caer las rosas en el piso lleno de lodo, no lo soportó más, salió corriendo de allí.
El cementerio de San Ignazio, que llevaba su mismo nombre, estaba ubicado en las afueras de Borgo Orzini, un pueblo turístico que se remontaba a la edad media, inclusive tenía una fortaleza propia. Se decía que aquél cementerio podría ser aún más viejo que el pueblo mismo, y se desconocía la cantidad de tumbas que poseía.
Ignazio corrió sin dirección alguna doblando de derecha a izquierda, se olvidó que ese cementerio era a la vez un laberinto de varías hectáreas, tan grande que en algunas zonas ni siquiera se hacía la manutención desde décadas y décadas. Las tumbas que se hallaban en esos sectores estaban abandonadas, las malezas y arboles las habían cubierto casi por completo. No está de más decir que el hecho de vagar sin el guardián del cementerio por el lugar se podría considerar altamente prohibido. Aun así, Ignazio no le prestó la menor atención a esas advertencias, corrió hasta quedarse sin aliento. Al fin tomó asiento sobre una tumba llena de malezas y hojas. La lluvia cesó de repente y en su lugar llegó una niebla tan densa que fue realmente difícil ver alrededor.
Ignazio se cubrió la cara con ambas manos y empezó a llorar, ya nada tenía sentido, su madre no vivía, no respiraba, su cuerpo inerte no emitía calor alguno, se suponía que el nuevo tratamiento le hubiese salvado la vida, eso decía su padre, pero no los doctores quienes afirmaron que el tumor se expandió por diversos órganos en muy poco tiempo.
-No hay nada que hacer, señor Molinari.
-¿Cómo dice?- Gritó sin poder aferrarse a la realidad. – Usted habló de un tratamiento.
-Sí, así es, pero en estas condiciones me temo que no le servirá.
-¡Tonterías, eres un inepto! – Y así fue como Molinari gastó sus ahorros en medicinas inservibles.

-Ignazio, sono la mamma – el chiquillo juró que su madre lo llamaba, se dio la vuelta pero solo vio un gato, un hermoso y majestuoso felino negro, gordo y grandote acompañado de unos ojos extremadamente amarillos, se encontraba sentado en el césped y no hacía otra cosa más que mirar cómo lloriqueaba Ignazio.
Bien entrada la tarde, en cuanto llegaron a su casa, el padre fue derecho a la cama e Ignazio a su habitación, se quitó la ropa empapada y se puso el pijama, seguido de eso se sentó a ver caricaturas en el televisor de su cuarto, un desesperado intento para distraerse.
Ignazio se despertó unas horas más tarde, ya de noche, hacía frio y llovía a cantaros.
Sentado en la cama, Carlo, el padre, le acariciaba el pelo.
-Lo siento bambino – dijo, se acostó en la cama y una vez más las lágrimas le recorrieron por sus regordetas mejillas, lloró y gimió, Ignazio lo abrazó fuerte y su padre le aferró la mano. El señor Molinari se había casado a los cuarenta y tres años con una hermosa mujer calabresa de treinta y cuatro. Los vecinos de Borgo Orzini siempre detestaron aquella pobre mujer del sur, de Calabria, donde reinaba el sol y la alegría, la región del Trentino Alto Adigie o Tirol del Sur se podía considerar un polo totalmente opuesto para irse a vivir, lo único que abundaba en Borgo Orzini eran montañas, nieve, frio, suizos, austriacos, en fin, personas no tan cálidas y que en resumidas cuentas veían a los sureños seres inferiores o algo por el estilo. Ignazio se parecía más a su madre, pelo negro y un ojo marrón, así es, el otro lo tenía azul oscuro, típico de la gente del norte.
Ignazio se volvió a dormir y abrió de nuevo los ojos exactamente a las 3:00 AM, su padre no estaba, tenía frío, mucho frío, de hecho ni siquiera sentía las puntas de los pies, la ventana se encontraba totalmente abierta.
Se levantó y la cerró, pensó que tal vez la habría abierto su papá al irse, andá a saber por cuál razón. Una vez más le pareció escuchar la voz de la madre, una extraña sensación, como si le estuviese susurrando el nombre al oído, se dio la vuelta, tenía miedo y su corazón latía tan rápido que parecía que iba a explotar, el gato negro estaba sentado en la silla de su escritorio donde solía hacer las tareas de la escuela.
-Tú – susurró el chico. – No puedes estar aquí, mi papá es alérgico.
El gato levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos, como si hubiese entendido el mensaje. Luego, el animal no hizo otra cosa más que retorcerse, pareció que le diera una especie de ataque epiléptico y, en menos de tres o cuatro segundos, el felino se transformó en un humano común y corriente. El hombre vestía un traje Armani color negro, era muy pálido, alto y delgado y al igual que Ignazio tenía los ojos de diferentes colores.
Al pobre muchacho le costó demasiado procesar lo ocurrido, el sujeto empezó a toser de una manera descontrolada, Ignazio cerró los ojos por varios instantes, los volvió a abrir y el hombre seguía allí, tosiendo a más no poder.
-¿Se encuentra bien?
Escupió lo que pareció ser una pelota de tennis negra y se calmó.
-Una bola de pelos – se limitó a decir.
-¿Quién es usted? Voy a llamar a mi papá.
-Pobre hombre, déjalo descansar, ha perdido a su esposa y ahora se ha quedado con un hijo que educar, alimentar y vestir.
-¿Quién eres?
-Soy el Conte Edoardo Di’ Orzini – dijo sin mucha importancia tomando asiento. –He asesinado y torturado innumerables personas, soy la oscuridad en la luz, el sufrimiento y la penumbra, así que no me querrás ver enojado, ahora toma asiento Ignazio Molinari y no me hagas más preguntas.
-¿Qué tienes en los dientes?
-¿Cómo qué tengo en los dientes?- Dijo como si fuese lo más obvio del mundo. – Soy un vampiro, ¿No te doy miedo? Acaso no he dejado muy en claro que soy la oscuridad en la luz, el sufrimiento y la penumbra, ragazzo idiota…
– ¿Y chupas sangre?
-Creo que no me explicado bien, soy un v-a-m-p-i-r-o, chupamos sangre humana para alimentarnos, ¿Nunca has visto una maldita película? ¿O leído algún cuento?
-No das miedo.
-Ahora no me tienes miedo, pero lo tendrás, Ignazio Molinari.

El chico se despertó. “Todo fue un sueño”, pensó.
El señor Molinari abrió la puerta de golpe.
-Por el amor de dios, ¿qué son todos estos gritos? ¿Con quién hablabas?, figliolo, sé que no es fácil, pero no puedes estar gritando por las noches como un loco – dijo su papá sentándose en la cama.
Ignazio vio las marcas de dos dientes en el cuello de su padre, no dijo nada, simplemente miró el suelo, allí estaba, la enorme bola de pelo seguía ahí.

¡Hace tanto tiempo!, por Hebe Chambard

“Pero resultó ser un verano húmedo y desagradable,
la incesante lluvia nos confinó por días enteros dentro de la casa.
Mary Shelley “Frankestein”

Ese sábado vivíamos un otoño húmedo, desagradable con incesante lluvia, clásica sudestada en la zona. Por lo tanto, todos confinados en casa disfrutando la calidez de la chimenea -los leños chisporroteaban, nos atraían a su alrededor-, varias vueltas de mate…scones caseros con dulce.
La TV me había superado, nada me entretenía, por lo que decidí ordenar el cajón donde guardaba gran cantidad de fotografías de familia, algunas muy antiguas y otras actuales, con el paso del tiempo estaban mezcladas.
El orden me llevó toda la tarde. Encontré fotos de abuelos, bisabuelos, tíos que no recordaba, primos… En realidad somos una familia numerosa, una parte mendocina y otra santacruceña, de origen francés.
Mi madre era nacida en Río Gallegos y por los relatos de mi abuela y de ella, conocía muy bien lo que fue a principios de 1900 ese lugar: estepa, viento, nieve y sí, muchas ovejas. En el revoltijo de fotos encontré dos muy antiguas que ya había visto hace años con mamá. En realidad se trataba de una reliquia. Se veía la galería vidriada que, según me contaron, era el lugar de reunión y esparcimiento de los niños y de los adultos para jugar a las cartas, escuchar música, cantar, y leer. Aunque no logro distinguirla, en invierno con los fríos intensos y según relatos, las habitaciones tenían grandes “salamandras” alimentadas con carbón de cerecita, importado de Inglaterra (no había Aduana), las cuales convertían los fríos días invernales en un lugar cálido y acogedor.
Me siento cómoda en un sillón y m dedico a observar con más detenimiento los detalles de las fotos.
En una de ellas está mi madre, mi tía y los dos tíos varones. Deduzco que es verano, pues las niñas están vestidas de blanco, no así los varones que llevan trajecitos negros con cuello blanco. En el fondo distingo a mi abuela Soledad muy elegante con un gran sombrero, tipo capelina clásico del 1900. Esto me hace sonreir pensando como harían las señoras para sostenerlos con los intensos vientos patagónicos. En el dorso de la foto dice: mi cumpleaños, 1907.
La otra, por lo contrario, es en invierno, la galería no se ve tan luminosa y la ropa de mi mamá y de mis tíos nos muestra que hace frío. Los sorprendieron jugando a las muñecas con mi tío que hace el papel de doctor. Quizá era imposible permanecer afuera y tuvo que resignarse a pasar el tiempo con su hermana. Imagino que la pelota y la guerra con bolas de nieve le resultarían más atractivos.
Hoy, 116 años después, se me hace muy difícil imaginarme y entender cómo era la vida en las áridas estepas del sur, sin celulares, ni Internet, con tardes dedicadas a la lectura, a la música.
Allá y acá todo ha cambiado y lo digo con nostalgia… “para bien o para mal”.

Carlos Alejandro, por Lily Jorge

Estaba listo para cumplir el mandato de la historia…Su historia.
Nació a inicios del siglo XX y fue recibido por un hermano que, a poco de conocerlo murió dejándolo solo con sus padres.
Lo bautizaron Carlos Alejandro y siempre lo llamaron por los dos nombres en honor a Carlos Alejandro Magno. Después llegaron otros siete varones y en la casa nadie se aburría.
Catalina, la madre, había nacido en Nápoles y aquí, en Argentina, se casó con Lucio, un hombre austero y cariñoso que jugaba al polo y criaba los caballos más hermosos que ella había visto.
Se instalaron en una de las tantas estancias en los pagos Del Tuyu. Lucio era el mayordomo y cuando no estaba en el escritorio con los inventarios, salía a controlar los trabajos rurales, la hacienda y las caballerizas.
A ella, la inmensidad del campo la asustaba pero, agradecida con la fertilidad de la tierra, cultivaba una huerta y flores.
Carlos Alejandro y sus hermanos crecieron libres, traviesos e inquietos en contacto con la naturaleza. Su padre al fin del día imponía orden y silencio en la mesa y solo hablaban cuando él lo autorizaba.
Todos cursaron la escuela primaria en el campo. Cuando Carlos Alejandro egresó, el patrón le ofreció a su padre llevárselo a estudiar a la Capital, y lo convenció diciéndole que se haría cargo de los gastos.
Así, con 13 años comenzó en el Instituto Bernasconi en Parque Patricios. La ciudad lo deslumbró, se incorporó con entusiasmo y aplicación. La biblioteca del colegio le despertó su avidez por la lectura. Podía retirar títulos los fines de semana y devorarlos sin interrupciones. Leía el diario, estaba informado, atento, dispuesto y expectante. Forjó su carácter y adquirió templanza. Los domingos a la tarde, antes de repasar las lecciones, iba con los compañeros del instituto a la cancha de Huracán, club deportivo del que se hizo hincha fanático hasta el fin de sus días.
Por ese entonces la ciudad se veía conmocionada por los sucesos en la fábrica Vasena. Con la aprobación del voto universal obligatorio, los jóvenes militaban en los partidos políticos y se identificaban con la clase obrera que pugnaba por mejoras salariales.
El Radicalismo representaba a la clase media incipiente; los inmigrantes aportaban ideas y experiencia sindical, Carlos Alejandro no permaneció indiferente.
Debió abandonar los estudios, su padre había enfermado y no podría trabajar más.
Compraron una casa en General Madariaga, su hermano menor Eber tenía dos años y él, con tan solo quince, asumía la responsabilidad de mantener a la familia. Su presencia tranquilizó a todos y poco a poco las cosas marcharon sin sobresaltos.
Carlos Alejandro consiguió trabajo como tenedor de libros en el almacén de Ramos Generales de Romera, unos españoles hábiles para el manejo de rotisería con productos importados. Allí conocería a Alicia, la joven con quién se casaría años después.
A su padre jamás le faltó el diario en las mañanas y la madre siguió ocupándose de todos y cuidando el jardín de la nueva casa.
Militaba en el Comité Radical con otros muchachos, llenos de ideas innovadoras para mejorar la calidad de vida e inspirando a los hermanos a participar en la política-social del pueblo.
De una voluntad férrea, afable y sensible, dueño de un sentido del humor fino, irónico y muy oportuno, Carlos Alejandro jamás se quejó de su suerte. Cimentaba lenta y silenciosamente sus proyectos.
Confiaba en el futuro y en sí mismo.

El Guruk, por Norma Pedrotti

Estaba lista para cumplir el mandato de la historia. Transcurría el año 1992 cuando Ingrid Bell, antropóloga y cientista social, se preparaba para formar parte de una expedición que planeaba salir desde Hamnbre -su lugar de residencia, en la costa sudeste de Inglaterra-hacia América Latina, específicamente a Wanta, lugar ubicado cerca de la reserva maderera y petrolera más importante de la región cordillerana de Perú, lindando con Brasil.
Wanta es un pueblo colonial con casas chatas, calles empedradas, aspecto desértico con escasa posibilidad de vegetación. Contrasta con una selva exuberante que la limita por el oeste. Entre la selva y el poblado hay un abismo en relación a su aspecto, costumbres, formas de vida y movilidad poblacional. El grupo de los aborígenes Wantamos que se vinculan con los habitantes, se dirigen a ellos en caso de necesidades extremas referidas a la salud. No cuenta con una población permanente, sólo turistas, cientistas, gente de las letras y otras expresiones artísticas.
La tarea de Ingrid y su equipo estaba dirigida a investigar, organizar y defender el grupo de aborígenes Wantamos, principalmente en relación a la preservación de sus tierras y de su identidad. El lema de esta misión era: “Si podemos proteger la selva por ellos, ellos protegerán la naturaleza por todos nosotros”.
Con el correr de los días iban obteniendo mejores resultados, pero a Ingrid la inquietaba otra cuestión que le impedía celebrar los logros. Perturbada por los incesantes estruendos, ruidos y golpes que movían y hacían temblar la tierra como si fuera un sismo, perdió el foco del tema central de su viaje.
En un instante escuchó unos gemidos de dolor e impotencia, las poderosas organizaciones económicas seguían cobrándose vidas en este territorio; se quedaban con la riqueza forestal y la explotación petrolera en forma indiscriminada, y lo que es más, con el avasallamiento de aquellos pueblos que sufren el desamparo y la desidia de los poderosos, exterminándolos como moscas.
Arribó el día en que la misión llegó a su punto culminante y es ahí cuando Ingrid, por añadidura, por un acto de solidaridad descubrió que el mentor o Guruk, como lo llaman comúnmente en la tribu, encargado de protegerlos, podría llegar a ser la persona que tantas angustias ocasionó a su madre, quien un año antes de que Ingrid emprendiera esta expedición, confesó a la hija la verdadera identidad de ese hombre, su padre. Cinco días después de laconfesión, la madre falleció.
Con ese cúmulo de información y sentimientos desencontrados decidió presentarse ante él para romper con el silencio de décadas. El sonido de nuevos tiros la inquieta, un niño herido yacía a metros de ella. Un hombre alto, de tez blanca y rasgos duros corrió hacia el niño para socorrerlo, ella asomó la cabeza detrás del árbol donde se escondía. Mantuvo un largo contacto visual con el hombre, quien alzó al niño y corrió velozmente. En ese instante ella entendió que ese era el lugar de pertenencia de su padre.

Lejos, por Patricia Barcia

Estaba listo para cumplir el mandato de la historia. ¿Qué mandato puede tener un vehículo? El implícito cuando es inventado. En este caso un transporte para “facilitar la exploración de campos y carreteras durante la guerra”. En tiempos de paz, desempeñar funciones que lo hacen más apto en suelos difíciles para trasladar personas, objetos, pequeños animales, o turistas intrépidos que visitan el mundo. También puede solo permitir que una mujer logre realizar su deseo, o su necesidad, o lo que no podría hacer de otro modo.
Hablo de la foto que veo en este momento. El vehículo es un Jeep Willys. Uno corto, de los 40, con media cabina de lona, el tanque del combustible atrás. Ahora que lo pienso, es mi coche preferido, tal vez sea por eso. Siempre pensé que si estuviera en condiciones más precarias que en las que suelo estar, lo solucionaba con una casita modesta, una quinta con verduras, y un jeep (o una variante del mismo, como tuve siempre). Me permitiría andar por el barro, por el arenal, viajar a cualquier lado.
Vuelvo a la imagen. Mi madre en marzo del 49, sonríe sentada en el asiento del conductor aunque nunca manejó en su vida, en un día bastante apacible, templado. Atrás se ve una cabaña de madera, elemental, con techo de una sola agua bastante inclinado. El suelo es seco, unos árboles, tal vez pinos, se inclinan para varios lados en el fondo. Sí, era la casa y el auto de que disponían. Mi padre, veintiséis años, estudiante avanzado de geología, segundo del administrador, se encargaba del sector transporte. El trabajo era bueno, pagaban bien, podría continuar haciendo la tesis en la que pensaba. Pensaba…, en La Plata, cuando iba a la universidad, porque transporte-rutas difíciles-condiciones mínimas de habitabilidad-, no le permitía concentrarse como esperaba.
Mi madre en esa foto acababa de cumplir los 22 años y hacía cinco meses que residía allí. Como la mayoría de las platenses clase media trabajadora de esa época, tenían poca experiencia fuera del secundario, un año de universidad, algún trabajo administrativo eventual, vacaciones en Córdoba, Mar de Plata. No mucho más. Casados en setiembre, estaba embarazada aunque, como era muy delgada y faltaban unos cuatro meses, “no se le notaba”, dirían las mujeres.
Las que compartían ese conglomerado de casitas (algunas de medio caño, como donde habitaron después) eran, excepto la esposa del capitán de la marina que dirigía el lugar, todas inmigrantes italianas cuyos maridos trabajaban en el yacimiento. Solidarias, cariñosas, la atiborraban a mi madre de comida, ansiosas por compartir con ella el estar lejos del hogar primario. Cuántas familias serían, no llegarían a quince (con unos diez chicos de distintas edades). Los hombres solteros vivían en casas o galpones bien acondicionados. Un gran salón multiuso, un bar restaurante siempre lleno al final de la jornada. los fines de semana ayudaban a pasar las largas noches de invierno. La mayoría de los mineros eran chilenos que iban y venían en verano, cruzando la cordillera. Porque, creo no lo conté, estaban en Río Turbio.
Había algunos administrativos, una maestra, técnicos, expertos en oficios varios. La partera, más voluntariosa que diplomada, un enfermero y un médico clínico, constituían todo el servicio asistencial.
Ubiquémonos. Sobre la cordillera, aunque en una hondonada que ayudaba a mantener la calidez del sol cuando asomaba, poco viento, pero inviernos muy crudos, nevados y largos. Río Gallegos, la ciudad argentina más cercana, de referencia, a 400 kilómetros. Puerto Natales, en Chile, a 50 km pero del otro lado de la cordillera no era una opción. No hubo trenes hasta el 51 así que carbón, animales y personas se transportaban por la ruta de ripio hasta el Atlántico. El yacimiento era en ese momento una división de YPF que luego se convertiría en YCF (Yacimientos Carboníferos Fiscales).
Volvamos a situarnos en tiempo y espacio. No sé qué pensaba mi madre en esos meses previos al parto pero estoy segura que el médico (sigue siendo igual ahora) tiene la palabra sagrada de sugerir el proceso. ¿Querría él arriesgar al paciente ayudando a la partera en tal acontecimiento? No, por eso hablaron del traslado de mi madre hasta Río Gallegos para estar en óptimas condiciones de atención. Ahí aparece de nuevo, nuestro amigo el jeep.
Sí, en ese jeep de la foto se trasladó en julio (lindo mes para recorrer el extremo sur de la Patagonia de oeste a este) por esa ruta de ripio que las máquinas limpiaban de nieve, para que los camiones que transportaban carbón, pudieran cargarlo en las bodegas de los buques que esperaban, las seis horas de baja mar, en las arenas riogalleguenses.
¿Con quién fue mi madre a tan importante evento? No con mi padre, sino con el enfermero que condujo el jeep, garantizando la seguridad sanitaria de mi progenitora. La dejó en casa de una familia, que tengo entendido no conocía, pero de absoluta confianza, para esperar el último mes de preñez.
Y llegó el día. Parto normal. Trabajoso (“nunca sufrí tanto en mi vida”, me dijo) pero con final feliz. Bueno, con algunos inconvenientes y sorpresas. Pese a que esperaba que mi padre caminase con el cigarrillo en la boca tras la puerta de la sala, no pudo hacerlo. Solucionaba, a más de quinientos kilómetros de distancia, cuestiones relacionadas con su trabajo (recordemos que era el responsable de transporte) por lo que después de una semana pudo llegar a verla, además de saludar a las personas que la atendieron y cobijaron en ese crucial momento.
Otra, tuvieron que buscar en la lista de nombres cuál era el que había sido elegido, ya que Héctor Alejandro, que era a quien esperaban (no olvidemos que no había ecografías ginecológicas), no salió de entre sus piernas sino que ¡una niña! dijo la partera, que fue llamada Patricia Elina. Continuará.



Patrizia Trofini – El sótano y Dos rosas

Dos capítulos de la serie del Majestic

 

EL SOTANO

El clima húmedo y pesado del exterior no se siente dentro del Hotel Majestic. La lluvia que cae intermitente hace más de una semana, ha hecho que el agua se filtre por alguna teja rota o corrida del techo, termina su recorrido sobre algún sillón del comedor principal y la sala del recibidor, incluso moja algunos de sus antiguos y lustrosos muebles.
En realidad, actualmente, nadie sabe la antigüedad del Hotel Majestic. Fue construido en el año mil novecientos, según consta en un grabado del frente, por un arquitecto inglés, amigo de la familia dueña de la tierra. De acuerdo a los registros catastrales y por los dichos de los primeros habitantes del pueblo, primero fue una vivienda para uso familiar, pero con la muerte de los propietarios, un sobrino heredero decidió transformar la casa en hotel.
No cuentan con muchos registros, ya que la mayoría de los encargados que ha tenido el hotel, han perdido o guardado vaya a saber dónde la documentación que marca la historia del mismo, así como los planos de la propiedad, es por ello que ante el olor nauseabundo que invade la sala de estar, el actual encargado tiene que revisar todos los ambientes para investigar de dónde sale ese olor. Va en busca de dos personas, quienes aceptan acompañarlo gustosos por esos pesos extra que recibirán por la tarea.
El edificio consta de tres pisos y un sótano. Hacía allí van los tres hombres, sin saber qué les depara el destino.

La ayuda pedida llegó al fin. Los dos oficiales de la policía se sientan en la sala frente a Gancedo. Ahora y, disimulando el alivio que le provocó la llegada de los hombres, les pasa a relatar en detalle los acontecimientos ocurridos en el pueblo con el envenenamiento del viajante y el ataque a su persona.
Los hombres lo miran sin emitir palabra. Sólo uno de ellos toma nota en una libretita y, por un momento, Gancedo se siente como si fuera él la víctima o el sospechoso del caso.
Algo no le cierra al Inspector. Ante el silencio de los hombres, toma él la voz de mando y les dice que lo acompañen al hospital. Allí está el Doctor Lobero esperando para hablar del caso de la Señora de Suarez.
Disimuladamente busca en el cajón del escritorio el arma reglamentaria y, para su sorpresa, la misma ha desaparecido.

Elsa cae en un sueño profundo. El doctor le ha aplicado un calmante y un somnífero. Tiene ante sí que coser una herida muy profunda. Un leve temblor se apodera de sus manos. Busca a la enfermera con la mirada. Ella sabe. Un descuido y todo puede terminar mal. Sin levantar la vista de la herida, la mujer mueve las manos con destreza, los instrumentos quirúrgicos que cuentan son escasos, pero se adaptan a la situación.
De la frente del Doctor Lobero gruesas gotas de sudor ruedan hasta llegar a la cara y al cuello. La vida de esa mujer está en sus manos, así como estuvo la de la mamá de Rosita.

Un piso debajo de la cocina del hotel todo se ve oscuro y sucio. Sin duda hay algo acá que produce ese mal olor, se dicen los hombres, quienes con un poco de temor y con cuidado de no tropezar con algunas ratas muertas van moviéndose a tientas en el espacio lúgubre y frío.
Nada. Sólo algunos trastos viejos y unas cajas de madera apiladas es lo que pueden ver con la única linterna con la que cuentan, ya que la lámpara se quemó.
Lo extraño es que en ese lugar no hay olor nauseabundo. Sólo a tierra húmeda o a viejo.
Cuando comienzan a subir nuevamente a la cocina, Braulio ve debajo de la escalera, disimulada, una puerta. ¿Hacia dónde lleva esa puerta?, pregunta.
Ambos se miran y van hacia la misma. La curiosidad puede más que el miedo a lo desconocido.

DOS ROSAS

El encargado del Hotel Majestic se siente agobiado. Desde una punta del vestíbulo hasta la amplia cocina continua el olor nauseabundo. Busca a Rosita en las dependencias de servicio pero no la encuentra. Va hasta el lavadero y al depósito de mercaderías, no la encuentra. Tampoco está la otra mucama.
-¿Dónde se metieron estas? -Murmulla con fastidio. -Justo hoy que pensaba tomarme la tarde libre para ir a jugar a las cartas con Don Jaime en el Bar de Suarez viene a pasar esto.
Estas mujeres cada vez limpian menos, piensa, aunque en su interior sabe que ese olor no es por falta de limpieza, algo lo ha producido, seguramente sea consecuencia de tanta lluvia, el sótano se ha inundado y como hay cosas allí guardadas de muchos años, de las que ignora su procedencia, tal vez se han puesto en mal estado, y despiden ese desagradable aroma.
Mira el reloj de la cocina y se da cuenta que, por la hora, ya las muchachas se han retirado a sus casas. Con este problema perdió la noción del tiempo.
Braulio y el otro joven, que fueron a revisar el sótano, se encargarán de decirle de qué se trata Mientras tanto debe dar la cara ante los pocos huéspedes del hotel.

Con paso ágil y sin emitir palabra alguna, Gancedo y los dos oficiales recorren el camino para llegar al hospital. Tienen que atravesar la plaza del pueblo que, por la hora, casi no tiene iluminación, un escalofrío recorre el cuerpo del Inspector, desde la nuca hasta los pies. Recuerda que por ese camino fue atacado cuando iba a tomar la declaración de un testigo por el envenenamiento al viajante. Para colmo, no cuenta con el arma reglamentaria, desaparecida de forma misteriosa, esto lo preocupa de manera importante. No siente que pueda confiar en los oficiales que, si bien llegaron para respaldarlo, estos jóvenes podrían informar a los superiores que la pérdida del arma fue una negligencia de su parte, lo que le traería consecuencias graves en el rango, justo en este caso, el último antes del retiro definitivo.
Las manos comienzan a sudarle y las guarda dentro del abrigo. Quedan unas pocas cuadras hasta llegar al hospital. Trata de disimular su estado de nervios y silba una melodía. Los hombres lo miran con curiosidad pero no dicen palabra alguna.

En otra ala del hospital, el Doctor Zuhang Zi, médico Chino, revisa las anotaciones escritas por el Doctor Lobero en la historia clínica del viajante. Atento a las fechas y a la evolución del estado de salud del paciente, ve con sorpresa que el Dr. Lobero se ha salteado dos días.
Cuando él se hizo cargo, el pobre hombre estaba casi entrando en el túnel del más allá. Si no hubiera actuado con rapidez inyectándole el antídoto hoy estaría muerto. Por ello no hizo caso de ese detalle: las fechas. Ahora, sentado al lado de la cama, y con la compañía distante de Carmen, que no disimula el fastidio hacia su persona, estudia cada una de las anotaciones. Para su sorpresa, todas están escritas por la enfermera, y solo una está firmada por el Doctor Lobero. Un detalle que se lo consultará en cuanto pueda dejar al viajante consciente y listo para dejar el hospital.
Lo curioso es el veneno empleado para matar al hombre. El médico chino se pregunta cómo hizo el asesino para dárselo, y, sobre todo, cómo lo consiguió, ya que no es común encontrarlo.
Alza la mirada y ve un detalle en la mesa al lado de la cama del enfermo: hay un vaso con dos rosas.
-Señorita, ¿usted ha dejado



5to. ejercicio: escritura sin puntos

La consigna consistió en escribir sin puntos y sin los verbos ser, estar y haber.

Llovizna de otoño, por Adriana Ambrosioni

Hoy, 20 de mayo, un día de los que pasan demasiado pronto, aunque en la oficina me divertí esta tarde con la pavada que organizó el flaco para festejar su cumpleaños, sí, bastante más de lo que recuerdo haberme divertido en los últimos diez años, un trabajo rutinario se trata de eso –diría mi padre- todo rutina y, con suerte, una carcajada de vez en cuando, llovizna, siempre llovizna cuando la mujer que espero no llega a la hora del encuentro, parezco una estatua fuera de época, con el abrigo viejo que guardo en el armario para estos casos en que me sorprende el mal tiempo, no sé qué me asombra del mal tiempo, al fin y al cabo el otoño y la lluvia, una dupla repetida como las esperas en las diferentes esquinas de la ciudad, casualidades de la historia de mi vida, o tal vez causalidades, diría mi vieja, que en paz descanse, si me viera bajo el toldo insuficiente en esta intersección de calles de Buenos Aires donde el resto del mundo dobla hacia la peatonal Florida, todo el resto del mundo menos ella, y yo acá, bajo la sombra de la llovizna, porque lluvias teníamos antes, capaces de hundirte en una profunda desesperación tal cual un perro acurrucado en el rincón más oscuro y solitario, ahora la garúa, si se parece al tango que cantaba Goyeneche, o Julio Sosa, bueno el que lo cantara y lo hacía mucho mejor que yo, sin duda, encima empezó el frío, y me trepa por los pies mojados, tendré que llevar a cambiar la suela a estos zapatos, aunque creo que el tano cerró el mes pasado porque no ganaba ni para pagar el local ese de la vuelta de casa, pobre tano, la vida entera de arreglar zapatos ajenos y ahora, a qué va a dedicar su tiempo, bueno ya veré, la humedad me empapa las medias nuevas, yo que las quise estrenar por si se daban las cosas con la flaca y buscábamos un rincón donde despojarnos de las vergüenzas y claro también de la ropa, si no, qué gracia, bueno, si viene porque a esta altura de la tarde, casi noche, dudo hasta de mi reflejo, aunque no del frío y con este frío, digo yo, a dónde va el pibe del negocio de enfrente, ah, sale para fumar un pucho, un pucho, a quién se le ocurre que con la llovizna el pobre pibe tenga que pararse en la vereda en esta tarde ociosa y sin un cliente, para fumar tal vez el único pucho de la tarde, pitada tras pitada bajo la inhóspita garúa, egoísta, el dueño un egoísta, como la flaca que me tiene acá muerto de frío a la espera de su aparición atado a un poste invisible en este sitio donde en menos de una hora no quedarán ni los charcos, pero qué hace ese, un loco como atravesó la calle y de un empujón hizo que el pibe se metiera para adentro del negocio, y ahora le pega en la cara y de dos zancadas llega a la estantería y saca un par de cajas de zapatillas, de las nuevas, esas fosforescentes que valen más que la mitad de mi sueldo, ya sé que no gano mucho pero qué hace, alguien le grita desde el fondo del comercio, sale corriendo hacia la calle otra vez y yo, como un tonto no atino ni a ponerle un pié para que se caiga, mientras él dobla a la esquina con la velocidad de una saeta, pero qué veo, los ojos enormes de mi morocha se me vienen encima bajo el paraguas de florcitas fucsia y pone la mejilla caliente sobre la mía húmeda y helada, mejor la abrazo, no le digo nada, que es tarde, ni todo eso que pensé, si al final valió la pena, ojalá no se dé cuenta que me tiemblan hasta los huesos, de la emoción, por supuesto.

Piedad, por Carlos Egües

El silencio invadía la plaza, espectadores que minutos antes coreaban a todo pulmón ahora acallaban gritos y corrillos, junto a ellos mi corazón parecía agitado más allá de lo normal, intuía el momento final, había llegado, miraba al punto donde los seres se medían inmóviles, en medio de una arena aún pisoteada por los picadores, banderilleros clavados al pie del ancho portal del corral, las miradas llevan igual dirección, cual si la única referencia fuera el umbral sempiterno entre la vida y la muerte, matador y toro clavadas las retinas uno en el otro, los instantes supremos agobian, aplastan las voces, el rito pagano de las ofrendas a los dioses transitaron siglos y siglos de la civilización humana, se materializan de formas diferentes, aunque en esencia el tratado de la vida aún hoy deambula sobre el final con extrema unción, un recogimiento paraliza los sentidos, nubla el fervor cuanto minutos antes anhelaba a los gritos que acudiera la muerte, cuánta inocencia desbordaban sus ojos, el torero pensó, quizás los animales la tenían, el toro lo miró, en su interior sintió que le hablaba y le preguntaba por qué, un pedido de justicia resonaba en su conciencia, como un grito en la profundidad del alma, allí adonde ella se pliega junto al remordimiento, momento de fervor religioso, una confesión donde se aguarda solo el perdón, mis pupilas clamaban por piedad, el torero lo describiría como una oración, porque si uno confiesa, uno espera ser perdonado, instantes que hallaban en el mutismo general la gloria que para algunos significa la eterna lucha, entre el bien y el mal, clemencia, misericordia, perdón tronaban en silencio, en mi y en el torero, villanos que alientan en las gradas al héroe que plantado frente a la vida respira extenuado, se adentra por última vez en esos ojos acuosos, húmedos, cristalinos, quedan conectados durante un lapso de tiempo que parece una eternidad, luego el torero deja caer el capote, el estoque también cae, gira y arrastra los pies hasta la barrera, comprendió, rompió un muro, ascendido a un punto mayor de conciencia, un más allá, entendió, se derrumba y rompe en llanto, él, que ha dedicado su vida al toreo, vio en los ojos del animal el sufrimiento de todos los toros que mató, la última vez que torea y el primer toro que no matará.

CON OTROS OJOS, por Carlos Guerrero

Ocupar el tiempo disponible cuando abarca las veinticuatro horas de un día no resulta un trabajo menor y requiere cierta dosis de ingenio e imaginación, los que trabajamos para no trabajar nos encontramos cada vez más ocupados y si parte de la tarea consiste en escribir una carilla sin puntuación alguna, con la explicita prohibición de utilizar los verbos ser, estar y haber, ciertamente el problema se magnifica, no obstante el curso y su directora plantean el desafío y apelaré a la enseñanza recibida en busca de la solución, tomaré un concepto que me fue reiteradamente expuesto, “el escribir se alimenta de la capacidad de observación”, pasaré a relatar que el anciano que se hallaba frente a mí en el banco de la plaza no tenía la menor idea de que protagonizaría mi historia, si bien su actitud colaboraba con el propósito ya que sus gestos denotaban profundas vivencias como pasar de la sonrisa a la sorpresa, no faltaba la exaltación y como confrontación una dulce melancolía que inundaba su rostro de profundo placer y acompañaba a su vez el estado de gracia con golpecitos de su bastón sobre el suelo, gesto que yo interpretaba como un disimulado aplauso o bien marcaba vaya a saber qué alegre ritmo, contagiaba su actitud y no sentí vergüenza alguna de la segura estúpida sonrisa que imaginaba en mi rostro, me debatía en el interrogante de seguir observando y disfrutando del estado de aquel anciano o indiscretamente sentarme a su lado e intentar algún dialogo que permitiera satisfacer mi curiosidad, decidí dejar de lado timidez y falsos pudores y en forma silenciosa me senté en el extremo opuesto de su banco, fue tal el recato que utilicé que mi trasero apoyado sobre el borde del asiento sufría las tablas y los bulones de aquel banco, mi compañero no se inmutó, en ese momento su rostro denostaba sorpresa, los ojos bien abiertos, las ventanas de su nariz pugnaban por lo mismo y los labios dibujaban una perfecta letra O, no parecía el momento de abordarlo, logré sentarme en forma correcta esperando mi oportunidad que llegó en forma inesperada, el anciano bajó la cabeza, la introdujo entre sus manos y la sacudió para un lado y otro en un inequívoco gesto de satisfacción por el momento vivido, ensayé un tímido buenas tardes señor ,me pareció escuchar un buenas como respuesta, el anciano giró, me miró y no pude evitar el sobresalto, solo en un felino se podían encontrar ojos parecidos a los de ese hombre, a sabiendas del efecto que su mirada provocaba en tono amable inquirió ¿impresionado?, si señor, me escuché decir le pido disculpas, llevo un largo tiempo observándolo y siento curiosidad por el estado que usted alcanza y mucho más por cómo lo logra, el anciano contestó mi pregunta con otra ¿usted cree?, sin escuchar mi respuesta prosiguió, en caso afirmativo lo entenderá, en caso contrario usted pensará que se topó con un viejo loco y delirante, resulta muy simple, perdí el don de la vista hace muchos años y mi desesperación fue tal que intenté quitarme la vida, obviamente fracasé y en el largo proceso hospitalario posterior, el Señor me comunicó el sagrado mensaje “podrás ver pero solo lo bueno de este mundo”, una compensación divina a mi desgracia, el anciano ante mi gesto de escepticismo e incredulidad continuó, quédese tranquilo, mi amigo, a usted lo veo.

El comandante y la isla, por Gioele Sanna

El viejo decidió quedarse un poco más, allí, sentado en el borde del precipicio, observaba la belleza de aquella isla situada no muy lejos de los mares de Guatemala, veía al sol pintar las aguas anaranjadas de la playa de San José, calculó no más de las siete u ocho de la tarde, debía volver a la ciudad, pero nada le importaba en aquél momento más que contemplar el paisaje de su hermoso país, se acomodó en la tierra y bebió un sorbo de Ron Negrita, el sol le quemó el pecho ya que dejó el uniforme militar desabrochado durante gran parte de la tarde, recién ahora toma conciencia pero no le da importancia, enciende un habano y admira el canto de unos pelicanos en las cercanías y el verde de la selva que lo rodea, hogar de cientos de especies de aves, lo distrae un peso en sus piernas, baja la mirada, ve una iguana tomando el sol, tiene los ojos cerrados, no se trata de la primera vez que ve uno de estos animales, la iguana pertenece a la bandera nacional, sin embargo, el comandante decide que parece el ejemplar más grande que vio en su vida, tiene el tamaño de un perro chico, como un Fox Terrier o algo por el estilo, sencillamente hermosa, por su grandeza sólo una hembra, su piel, coloreada de muchas tonalidades de verdes, claros, intermedios, oscuros, el comandante sonríe y acaricia el animal como si de un simple perro se tratase, el viejo la proclama reina de Trópico y gobernadora de los animales, la bautiza con el nombre de Constans I, maldecido quien ose cuestionarla, sus enemigos la temerán y se escribirán libros sobre su larga y prospera dinastía, pero ni siquiera eso alcanza para distraer por completo al comandante, sigue contemplando el mar, la orilla arrastró algo de gran tamaño, piensa que debe tratarse de un tiburón, reúne fuerzas y decide levantarse e ir a averiguar, Constans camina a su lado, bajan la ladera y luego se acercan al gran tiburón, pero no, tienen delante un cuerpo humano, respira con mucha dificultad, el viejo se agacha, en un momento duda si ayudarlo o no, piensa que podría tratarse de un rebelde, pero su instinto lo lleva a acercar la botella de ron a los labios del náufrago quién pronuncia unas cuantas palabras sobre construcciones que alcanzan las nubes, chatarras que se mueven por si solas, gente caminando de un lado a otro y un nuevo mundo más allá de los océanos, y da por hecho que ese, el verdadero paraíso, puede peligrar, el comandante afirma que el hombre cruzó los límites fronterizos de la isla o que enloqueció, decide hacerlo por el bien de su pueblo, resulta imprescindible ejecutarlo.

La plaza, por Hebe Chambard

He ahí la plaza una fría tarde otoñal, los tilos al fin muestran sus hojas amarillas y rojizas, pronto quedarán desnudos, el sol del invierno penetrará por las ventanas hasta la próxima primavera, claro que desde donde yo estoy la ciudad se ve vacía; contemplo a través del ventanal esta plaza que solo muestra unos pocos niños jugando en las hamacas y toboganes, lógico, hace frío; al fin lentamente cae la tarde y una suave bruma la cubre de a poco, sus luminarias amarillentas se prenden y permiten vislumbrar en la semi oscuridad la estructura de una antigua calesita abandonada, ahora oscurece temprano, obliga a las cotorras a regresar a sus nidos en los eucaliptos, hacen un ruido infernal; después el silencio, de tanto en tanto el paso de un ómnibus local me impide disfrutarla, mejor pensar que mañana domingo, mientras todos descansemos, ella seguirá allí formando parte de la vida cotidiana…

¿Estás ahí?, por Lily Jorge

Hey!!!! ¿Estás ahí?
Siiiiiiiiiiii
¿Dónde?
A tu izquierda!!!
¿Acá?
Nooooooooooooo. Más al centro.
¿Aquí?
Al centro dije!!! Ahí no es el centro!!!!!!!
¿Por acá?
Más abajo!!!
No lo encuentro!!!!! Y ya me cansé.
Bueno, bueno… algunos no lo tienen pero hay otros que lo sienten y él domina sus actos.

Secuencia, por Norma Pedrotti

La arena golpea y trae partículas que deterioran el estrecho y alto paredón con sus musgos y líquenes arraigados en un círculo, resultado de un movimiento solar planetario que proyecta una permanente sombra, da al espacio húmedo un aspecto de textura molecular, contenida por momentos con la fuerza del viento que sopla y acaricia de plano, esa arquitectura con estilo rústico cargado de sensaciones de abandono en relación a otros espacios que, a pesar de los cambios que actúan en ellos, no dejan de brillar y conectarse a ese mundo exterior insistente, deja marcada huellas que transforman el muro con interesantes figuras geométricas y describen con curiosa sensación, esas conductas humanas que tienen que ver con el destino, cada uno puede leerlo en esas imágenes contundentes a la hora de identificarse y comprender: la mente en equilibrio es capaz de dar respuestas coherentes para relacionarse con uno mismo y el entorno, además, al encontrarse rigurosamente organizado plantea un orden natural donde reina el bienestar por cada uno de esos elementos, son vitales para el desarrollo armónico en la construcción de un espacio que se muestra inalterable en todos los aspectos, mas allá de los vertiginosos cambios que a diario se presentan y condicionan de alguna manera la dualidad hombre-naturaleza.

Estupidez y violencia de género, por Patricia Barcia

Miro la televisión y no puedo creer tal estupidez, o sí, porque ya a esta altura de mi vida creo que la gente se guía por los instintos mal armados de los humanos, algo así como que al descubrir o inventar la cultura dejamos atrás el instinto de supervivencia pese a que la inteligencia más desarrollada que los otros animales nos permitiría, sí eso, permitiría, pensar y por consiguiente saber responder con un superior sentido de oportunidad a las circunstancias que al resto, animales más inferiores que nosotros y nosotros, tan animales como los demás pero con el cerebro con mayor cantidad de circunvoluciones y sustancia gris, que se supone sirven para pensar mejor, por lo menos así me enseñaron los que saben más que yo de biología, y veo todos los días y ahora, hace un ratito, en el noticiero, otra vez y cada día en nuestro país y en la mayoría de los países juntamos miles si sumamos, sí, todos los días, alguna mujer desaparece o la matan y claro que la mata un hombre, por alguna razón que él siente justificada, no sé si la cree o si la piensa porque si no, seguro no cometería ese delito, ese crimen, canta como primer sospechoso, el que la amenazó, el que le hace la vida imposible, el que le reclama que vuelva con él si no la mata, pero, en qué cabeza cabe que si le manda cualquier cantidad de mensajes al celular o le envía correos a la computadora diciéndole que la va a matar, y ella muere, obviamente asesinada (salvo que se trate de un ex avezado médico o químico o algo así, que se las ingenie para que muera de manera “natural” y no lo señalen) está claro, clarísimo, que no le importa, se nota que lo tiene sin cuidado, lo más importante: matarla a ella y que se sepa que fue él, que no lo van a joder, que no le van a tocar el culo, que no lo van a engañar, que no lo van a dejar, que ella le pertenece solo a él y a nadie más, que salvarse de la cárcel –lo que pensaríamos nosotros, cuando pensamos, que debería considerar, pero no, parece un mandato de un dios, como una orden de arriba de un jefe que no se cuestiona (creo que se me está filtrando en este análisis la película que vi por segunda vez anoche sobre Ana Arenth, la Banalidad del mal), hay que hacerlo, y si digo algo más, aunque no políticamente correcto lo tengo que señalar, lo pienso, cómo piensa la mujer que desapareció hace dos días, una médica joven, bonita, con abogada que la representa, que ya había hecho denuncias previas, que tenía un aparatito con botón anti pánico, madre de varios hijos, repito, médica, no cualquiera llega a médico, se requiere un nivel intelectual alto, concentración, rigurosidad, perseverancia, capacidad de análisis, saber prevenir, anticipar, conocer que ciertas acciones, prácticas, ingestión de medicamentos, pueden traer consecuencia previstas y, con un margen de error, probables, y entonces, cómo, me entero, que consiguió un policía para que la cuide, consigna creo que se llama, éste no la protegió, pero claro, unos segundos más y me entero que el agente, de consigna en su casa, claro, la cuidaba en su casa, ahora entiendo, muy racional, tanto de parte de la policía como de ella, si me hace desaparecer lo va a hacer en mi casa, y supongo va a luchar con el policía de consigna en la puerta, concentrado, imagino yo, no la mujer, en los mensajes de Facebook que le mandan al celular, si mi mirada cuando ve a los policías de guardia no me traiciona, y claro, sigo, aun que se trate de un ex tan nabo como para hacer lo necesario para que lo metan en cana, por lo menos no quiero que me frustren mi objetivo, no me voy a pelear con el policía, entonces, lógico, dónde la voy a buscar, al consultorio, por supuesto, teniendo en cuenta que sabe los horarios de la mujer, determinados días y sola o a lo sumo, no lo sé, no la nombraron, con una recepcionista o secretaria distraída, también con los mensajes en el celular, computadora o lo que le sirva para la comunicación a distancia y no para cara a cara, ver a un hombre que seguro conoce, que sabe peligroso pero que no puede controlar para que entre en el consultorio y saque a la fuerza a la ex que dejó en el escritorio carpetas, bolso con documentos, celular y botón antipánico.



Patrizia Trofini – Ejercicio 4: LAS HERIDAS DEL ALMA

Un puñal. Eso siente Elsa que le clavaron. Un puñal. Inmóvil en la camilla de la sala de guardia, iluminada con una luz blanca que le quema los ojos, sólo atina a girar un poco la cabeza para saber si está sola o si su marido la acompaña. El miedo la paraliza. No quiere moverse. Mejor me quedo quieta, piensa. Así no me duele.
Suarez espera en el pasillo del hospital. El médico no lo dejó entrar a la sala para poder examinar tranquilo a la mujer sin la presión del hombre, que en el estado que se encuentra lo único que lograría sería empeorar las cosas.
Tengo que llamar a Gancedo. Esto es grave. Dice para sí mismo el médico. Tembloroso, le pide a la enfermera que se ocupe un momento de la mujer y sale por otra puerta para hablar por teléfono.

En el Hotel Majestic el clima está enrarecido. El encargado presiente que algo malo está por suceder.
Van dos semanas que la lluvia no deja de caer y la sala de motores se está inundando.
-Lo único que falta ahora es que deje de funcionar el generador, dice para sí mismo el hombre. Para colmo, un olor nauseabundo inunda el salón principal del hotel y no puede descubrir a qué se debe.
– Voy a buscar a Braulio y a dos más para que me ayuden a revisar el sótano, – le dice a Rosita, que con ayuda de Mirta, otra mucama del hotel, corren el sillón de cuero de tres cuerpos que se está mojando producto de una gotera que cae del techo.
La muchacha, que creía haber terminado sus tareas por el día de hoy, una vez corrido el pesado sillón, hace un movimiento de resignación con la cabeza, que el encargado no lo percibe. Para colmo el olor en la sala es insoportable y le da nauseas.
-Un rato más, solo un rato más –dice para sí misma.
Norma, como por arte de magia, desaparece de la sala y Rosita se deja caer en el sillón. Está cansada y quiere ir a su casa.
-Ratas, seguro son ratas, -piensa Rosita, -o murciélagos. Un escalofrío corre por su diminuto cuerpo.

-Inspector Gancedo, tiene que venir al hospital, es urgente – habla con voz baja para no ser escuchado por nadie alrededor, dice el Doctor Lobero.
-Dígame que pasa doctor. Ahora no puedo ir, estoy esperando a dos oficiales de la policía que están por llegar de la cuidad de un momento a otro, debo permanecer acá, no conocen el lugar.
-Suarez trajo a la mujer. E s muy raro, está con un golpe en la cabeza, llena de sangre.
-¿Qué le dijo Suarez?
-Que la encontró tirada en el piso de la sala en su casa, pero es raro, no creo que se lo haya hecho sola. Para mi alguien la golpeó.
-Mmm…mire, voy a tener que ir a la casa de Suarez. Sin ver el lugar donde se produjo el hecho no puedo decir nada. Usted ocúpese de la mujer y no deje salir a Suarez, yo, en cuanto lleguen los oficiales, voy para allá.
Gancedo cortó la comunicación y escuchó un ruido fuera de la casa.
Seguro que ya llegaron, sintió un pequeño alivio.

Las voces en su cabeza comienzan a susurrar palabras que Elsa no quiere oir.
-No, basta, no me hablen, ya sé, ya sé…fuera.
La enfermera mira a la mujer mientras prepara la jeringa con el calmante que el Doctor Lobero le indicó para inyectarle.
Por el golpe está delirando. No sé cómo está con vida, piensa, si tiene un agujero enorme….en fin…yerba mala nunca muere. Inserta la aguja en la vena del brazo de la mujer.
Las voces se hacen presencia y Elsa se siente acorralada. El círculo se va cerrando y la luz se torna oscuridad. Los dedos acusadores se hunden en su carne y ya no siente dolor, un fuego desde adentro consume su cuerpo inmóvil, solo los ojos están vivos y ante ellos está Marta, su hermana.
-Nunca podrás cerrar tu herida…es una herida del alma, le dice con voz suave. Tu mente es tu veneno…

Continuará…



4to. Ejercicio – Con epígrafe

Con epígrafe, La propuesta: escribir un texto para el epígrafe de Joseph Conrad, “Existen tantos naufragios como hombres hay”.

Naufragio para una, por Adriana Ambrosioni

“Existen tantos naufragios como hombres hay.”
Joseph Conrad

Miriam esperaba los domingos para disfrutar los recuerdos. Sin embargo, a veces esos recuerdos se volvían espesos, dolorosos. Entonces, las horas del día se alargaban y la penumbra se pegaba a la piel como sanguijuelas.
Nada había sido igual desde la pérdida de la hija. Al principio, adjudicar las culpas le sirvió de bálsamo. Poner nombre a los culpables, encontrar a quienes cargar con semejante peso, le restó escozor, aunque no la mueca de la tristeza. Todos lo sabían en el pueblo.
De a poco, la ausencia de Alba y la presencia de las sanguijuelas se alojaron dentro de Miriam. Las sentía recorrerla tramo a tramo en los espacios más profundos. Nadie lo notaba desde afuera, pero aun así, las clientas la veían quebrarse en medio de una conversación al otro lado del mostrador de la panadería, como si las tripas se le anudaran de manera irremediable. Las lágrimas saltaban y con el dorso de la mano, las apresuraba a evaporar o desaparecer.

Ése domingo en particular, Miriam pensó en el futuro. Cuando niña (sentada sobre la superficie lisa y amable de las rocas blancas frente al río) aquella palabra se le representaba como un escenario inmenso y luminoso en la incertidumbre de sus fantasías, una vida más tarde, se veía cara a cara con el verdadero significado.

Hasta el amor se tornó vano y falto de sentido con el paso de los años en Cochay, un nuevo mundo de estructuras previsibles tocó a la puerta del pueblo para quedarse.
Ya nadie se dejaba atravesar por la inclemencia de los sentimientos. Las más breves y escasas emociones (catalogadas como inocuas por el común de las personas), en los casos más arriesgados provocaban apenas raudos temblores que con rapidez, absurda, los sujetos controlaban o mal disimulaban (costumbre arraigada en los vecinos en los últimos tiempos).
Miriam, en la soledad de la casa, desafiaba durante largos días e inacabables noches, los ataques sorpresivos de las sanguijuelas.
Las sentía llegar. Primero, vacío. Después, el desasosiego invadía los órganos, uno a uno. Quedarse sin aire era lo más usual y, podría asegurar, lo menos doloroso.
El flujo del vacío alternaba con los espasmos de la fiebre y los vómitos (lo peor, los vómitos). El olor ácido de sus propios escondites irresueltos dejaba paso a nuevos temblores y al frío aterrador del miedo.
¿El miedo o la soledad? ¿La soledad o el miedo?
Dos palabras que existían aún pero, de modo inevitable, decoloraban su significado en vertiginosa caída libre.
A veces la soledad la protegía del miedo, aunque otras veces, el miedo la acompañaba para sentirse menos sola.
Frente a la certeza de que en uno de esos embistes sobrevendría lo irremediable, los pensamientos de Miriam volaban hacia las personas que la habían amado.
Soñaba despierta con la vuelta de L, con la no muerte de su hija, con la casa donde transcurrieron los años de la niñez, con los amigos, con los abrazos (esa palabra también trepaba lo absurdo). ¿Había olvidado los abrazos? Felices, maleables, ausentes. Sí, había olvidado los abrazos.
Mariposa que estalla contra el vidrio, desaparecía el recuerdo.
Retornaban, como el río, en bocanadas de aire herido, los aromas.
¿Qué podía esperar entonces?
Silencio. La realidad de las palabras retorcidas de silencio. La falta o el exceso.
Las sanguijuelas se entretenían en alguna sinuosidad dentro de Miriam, la boca del estómago, la vuelta de una arteria estrangulada en el impulso de la avalancha. El filo cortaba por dentro, la puntada la expulsaba sin piedad el alivio causado por las evocaciones.
De pronto, la quietud. Tal vez la espera de un quejido, un suspiro.
El instante inconcluso de algún recuerdo saltó por la mirada de Miriam al vacío.
El río de sanguijuelas desgarró su cuerpo, los amores yertos, la carne chamuscada, la sangre seca.
La luz del domingo se hundió en el horizonte.

La pasión también es esto −pensó Miriam, mientras se iba (sin tiempo para despedidas). −La pasión es esto y no tengo palabras para describirla. Igual, ¿a quién, en Cochay, podría hoy importarle otro naufragio?−.

El naufragio que no fue, por Carlos Egües

Existen tantos naufragios como hombres hay.
Joseph Conrad

Al verla solo pude pensar en los rasgos físicos convencionales que asimilan la belleza sarracena a la mujer blanca cristiana, sin embargo lo singular de la primera es la sensualidad. Un erotismo perceptible en la descripción misma de su belleza, al margen del tópico y del decoro, elogio las formas desnudas de la mujer y su efecto turbador sobre mí.
Me hizo estremecer, de carne blanca con una amalgama casi imperceptible de oliva clara, pechos puntiagudos señalando un norte, bien podría ser un sur, u oeste o este, estrecha cintura, abordable por el Ecuador quizás por el meridiano de Greenwich, largas piernas atormentaban la arena, la pisaba arrancando suspiros de los minúsculos granos, una gacela trazando arabescos o parecían serlos en la mente febril de quienes asistíamos a su salida de las aguas verdes y claras de la bahía de Antalya.
Camino unos pasos hasta una reposera de la que tomó una túnica de blanco hilo egipcio, con suavidad acomodó usando sus dedos, la larga cabellera negra, de tan azabache se me ocurría oscura como la noche más cerrada, aunque un par de ojos color miel destacaban como estrellas de una constelación cuya propiedad solo le pertenecía.
Fuerte impacto provocó en mi, no pude continuar con la lectura comenzada un rato antes, crucé mis manos sobre la nuca, me coloqué los anteojos de sol para cubrir mi desparpajo, y me solacé por partida doble, el cálido sol surtía un esperado beneficio en mi piel y el placer de contemplarla. No pude apartar mis ojos de ella, hasta ocurrir lo inevitable, la vi acercarse en dirección donde me encontraba, desplegó la sensual sonrisa que jamás hubiese apreciado, tendió la mano que sujetaba un frasco de vidrio y en un español con leve acento andaluz, me pidió que le untara la espalda con protector solar.
Zonzo el hombre cuando es descubierto por la mujer, sobre todo la mujer que no muestra ningún pudor a la hora de solicitar, ¿solicitar qué? ¿Caricias?, -mente agitada, febril, aparta un instante la libido, me ordené- ¿suponía mal si consideraba su audacia a modo de iniciativa, sin mostrar recato alguno?, no lo sé, no podía ordenar los pensamientos, se agolpaban y galopaban como una tropilla de caballos salvajes.
Tomé el envase, aunque ofrecía solicito mi mano en su espalda, no fui capaz de articular palabra alguna, logré no sin poco esfuerzo recuperar el aliento y me animé a decir, me llamo Martín, cuál es tu nombre, María del Mar respondió ella, tu viajas en el crucero agregó, si respondí con timidez, ¿has dicho sí? Si… sí.
Acabé con el suplicio, el trabajo más ingrato que jamás tuve que abordar, duró tan poco tiempo por culpa de mi ansiedad, me regañé sin reparo.
Ella dio la vuelta y me observó con interés, como si leyera mi mente, -luego ya tendrás la oportunidad de hacerlo otra vez-. No respondí, seguía en estado catatónico.
Se alejó sin volver la vista atrás, mientras lo hacía, levantó su brazo derecho y su mano dejaba un saludo para mí el cual interpreté como un hasta luego.

El día llegó a su fin, tomé mis cosas para volver al crucero y prepararme para la cena, esa noche el capitán ofrecería un baile. Una fiesta muy divertida, el pasaje casi completo danzó durante varias horas, una noche cálida y sin viento permitía que las parejas aprovecharan la popa para enamorarse, algunos bailaban sin mover los pies del suelo, allí estaba apoyado en la borda, cuando sentí una mano que tocaba mi hombro, di la vuelta y la vi.
Por segunda vez impartí una orden, en este caso cerrar la boca, ella descubrió mi sorpresa, esa sonrisa puede provocar un caos mundial pensé, vestía de negro, la espalda descubierta, apenas cubría los pechos, insinuaba pero no mostraba, se intuía, ajustado al cuerpo marcaba su cintura y más abajo la escultura que Alá había dado forma al tallar la cadera y las piernas, pensé, debo convertirme al Islam.
¿Bailas? Soy un bobo, un pacato, pensé cuáles otros adjetivos me cabían, pero ella interrumpió mi pensamiento por segunda ¿o tercera vez?, dominaba mis instantes íntimos, -¿quieres tomar algo?, he traído jugo, ¿compartimos?- El gesto fue elocuente y ella acercó una copa que contenía un liquido color malva, dí un sorbo, en ese punto alcancé el paraíso, ella tomó mi mano derecha, puso sobre su cintura mi brazo izquierdo, movió su cuerpo a un lado, luego al otro, yo la dejaba hacer, me provocó a girar, lo hice, me movía pero desconocía el ritmo, la canción que sonaba llegó a mi oído, la atraje hacia mí, busqué con cuidado que mi mejilla apenas tocara la suya, habrán sido ………
Me sofocaba, sumergido en las profundas aguas turquesas del mediterráneo supuse mi fin, me impulsé para llegar a la superficie, observé la playa lejana, no podía nadar hasta allí con esta tormenta, ella agitaba los brazos pidiendo auxilio, no podía abandonarla, el esfuerzo me provocaba taquicardia, la energía se agotaba, braceaba y pateaba como si en ello me fuera la vida, y se iba, no llegaba, nuevos bríos aunque sentía que retrocedía, intenté que la marea hiciera lo suyo, sin embargo me volvía mar adentro …….

Desperté sobresaltado, sofocado, traspirado, estaba desnudo y sentía frío, no reaccionaba, unos golpecitos en la puerta del camarote me impulsaron a la costa de la realidad, ¡Señor hemos llegado a puerto, en dos horas desembarcamos!
En ese mismo instante recordé una cita de Ovidio, “El que ha naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas”.

El Caballero Misterioso, por Gioele Sanna

Existen tantos naufragios como hombres hay
Joseph Conrad

Jagradur era un continente que se hallaba a la deriva del mar del Norte, en el deshabitado paraje de las Hiperbóreas. Un tramo de tierra muy extenso que, debido a sus costas, marcaba aproximadamente nueve mil kilómetros de Este a Oeste y cinco mil de Norte a Sur en algunas zonas.
Ser Irwin el Misterioso, se lo podía describir como un hombre que llevaba el cabello largo y negro y una espesa barba con alguna que otra cana que le tapaban numerosas cicatrices. Corrían tiempos de paz y prosperidad en Jagradur, el rey venia de un linaje de más de dos mil años, y aun así se sabía muy bien que la dinastía de los Edifler se estaba pudriendo por dentro.
Hacía frio, demasiado frio, aun así no nevaba. Irwin era caballero desde que tenía no más de veinte años cuando su tío lo nombró tal en el lecho de muerte, acurrucado entre las sábanas llenas de pulgas de una posada en Torremolinos, no tenía siquiera las fuerzas suficientes como para apoyarle la espada en los hombros y en algunas ocasiones se olvidaba lo que tenía que decir, “Yo, Ser Diuford De Las Llanuras Del Hielo, te nombro…..” y se le borraba de la cabeza que tenía que decir “Caballero”. Ser Diuford fue recordado como un hombre que había nacido en las frías Llanuras Del Hielo, siendo frio de carácter y fuerte de espíritu, pero todo se desvaneció una mañana de verano en la cual ya no pudo levantarse del suelo por su cuenta. Por aquél entonces Irwin tenía veinte años recién cumplidos aunque demostraba dieciséis y claro, fue escudero de su tío desde que tenía sentido común. El tonto se había gastado el dinero del familiar en llevarlo hasta una posada y hacerlo descansar en una cama lo poco que le quedaba de vida, pero eso no fue todo, las pocas Tortugas de plata que le quedaban se las gastó en que curanderos y brujas acudiesen a la taberna para que curasen al anciano, pero no sirvieron de nada.
Sus últimas palabras dejaron mucho que desear, Irwin no entendió a qué se refería y pensó que debía ser la fiebre.
-Existen tantos naufragios como hombres hay.
Comenzaron a llamarlo Ser Irwin el Misterioso ya que siempre que entraba en alguna posada no decía su nombre a nadie y se sentaba en algún rincón cubierto por la capucha, desde entonces muchos campesinos de Torremolinos, su ciudad natal, lo llamaron el Caballero Misterioso, a Irwin le gustaba como quedaba y así fue como adoptó aquél sobrenombre.
Ahora se hallaba en Las Llanuras del Hielo, con el cadáver del tío pudriéndose adentro de una saca, cabalgando con un caballo negro de nombre Espina. Se dirigían hacia El Valle del Puercoespín, tenía suficientes provisiones para algunas semanas, carne de caballo disecada y dos cantimploras de vino aguado. Se dirigía hacia ese lugar ya que es donde su tío quería ser quemado.
Anochecía y no tardó en llover, hubiera dado cualquier cosa por una cama y un plato de lo que sea caliente pero no tenía dinero. Estaba en Hielo Oscuro, la ciudad y fortaleza más grande de Las Llanuras de Hielo, se veían un total de quinientas casuchas de paja, seis posadas, dos mercados, un templo y luego, subiendo la colina, la fortaleza cuyo Señor era Lord Walter Roose. La familia Roose, una de las dinastías más antiguas de Jagradur, habían gobernado Hielo Oscuro desde hacía milenios, gente honorable, seria y muy arraigada a las viejas tradiciones.
Irwin no tenía donde transcurrir la noche y tan solo pensar que tendría que pasar otra más comiendo tiras de carne de caballo disecadas en algún rincón helado de la ciudad, le daban vueltas el estómago. Rezó a los dioses para que el Señor de Hielo Oscuro lo dejase quedarse en su castillo, “Los verdaderos Señores siempre ofrecían refugio a los caballeros errantes”. Siguió al trote por el mojado y frio lodo camino a las puertas de la fortaleza. Cuando por fin llegó, el solo decirle a los ingenuos guardias que era caballero y que quería una audiencia con su Señor bastó para dejarlo pasar, dejó a Espina y a su tío en los establos y se dirigió hacia el salón principal, un lugar donde se divisaban cuatro inmensas chimeneas prendidas día y noche y en las paredes estaba lleno de estandartes de la familia Roose, una rosa azul que representaba el hielo sobre un campo blanco que significaba la nieve, luego en el fondo, se veían dos tronos hechos de granito que probablemente se remontasen a cuando Edrick el Caza Trolls forjó la casa Roose y la pequeña ciudad de Hielo Oscuro.
-Mi Señor -dijo Irwin haciendo una reverencia y dejándose caer en una rodilla, apoyó la espada amablemente en el suelo con ambas manos. -Las lluvias son fuertes, el frio es intenso y las nevadas no tardarrán en caer, me dirijo hacia El valle del Puercoespín donde mi tío quería ser incinerado, este pobre caballero estará muy agradecido si su Señor le deja pasar la noche en los establos a cambio de sus futuros servicios y gratitud.
El Señor de Hielo Oscuro estaba con la compañía del maestro de armas y tres de sus hijos, Cedrick, el mayor de la edad de Irwin, Louis, de catorce años y otro más que no superaría la edad de once años, este último llevaba el pelo rubio batido, mezclado con color arena y ojos marrones, típico de los Roose, sin embargo solo Lord Walter y su hijo menor tenían aquellos rasgos, Cedrick y Louis habían salido a la madre, de un pelo color castaño oscuro y ojos claros. Lord Walter se movió un poco en el asiento.
-¿Cómo… os llamáis, Ser? -quiso saber el Lord acariciando su espesa barba.
– Ser Irwin el Misterioso, si a mi Señor le place.
-Pues bien, Ser Irwin, creo que no hace falta decir a mí y a mis hijos que las lluvias son fuertes, el frio es intenso y que las nevadas… no tardarán en caer, cuando aprendemos esas cosas antes de empezar a gatear. Lo lamento Ser, no es nada personal pero no corren tiempos tan buenos como el rey nos hace creer, hay personas muy raras sueltas por ahí, se dice que la magia ha vuelto, la corona y las malditas hadas han retomado a fabricar baritas según dijo Lady Osfred y me temo que con ellas vendrá una guerra, corren tiempos extraños y no puedo permitir que un caballero cualquiera duerma bajo mi techo. Le ruego que se vaya de mi castillo. He tenido suficiente por hoy, creo que me iría bien un buen baño de rosas -finalizó levantándose del trono y retirándose de la sala junto a su familia.
Los guardias acompañaron a Irwin afuera del salón principal y la noche cayó sobre las Llanuras del Hielo.

Serie Renovada.
Episodio 01 -2016

¿Qué es naufragar?, por Hebe Chambard

Existen tantas clases de naufragios como hombres hay.
Joseph Conrad

Otra vez ante la hoja en blanco y un epígrafe que la hace naufragar. Cecilia observa el bosque que la sumerge en un vacío sin explicación… Qué difícil es indagar buscándose a si mismo en este domingo soleado, frío y absurdo.
Desde el mar cercano llega un aire helado: Definitivamente no “es su lugar en el mundo”. El bosque, el verde, los pinos que la rodean levantan un poco su espíritu.
El otoño con hojas rojizas cubriendo el jardín, pasa. Y el invierno con árboles sin hojas y el viento frío del mar… también pasan…
Llega el verano y la “obligación” la lleva a esa masa cambiante, verde, azul, gris de movimiento continuo, disperso, diferente…
Desea relajarse, disfrutar como el resto del mundo que la rodea. Es inútil: ni siquiera un libro la saca de esa inquietud que la invade después de cierto tiempo frente al mar.
Le viene a la memoria Alfonsina Storni. La admira por su amor al mar y su poesía:
“Quisiera esta tarde divina de Octubre pasear por la orilla lejana del mar”. “Y figura erguida entre cielo y playa sentirse al olvido perenne del mar”.

Hombres y naufragios, por Lily Jorge

Existen tantos naufragios como hombres hay.
Joseph Conrad

Justo administra, en el norte de Santa Fe, la estancia familiar que se destaca –entre otras virtudes- por la cría y engorde de ganado.
Esta primavera vendió un lote de hacienda para invertir en el dólar futuro, pero los proyectos de ampliar las actividades no serán para este año.
Las intensas lluvias que caen sobre la región y el lento anegamiento de los campos lo ponen intranquilo. Es la época de cosechar la soja para sacarla antes de que los caminos se pongan intransitables y desplazar las vacas a zonas más altas. El Paraná, cuando se desborda, no da tiempo y si no se apura verá naufragar el capital.
Ha cambiado sus rutinas y está de mal humor. Le encanta sentir el aire fresco de otoño mientras toma el mate perdido entre papeles acompañado por Anahí, el ama de llaves que trabaja en su casa desde que era chico. Ella le ha pedido unos días para ayudar a la hija menor y su familia a salvar las pertenencias de la crecida. Ellos son puesteros de un pool de siembra de soja. No conocen a los patrones que viven en EE.UU y les depositan los haberes.
Llueve copiosamente, el campo se ve triste y desprolijo, los galpones cobijan a los animales de granja y dos peones llevan la leña bajo el alero para mantenerla seca.
Justo vuelve a sus asuntos y reconoce que la situación requiere una reunión con los hermanos en Buenos Aires porque tendrán que decidir cómo amortiguar las pérdidas.
El estado ha quitado las retenciones y está a punto de decretar la emergencia en la provincia con lo cual la carga impositiva quedará postergada, pero habrá que pagar sueldos con un campo inundado.
Habla por el celular con su madre para avisarle que llegará a la noche. Carga una mochila y parte con la camioneta a Capital. Sabe que nada puede hacer allí, las decisiones se toman muy lejos del campo y hay que ganar tiempo.
En la ruta 14 comienza a ver a los primeros auto evacuados armando sus casillas de plástico negro. Vivirán allí hasta que el agua baje. Los camioneros les acercan ropa y algunos víveres en una espera que no conoce de reloj.
Ellos saben que el rio es fuente de vida, de agua fresca y algún pescadito para engañar el hambre.
¿Quién no ha naufragado en sus aguas o en sus crecidas? Solo es cuestión de tiempo.

NAUFRAGIO, por Miguel Araya

Existen tantos naufragios como hombres hay.
Joseph Conrad

Durante dos horas navegamos a toda máquina hacia el Sur. La noche helada sin luna traía olor a muerte. En una guerra tan desigual contra la primera potencia mundial pirata, la parca podía sorprendernos a la vuelta de la esquina. Sonó un alerta de combate. Por altavoz, el capitán repitió varias veces que no se trataba de un ejercicio de zafarrancho. El buque se detuvo, apagaron motores y luces. El único sonido en medio de la oscuridad fue la voz del capitán. El crepitar del granizo, golpeando sin piedad sobre la cubierta del crucero, producía un ritmo de redoble de tambores hacia la batalla.
Nuestro equipo de sonar detectó un submarino de gran calado, avanzaba hacia nuestra trayectoria. Se realizaron las comunicaciones de estilo para identificar nuestro Crucero como buque hospital. No hubo respuesta de radio del submarino, solamente dos torpedos. Nuestros operadores sonaristas activaron la alarma de emergencia máxima al calcular el inevitable impacto.
El navío se estremeció al recibir la detonación. Los proyectiles ocasionaron un destrozo catastrófico, destruyeron la proa y el centro del barco, la sala de máquinas. A pesar de contar con compartimentos de flotación individuales, el daño fue tan grande, que el gigante de acero agonizó sumergiendo la cabeza. La popa se elevó en el aire como la cola de una ballena mal herida. Las hélices de propulsión quedaron al viento, inertes, paralizadas de tristeza y dolor, entre sus aspas sonaba un silbido sepulcral, un toque de silencio.
La primera acción de supervivencia fue desplegar los botes salvavidas auto-inflables, arrojados por la borda por un sistema de catapulta, armados automáticamente antes de tocar el agua. La mayoría de la dotación saltó hacia ellos.
Nuestra Sección, especializada en búsqueda y rescate se quedó en el coloso moribundo. Corrimos hacia los niveles inferiores en busca de heridos para socorrerlos. El nivel que me asignaron fue el comedor. Había muchos cocineros y camareros civiles aturdidos, golpeados y lastimados. Los orienté hacia la salida segura y bajé al siguiente nivel. Llegué hasta una puerta trabada. Se oían del otro lado explosiones y gritos desesperados pidiendo ayuda. Sin dudarlo tomé el matafuego colgado al lado de la compuerta y le pegué a la manija que cedió al instante, la abrí con gran esfuerzo debido a la inundación que superaba la mitad del compartimento y resistía mi empuje. El agua estaba tan fría que quemaba. Rápidamente me calcé el conjunto térmico de neopreno, antiparras con linterna y patas de rana que llevaba en la mochila, y recorrí la sala. No encontré supervivientes, sólo cadáveres. Me sumergí un poco más, llegué hasta las cuadernas rotas y contemplé con espanto el gran boquete producido por el torpedo. Mi subconsciente me indicaba salir por ahí hacia la superficie y salvar mi vida sin riesgos, pero no había recibido tanto entrenamiento para salvar sólo mi vida. El honor y la vocación de servicio eran más fuertes que mi instinto de supervivencia. Nadé entre las máquinas buscando algún indicio de vida, sin éxito.
Estaba a punto de marcharme cuando escuché unos golpes intermitentes. Código Morse. El mensaje: “S.O.S.”. Nadé hacia donde provenía el sonido y encontré una compuerta atrancada con escombros, entre ellos una enorme columna. El interior de ese recinto estaba estanco. Había un grupo de marinos en ese lugar y se los veía sanos y salvos. Mi contención de respiración se hallaba en el límite. Les hice una seña a través de la claraboya, que esperaran un minuto. Nadé hacia arriba hasta encontrar un hueco sin agua donde renovar el aire. De regreso quité los despojos pequeños. Intenté mover ese inmenso puntal, agoté mis fuerzas y nada. Mis pulmones querían estallar. Volví a buscar nuevo aire, respiré muy agitado. Regresé dispuesto a hacer un último intento. Con el pesado caño en mis hombros y los pies apoyados en el marco hice mi mayor esfuerzo. De repente se produjo el milagro, el poste se desplazó con mucha facilidad, la puerta se liberó.
Consciente de que no fui yo quien lo movió, giré la cabeza hacia mis espaldas. Encontré un grupo de marsopas que levantaban en sus lomos el mástil. Al abrir la puerta se inundó la camareta y los marineros nadaron velozmente detrás de mí. Los cetáceos nadaron con nosotros y se pusieron uno debajo de cada hombre para que nos agarráramos de sus aletas y saliéramos más rápido hacia la superficie. El buque ya estaba en el fondo del mar…

ABANICO, por Norma Pedrotti

Existen tantas clases de naufragio como hombres hay
(Joseph Conrad)

Cada persona, más allá de su realidad o inconveniente que se presente a diario, accionará en relación a las herramientas con las que cuente. Un individuo puede estar inserto en un mismo contexto social, político, religioso, económico pero se va a manifestar de acuerdo a su origen y/o vivencias adquiridas. El carácter individual marca la diferencia con el otro, aunque eso no implica separación.
Salvador y su señora Isabel profesan el credo católico apostólico romano poniéndolo en práctica como verdaderos cristianos, ya sea desde la ayuda en tareas comunitarias locales, como también internacionales, a través de donaciones.
Cada año organizan y festejan con devoción la Nochebuena y Navidad. Cierta euforia y pena se presentan en estos eventos, ya que es la oportunidad para reunirse en familia pero también para recordar a los que no están.
Sólo por esa noche, la mesa es servida sobre un mantel heredado de los bisabuelos provenientes de Italia, que a pesar de sus años mantiene un blanco inmaculado. Acompaña una ornamentación acorde a la fecha, los colores predominantes son verde oscuro, rojo y dorado.
Salvador e Isabel disfrutaban de recibir, con gesto complaciente, a cada uno de sus invitados habituales, quienes se ubicaban como autómatas en el lugar asignado de siempre.
A medida que se agranda la familia cuesta imponer ciertas conductas, expresó Salvador en voz alta al ver a los nietos adolescentes y los dos yernos distraídos con el celular. Sin dejar de sorprenderse vociferaba: todo adelanto es bueno en la justa medida, no somos máquinas. ¿Quién alimenta y calma nuestro corazón? ¿Qué va a ser de esta gente con los años cuando quieran comunicarse desde los sentimientos y se den cuenta que no fueron construyendo esos vínculos?
Esa y otras tantas reflexiones pasaron por su cabeza y aunque quiso guardarse al silencio no pudo, y desde la cabecera de la mesa, una vez ubicados todos los invitados, Salvador comenzó a explicar el verdadero sentido de la reunión diciendo: la Navidad nos convoca, renace la luz, el amor, la paz, la esperanza y la fe. Es la oportunidad de repasar nuestras acciones, desechar aquellas que no nos dejan crecer como persona. Luego se dirigió a los nietos más pequeños: María y José llegaron a un lugar muy lejano llamado Belén, como no encontraron una posada se fueron a un establo donde nació el niño Jesús y fue puesto en un pesebre, hecho que le da significación a la celebración. Es a su padre a quien le debemos la vida y sólo él nos la puede quitar; pero no teman niños, son los malos los primeros en ser castigados.
Una vez finalizado su cometido, se dio por satisfecho ya que quizá algo de lo sembrado esa noche a través de sus palabras daría frutos.
Los cánticos y las manifestaciones de alegría inundaron la sala. El mensaje había llegado a todos ellos, menos a Isabel que se “retorcía en el piso de dolor”, implorando por su bienestar. En ese momento uno de los nietos más pequeños dijo: seguro Dios la castigó por comerse todas las almendras con chocolate. El rostro de Isabel tomó un tono morado, una almendra atascada en su garganta salía expulsada por el aire con un hilo de líquido rojo por detrás. Salvador se arrojó al piso para socorrer Isabel y los niños miraron confundidos el pesebre. ¿Isabel pertenecía al bando de los malos?, ¿el abuelo era su cómplice?

La noche del jueves, por Patricia Barcia

“Existen tantos naufragios como hombres hay”.
Joseph Conrad

Naufragios, náufragos… distintos tipos de naufragios, es simbólico decir que naufragó cuando fracasó ¿no?, puede ser una historia por ahí, quién naufragó, cómo, conozco alguno directamente, sí, por supuesto, varios, quiero seguir durmiendo…, naufragios. ¿Existen tantos naufragios como hombres hay o existen tantos náufragos como hombres hay? ¿Qué hora es? ¿Veo bien? Las tres y media, sí, cuatro horas y tal vez menos, eran casi las doce cuando me acosté, siempre me pasa lo mismo la noche de los jueves ¿cómo se nombra a la noche de un día especialmente en otoño avanzado o en invierno que son más largas? ¿Es la noche del jueves, primera parte y luego del día también la noche del jueves, pero la última parte?, si digo te veo a la noche del jueves ¿Cuándo es? Sería lo mismo la una o dos de la mañana o las diez o doce de la noche, siempre sería la noche del jueves. Pero estos jueves son distintos. Son los jueves después del taller de los miércoles, del taller de escritura y la consigna la tengo en la mente dando vueltas desde antes de salir de la biblio. Siempre lo mismo. Ya allí estoy viendo variantes y aunque me la pasé hablando de cualquier cosa, está rondando. Cómo lo enfoco, qué argumento, tengo que variar el estilo para conocer otras maneras de escribir aunque me resulten trabajosas. Si no me aburro, me aburre lo que escribo, y naufragios, empresas, proyectos, fracasos, por ahí puede ser pero no creo hacer nada interesante. ¿Qué me connota naufragio? Un barco que se hunde ¿también puede ser un avión que cae al mar? Entiendo que sí. En la película de Tom Hanks el que se estrellaba era un avión y justo se llamaba justo Náufrago. Puede haber muertos, muchos, o no. A ver, Paty, pensá en naufragios, obvio, Titanic, Di Caprio, un náufrago por excelencia, murió congelado, los que migran en las barcas con un montón de gente que viene de Turquía a Grecia, o de África a Italia, a Lampedusa. ¡Lampedusa! Justo le dije a Jorge que leyera El Gatopardo que era muy bueno y se desarrolla en Lampedusa cuando era la típica isla siciliana todavía alejada de estos avatares de libios, llegando o no llegando allí, hundiéndose. Muchos náufragos. Otros, los cubanos que cada tanto se fugaban a La Florida en las barcazas. Más de una se fue abajo y unos cuantos muertos. El buque anclado en la ría cerca de Río Gallegos, sobre la costa seca. Los soldados que fueron en el General Belgrano, el submarino de los rusos. El naufragio del buque nazi en el Río de la Plata con el capitán que se suicidó, los que se salvaron y se quedaron en Montevideo o fueron a Bariloche, si no recuerdo mal. ¡Ahhhh! Náufrago, El entenado de Saer, zafó por poco, buena historia de náufrago, y los naufragios de Alvar Nuñez, y este buque, un velero, que se perdió el año pasado en Brasil, y el mío. ¡Claro! Ese también fue un naufragio. Podría ser, contar cuando nos hundimos a la salida del puerto de La Plata ¿cuándo fue? Tendría que buscar la libreta cívica que se perdió en el agua y la tuve que renovar, me parece que fue en el 67. Me veo a mi misma tirándome al agua y después agarrada a uno de los últimos palos que marcaban el canal ya cerca del semáforo de la Isla Paulino enarbolando una remera roja que por suerte tenía a mano y me sirvió para avisar. No, si ésto da para todo. Menos para que pueda dormir. Mañana tengo el taller de lectura. Relajate Patricia. Dejalo para la tarde.



Ejercicio 3 – Narración con inicio dado

Consigna: Escribir un relato que comience con la siguiente frase ” Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros…”

¿Un cuento de velorio?, por Adriana Amborioni

─Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros −la voz de Cándido sonó áspera en el fondo azul de la noche−.Dos perros que lo respetaban, aunque en ocasiones, le temían.
Se dijo que el individuo, huesudo y viejo (como casi todos los habitantes del pueblo), pasaba días y noches sin alimentarlos. Lo que en un principio sonó inverosímil, luego se tornó creíble, para los amigos, en el devenir de la historia. La realidad se impone, más tarde o más temprano.
Desde la silla recostada en la pared, el flaco se sirvió otro vino y fluyó el comentario. −En nuestro pueblo a más de uno no le da el bolsillo para alimentar a los hijos, imaginen a dos perros−.
−Sí, amigo, pero esto fue otra cosa, al hombre no le faltaba dinero− aseveró Cándido −quien con curiosidad había escuchado la narración de boca de uno de sus mejores amigos en la antesala de la muerte, una de esas muertes donde el elegido perdía la jugada sin demasiada chance.
El velorio de Don Mario se extendería hasta la mañana. Una costumbre que los habitantes conservaban contra la moda de las grandes ciudades, en que el flamante cadáver resistía a solas hasta la hora del propio entierro o la de arder entre las llamas de un infierno anticipado.
Alguien acercó un banco de madera al grupo de los vecinos y la pregunta acalló los murmullos que llegaban lentos desde el cuarto del fondo “¿de qué se trata compañeros?”.
Otra ronda de vino. Los ojos detenidos en el gesto ampuloso de Cándido.
─Les digo que el hombre, poseía tierras hasta donde no alcanza la vista, la perversidad le fluía por las venas al ritmo de la sangre. En el pueblo se oía con frecuencia el aullido hambriento de los perros. Una mañana, mi amigo y otro compatriota lo cruzaron en dirección al río. No los vio, caminaba con pasos decididos. Los dos animales lo seguían por detrás, los cuerpos largos, ya no robustos, la piel pegada a las costillas. A pesar del hambre, movían el rabo con una actitud similar a la alegría.
Como cangrejos, los pies de los dos amigos retrocedían y se ocultaban en la densidad de los arbustos ante el menor indicio de alterar el fino olfato de las bestias. La persecución continuó por un tiempo que luego no acertarían en precisar. Minutos, tal vez horas. El sendero serpenteaba dentro del monte y se hacía difícil distinguir la luz del sol. Dejaron de percibir los sonidos matinales del pueblo. El silencio y las pisadas como única compañía.
La ronda alrededor de Cándido se pobló poco a poco, los que llegaban a dar su último saludo a Don Mario y abrazar a la viuda, antes o después, se convocaban para escuchar la historia. El velorio en pleno se paralizó.
Cándido disfrutaba, no tan incómodo por robar protagonismo a Don Mario, la atención que los vecinos ofrecían al relato.
─Aquella mañana –continuó, no sin marcar un paréntesis que inducía al misterio− el hombre se detuvo en un claro disimulado entre los arbustos. Los perros se adelantaron, y como si se tratara de animales de caza que olfateaban la mejor de las presas, con los hocicos húmedos y una velocidad vertiginosa en las patas delanteras, cavaron durante incontables momentos.
Los testigos imprevistos del espectáculo, no creían lo que tenían frente a los ojos.
El corredor abierto en la tierra por los animales, los sumergió en una cueva donde, con paciencia y sin temor aparente de ser descubierto, el hombre flaco desenterraba pequeñas piezas de oro (el oro más puro que solo habían imaginado en aventuras de extintos piratas), las seleccionaba y alojaba parte del motín en el morral de cuero que colgaba de su hombro. Los perros se acercaron, las pupilas rojas, brillantes, los hocicos en alto proferían sonidos guturales.
La mano huesuda del hombre extrajo de la tierra dos grandes trozos de carne putrefacta y los arrojó hacia un sitio alejado.
Los amigos, como si se pusieran de acuerdo, giraron y se esfumaron más allá del monte. Aún en la distancia percibían el olor nauseabundo, mientras los animales desgarraban el preciado alimento y menearon la cola, satisfechos.
Cándido acabó la narración al tiempo que la joven viuda acercaba su sombra por el pasillo.
Hicieron silencio, por respeto, cuando de atrás de las piernas de la mujer, asomaron los dos perros (piel fina y costillas sobresalientes), y se escurrieron, inquietos, entre el grupo de los hombres.

PUREZA, por Carlos Guerrero

Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros. Como pueden apreciar el relato propone tres protagonistas, un humano y dos caninos. La historia nos habla de innumerables acontecimientos protagonizados por estos actores. Muchos de ellos destacan las virtudes del mundo canino. Lealtad, valentía, afecto, compañía y hasta devoción hacia el ser humano. Por el lado inverso, nos hacen saber de la correspondencia de éste, a ese cúmulo de bondades del mejor amigo del hombre. El humano ha empleado las formas más variadas en contar hazañas, heroicidades y muestras de amor que enaltecen al canino. Va de suyo que encontrar un nuevo enfoque en la tarea a realizar alcanza remotas probabilidades de éxito. La historia que me propongo contar, siendo uno de los protagonistas del terceto mencionado, no cuenta con actos de arrojo, lealtades más allá de las normales, ni actos sublimes destacados. Advertidos del carácter no épico del relato, entro en él.
Mi nombre es Tom, más conocido en el vecindario como el viejo Tom y acompaño al dueño de casa, el señor Edgar Santana, hace 14 años. El tercer protagonista del relato es Junior. Junior fue producto de una actitud intempestiva e inconsulta del señor Edgar. A los siete años de edad fui atacado por un extraño virus que me colocó al borde de la muerte. Mi dueño, agotó los recursos veterinarios, prometió que si me recuperaba no volvería a correr el riesgo de quedarse solo. Es así como entra miss Daysi en mi vida, una perrita muy joven y linda que me es presentada en forma forzada. Antigua actitud de los humanos ésta, forzar relaciones. Vislumbrando el objetivo buscado, me negué en forma terminante, de ninguna manera iba a crear mi propia competencia. Un humano, antiguo y sabio (Platón) pronunció la famosa frase “débil es la carne”,… Junior es el ejemplo viviente de su acierto. Como es obvio luego del nacimiento de mi descendiente, miss Daysi fue devuelta a su dueña, completando así la vejación y humillación soportada. Extraño comportamiento del hombre (animal considerado superior), que dice regirse en su gran mayoría por comportamientos llamados democráticos, el decidir relaciones de su especie y otras no parece una de ellas. En el mundo canino nosotros decidimos cómo, cuándo, y dónde nos relacionamos, sin intervención de terceros, una verdadera antigüedad, ¿verdad?
Para completar la presentación de la trilogía original dedico unas pocas líneas al Sr. Edgar Santana. Se dice, en corrillos que presumen de bien informados, que desciende del General Mexicano don Manolo Santana que protagonizó la famosa batalla del Álamo en Texas, Estados Unidos. En cuanto a su fortuna se comenta que el origen de la misma no tiene mérito alguno, dado que tropezó con una mina de oro en su juventud, cayendo de bruces sobre ella. Por otra parte, he oído que no existe ni una gota de sangre del famoso general en su cuerpo y que su buen pasar se debe a un descomunal esfuerzo hecho en su juventud, cuando pasó las más diversas privaciones. En síntesis y, como es muy común en el mundo de los humanos, nadie sabe nada cierto con respecto a él. Extraña actitud humana ésta de propagar versiones antojadizas y opuestas de un mismo hecho. Le dan el nombre de chismes, creo. En el inferior mundo canino no hemos alcanzado tal grado de evolución, pero no perdemos las esperanzas.
Si bien aclaré que mi vida de perro no tiene nada fuera de lo normal, es probable que en forma accidental haya protagonizado parte de un episodio de cierta magnitud. El Sr. Edgar sufrió un accidente al caer de las escaleras de la enorme mansión que ocupamos, perdió en forma total el conocimiento. Junior y yo ladramos con fuerza, en busca de ayuda. Intenté tomarlo de su ropa y arrastrarlo hasta la puerta de calle. El jardinero irrumpió en la sala y dejó inconcluso el que hubiese sido mi primer acto heroico. Nunca lo perdonaré. Las consecuencias de la caída fueron graves, muy graves. El Sr. Edgar no recuperaba el conocimiento y hacía infructuosos los esfuerzos de los médicos que lo asistían. Ningún veterinario participó de la consulta. El jardinero y el policía del vecindario se encargaban de procurarnos comida y alguna atención. Los días se sucedían y el Sr. Edgar no daba señales de vida. Decidimos con Junior ir hasta la clínica donde se hallaba internado, queríamos verlo. La increíble soberbia humana provocó que fuéramos expulsados de mala forma por personal de guardia de la clínica. Extraña actitud, le niegan el acceso a quienes conviven con el paciente. En nuestro mundo…bueno, ya saben. Regresamos a la mansión, ingresamos, como siempre, por la pequeña puerta a nuestra disposición. A la noche nos trasladamos a las cercanías de la clínica dispuestos a hacernos oír. Aullamos a más no poder, esta vez llovieron piedras sobre nosotros. Fue así noche tras noche, nuestros lamentos y la consiguiente represión.
En forma sorpresiva la situación cambió, enfermeros y guardias de la clínica se acercaron a nosotros con cierto recelo pero en forma amistosa, nos ofrecieron alimentos. Los dejamos tomar contacto y nos acariciaron con afecto. Fuimos tomados del collar con suma suavidad y nos trasladaron al interior de la clínica. Junior, dada su juventud, se mostraba algo nervioso, quedó en la puerta de la habitación del Sr. Edgar, su olor era inconfundible. Ingresé en el cuarto, el doctor estaba eufórico, no dejaba de repetir, les dije, les dije, a cada aullido un movimiento del paciente,… vuelve el Sr Edgar, vuelve…. Yo pugnaba por acercarme al lecho donde yacía mi dueño, pero el enfermero me lo impedía. El doctor lo notó y ordenó, déjelo, déjelo. Alcancé a lamer la mano de mi dueño. El Sr. Edgar la apoyó sobre mi cabeza, respondiendo la caricia. Es extraño el comportamiento humano, actuaban como si hubiese realizado la más heroica de las hazañas, solo hice lo habitual, lamer la mano de mi dueño. Guau, guau. Hasta la próxima.

Testigo mudo, por Carlos Egües

Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros, solo Emma, que allí no vivía, era quien al menos dos o tres veces a la semana ayudaba en las tareas para mantener la oscura construcción que había visto mejores épocas.
Cuando Rose Meredith llegó como la tercera esposa de Evan Von Grethend, lo hizo acompañada de sus fieles mascotas, un casal de cachorros ovejeros belgas, recibidos como regalo de su hermano Karl, quien dedicaba el tiempo libre al criadero de la raza.
La llegada de Rose cambió la dinámica de la mansión, apenas puso pie en ella, comenzaron una seria de reformas y decoración haciendo temblar el bolsillo de Evan, su cuarto esposo. Acostumbrada como estaba a brillar en una intensa vida social, la que no iba a ser abandonada tal como le prometiera su nuevo consorte, nada le faltaría, dispondría de todo lo necesario para ello, entusiasmo no le faltaba, buscaba deslumbrar en cada ocasión que la tenía como protagonista, sin escatimar en la realización de fiestas y bailes, su razón de ser desde que hubiera llegado a este mundo, un universo inculcado por su noble y adinerada familia.
La nueva vida transcurría según sus planes, a pesar de los sobresaltos de Evan, ella no se amilanaba ante los rezongos que cada vez y con más frecuencia hacían estallar en duros reproches al esposo. Todo tiene un límite pensó él, comenzó a tramar un plan para detener esa corriente que menguaba sus recursos, escasos por cierto, pero que ella desconocía. Finalmente una idea vino a su mente, aunque debía madurarla, no podía lanzarse al escarmiento sin asegurarse que funcionaría.
El día llegó con el anuncio de una reunión en la cual se agasajaría al Conde Rupert König, quien había llegado hacía escasos días en plan de descanso. Rose de inmediato pensó en brindar una cena, con velada lírica y baile, asistirían unos cincuenta invitados.
Para colaborar con Rose, Evan sugirió que contratara a Emma, aunque no fuera necesario pensó que aceptar la sugerencia haría que él no lanzara sus consabidos reproches. Emma se presentó de inmediato, como si esperara el fin del diálogo para hacer su entrada, llegó con poco bagaje, pero no solo eso, sino que además venía acompañada por su mascota.
La cena y la velada transcurrieron según los planes, y al promediar el baile, algo sucedió que puso fin a la fiesta. Nunca se pudo saber cómo fueron los acontecimientos, solo que luego de un apagón de luz, un movimiento se escuchó sobre el piano, y acto seguido el ruido de una copa que se estrellaba en el piso. Se encendieron algunas velas, allí se descubrió que Rose yacía muerta al costado del piano.
Pasados los primeros minutos de desconcierto y asombro, fue convocado el médico de la villa, y junto a él llegó el comisario. El doctor diagnosticó muerte por ataque cardiaco.
Los invitados se fueron retirando uno a uno, cuando hubieron quedado solos Emma y Evan, junto a los perros de Rose, yo que era testigo material de los sucesos, vi cómo se estrecharon en un fuerte abrazo, al principio pensé que la conmoción hizo perder a Evan su noble condición siendo que permanecía muy estrecho junto a la criada, pero algo me hizo pensar que quizás no fuera solo eso, no lo supe interpretar en ese instante.
Pasaron los días y los meses, la residencia iba perdiendo brillo y elegancia, se cerraron habitaciones, se apagaron luces, la vida de la casa se circunscribió a la cocina, un comedor y un pequeño living, solo dos habitaciones se dispusieron para esta nueva realidad, una ocupaba Evan, la otra, la compartíamos los dos ovejeros y yo.
Me lo he preguntado varias veces, he sido testigo de un plan que no puedo enunciar, solo sé que estuve allí, fui acompañando a Emma y jamás regresé con ella.

La Eterna Lucha: Templarios y Asesinos, por Gioele Sanna

El fruto del Edén
-Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros – dijo el Maestre de los Asesinos, estaba sentado en una silla junto a la cama de sus dos pequeñas hijas contándoles un relato sobre las hazañas de “Ezio Auditore da Firenze”, aquella vez cuando expulsó la tiranía Borgia templaría de Roma, allá por el 1500, o cuando viajó hasta la lejana Constantinopla para encontrar las llaves perdidas de Marco Polo.
Las dos niñas de pelo rojizo lo escuchaban con detenimiento a la vez que se apretujaban bajo las mantas de seda con bordados de plata y zafiro. Definitivamente aquella habitación podía considerarse llena de lujos, de hecho, la entera mansión estaba llena de ellos.
Cuando por fin terminó el cuento, las hijas protestaron y exigieron que leyera más capítulos, pero su padre no hizo otra cosa más que reirese, darles un beso de buenas noches y apagar las luce. Las chicas pensaron que la noche siguiente les leería otro relato con lo cual se tranquilizaron y cerraron los ojos, lo que no sabían las niñas es que aquella sería la última vez que verían a su progenitor.
El hombre se refugió en su estudio, lleno de tapices, reliquias extrañas, armas históricas, pergaminos ancestrales, y por supuesto la Manzana del Edén, un artefacto capaz de controlar la mente de las demás personas. Durante mucho tiempo había pertenecido a los Templarios quienes lo ansían para buscar un Orden Mundial, donde según ellos se benefician ricos y pobres por igual, por otro lado, los Asesinos lo buscan para impedir que los Templarios hagan uso de él, dicho esto no está de más decir que es algo que es robado continuamente entre las dos organizaciones.
El Maestre se quedó mirando la Manzana mientrasla puerta se abría de repente, entró un joven armado con una pistola Luger alemana acompañada de un silenciador y lo apuntaba a él.
-Me preguntaba cuánto tardarías en llegar, Ruslan – dijo. El chico estaba un poco nervioso y asustado, espantado por la tranquilidad que provenía desde la boca del Maestro de los Asesinos… ¿Acaso no sabía que iba a morir?
Se quedó sentado en su escritorio a la vez que se sirvió un vaso de Vodka.
-¿Qué crees que haces? – Le preguntó Ruslan molesto.
-¿Qué hago? Me doy el lujo de tomar un último sorbo de alcohol.
Ruslan contemplab a la Manzana del Edén, allí, apoyada sobre el escritorio, el artefacto por el cuál su padre había luchado y muerto, por fin estaba ante él.
-Es un juguete muy interesante – declaró el Asesino.
-Sí y está en las manos equivocadas – seguido de eso, Ruslan disparó y su víctima cayó al suelo. Se acercó hasta él, no estaba muerto, ni siquiera herido, debido al chaleco anti balas, Ruslan sacó su Hoja Oculta y la acercó hasta la garganta de su oponente. – Últimas palabras.
-Han tenido el mundo entero ante sus pies durante generaciones y generaciones, dime… ¿Dónde está el poder de los Templarios cuando miles de inocentes son víctimas de la muerte?
-Es en este siglo XXI cuando pondremos cada cosa en su lugar, ya no habrá nadie que muera de hambre, sed o frio, por fin, nuestra sagrada orden posee todos los Fragmentos del Edén.
-En mis años de juventud muchas veces me imaginaba cómo sería la sociedad del siglo XXI, por aquel entonces yo contaba con quince años e imaginaba un mundo perfecto, donde la violencia hubiera sucumbido ante el majestuoso encanto de la paz, y el ser humano caminara erguido por un sendero de esperanza hacia una civilización, donde no existiera el hambre, la pobreza, ni la esclavitud, una sociedad donde todos los seres humanos pudiesen tener las mismas oportunidades y el respeto por la vida fuese la enseña de la humanidad. Ahora que estamos inmersos en él, puedo afirmar que la naturaleza no me dotó del don de la videncia.
Ruslan le rajó el cuello amablemente, luego, cuando su corazón dejó de latir, le cerró los parpados.
-Requiescat in pace, gusano.

La Eterna Lucha: Templarios y Asesinos II. Gioele Sanna.
Relato basado en los libros y videojuegos de Assasins Creed.

Había una vez un hombre …, por Hebe Chambard

Debíamos viajar a Buenos Aires, sin falta, y en nuestra ciudad diluviaba. Fue imposible conseguir un taxi para llegar a la Terminal a tiempo, lo cual decidió nuestro destino…
Por supuesto perdimos el ómnibus por lo que, desesperados, le pedimos a un amigo que nos llevara.
Hacía varios días que llovía, las rutas en esta zona de lagunas estaban anegadas. Ante nuestra desesperación el puente que cruzaba uno de los canales parecía que en cualquier momento iba a desaparecer. La policía impedía continuar. A un lado del puente había un sendero de ripio, que Esteban, nuestro amigo, dijo conocer y que además nos permitiría “cortar camino”. Nos adentramos en él hacia un monte y, para complicarnos, “se largó a llover”. Seguimos como pudimos, pero finalmente hubo que detenerse ya que oscurecía. Miramos a nuestro alrededor: campo y más campo, sólo una tranquera y un largo camino tras ella. En el fondo se levantaba una antigua casa. Continuaba lloviendo y hacía frío. Ante la posibilidad de pasar la noche en el auto, decidimos seguir hacia ella. El viaje estaba perdido, no llegaríamos a tiempo.
Resignados y empapados golpeamos la puerta de la vieja casa, que en realidad parecía vacía. Sin embargo a los pocos minutos escuchamos unos pasos y la puerta se abrió. Un anciano seguido de dos perros nos sonrió. Al ver nuestro estado calamitoso con amabilidad nos hizo pasar.
Entramos a una gran sala con una hermosa chimenea encendida; los enormes troncos crepitaban y una sensación de bienestar nos invadió. Los sillones eran cómodos. El dueño de casa hablaba poco o nada, sólo sonreía. Pronto el sopor nos venció y creo que nos dormimos.
Desperté en medio de la noche, la casa estaba completamente a oscuras, el fuego apagado, ni una brasa se veía en él. Escuché el ruido de una puerta al cerrarse. Corrí a mirar… era la puerta de entrada.
Llamaron mi atención unas formas flotantes, blancuzcas, seguidas por dos pequeñas sombras de cuatro patas. Me reí para mis adentros y pensé: “Estoy soñando”. Volví al sillón. La sensación de bienestar había desaparecido: hacía frío. Igualmente me dormí y nos despertó el sol que entraba por unos grandes ventanales. La puerta estaba abierta y la casa se veía como abandonada. Decidimos partir. No les conté a mis compañeros mi sueño…era un sueño.
Llamamos al dueño de casa para despedirnos y agradecerle: nadie respondió.
Con el día y el sol vimos que a unos doscientos metros había otra casa, por un sendero se acercaba un hombre. Nos saludó y le contamos que don Emilio (así dijo el dueño de casa que se llamaba) nos había permitido pasar la noche. Queríamos despedirnos y agradecerle. El vecino primero nos miró asombrado y luego largó una carcajada. Nos miró y dijo:
“No puede ser, Don Emilio falleció hace dos semanas con sus perros, al cruzar la vía del tren. Estaba muy sordo. Lo que llamó la atención a los vecinos es que los perros, que él amaba, no lo detuvieran…”.
Nos miramos, no dijimos ni una sola palabra, nos despedimos y partimos.
El sol brillaba, decidimos volver a nuestra ciudad. Necesitábamos sentirnos seguros…

Los cuentos que mamá nos leía, por Lily Jorge

Buscando unos papeles, encontré un libro de cuentos que nos leía mamá.
Apoyé los diez dedos sobre el lomo y cerré los ojos para hacer un viaje en el tiempo. Pero nada pasó, entonces, abrí sus páginas húmedas y viejitas y leí… “Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros…”
Recordé la historia y, cómo pedía la descripción con lujo de detalles, de los perros fieles que acompañaban las desventuras de ese hombre solitario, sus nombres, dónde dormían y cómo se llamaba el dueño.
Mamá, con maestría, nos inventaba un mundo comprensible, donde, después de mucho padecer los protagonistas, recibían las compensaciones a tanto esfuerzo y voluntad por revertir una suerte aciaga que se rendía ante tanta virtud.
……………………………………………………………………………………………………………
El timbre del celular me trajo al presente y, después de un intercambio de datos, volví a mis asuntos.
Me calenté un poco de café y me integré al paisaje otoñal que transcurría afuera, brumoso y solitario, donde podía adivinarse el mar y me imaginé la mansión del cuento.
¡Cuánto tiempo había transcurrido desde mi infancia! Cómo había cambiado el estereotipo de familia, la concepción de la vida con premios y castigos, el concepto de felicidad. Crecimos con una cosmovisión religiosa que influyó mucho en nosotras y nos llevó años despojarnos.
No pude evitar una sonrisa al establecer un parangón entre el cuento y la actualidad: Hoy la humanidad pugna por una vivienda, el matrimonio tiene certificado de defunción y poco a poco se imponen los gatos como mascotas pues son silenciosos e independientes y se adaptan a pequeños departamentos.
Mientras guardo el libro, reflexiono en voz alta: Tengo la certeza que el amor no ha perdido vigencia, solo han cambiado algunas formas de manifestarse.

LA NIÑA HUERFANA IDIOTA Y LOS PERROS DE PLATA, por Miguel Araya

Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros egipcios plateados, se hamacaba en una antigua mecedora de mimbre, en el porche de entrada y contemplaba a febo esconderse en el horizonte, mientras un manto de sombras invadía su moribundo pueblo natal, alguna vez lleno de luces, ahora en penumbras debido a la represa hidroeléctrica inactiva.
Gastó su fortuna en la compra de dos esculturas místicas, dos sabuesos sagrados de plata, una gitana pronosticó que salvarían al pueblo de la sequía. Balanceándose en su portal, exhausto de tener fe y esperanza por más de un año, esperaba el triste final, veía marchitarse el valle, morir lentamente las plantaciones que habían sustentado la vida y el progreso.
La selva creció desproporcionada río arriba causando la pérdida de caudal. Quedó solo un pequeño arroyo, una lágrima del torrente agonizante que no era suficiente para regar los cultivos. La flora tan espesa y demasiados animales feroces, impedían ingresar al lugar para liberar las aguas salvadoras.
Ningún valiente que lo intentó regresó.
Rechinaba el mimbre mientras se mecía somnoliento. En cada crepúsculo, lo visitaba la niña huérfana idiota del pueblo, minusválida de nacimiento. Llegaba cada tarde arrastrando una pierna, con un bracito encogido, ojos desorbitados, encorvada, siempre con una radiante sonrisa. Al llegar al pórtico, caminaba en círculo alrededor de cada perro. Acariciándolos, miraba al hombre y extendía el brazo hacia él, la mano abierta movía los dedos. Al recibir una moneda se marchaba triste, disconforme. El hombre, la contemplaba con tristeza y pensaba: “Cómo me gustaría ser como ella, para no tener conciencia de la trágica muerte que nos espera… ¡Bendita ignorancia!”.
Esa tarde de anciano invierno gris, no fue igual a las demás, el hombre sentía que se acercaba el final de su vida. Hacía una semana que no comía, el día anterior le entregó a la pequeña visitante la última moneda. Solo conservaba el tesoro que le heredó el padre con el que inició su fortuna, una enorme moneda de plata, por eso la guardaba con mucho celo en el bolsillo del chaleco.
Cuando ella extendió la mano, él dudó. Buscó una forma de explicarle que ya no tenía monedas, pero el corazón se negó a mentir y, con un esfuerzo sobrehumano, sacó la moneda de la suerte y se la dio. Ella sonrió más de lo acostumbrado y moviendo la cabeza asintió feliz, comenzó a saltar, la pierna y el brazo inválidos funcionaron, la espalda se enderezó. Saltó alrededor de los mastines sagrados, con los brazos en alto, el rostro hacia el cielo, reía a carcajadas. Tomó la moneda con ambas manos, las puso en su frente en una plegaria, refregó las palmas y la moneda se convirtió en agua, la tiró hacia arriba y precipitó una llovizna mágica plateada sobre ella y los canes. Cayó desmayada con un extraño resplandor en el cuerpo. Los galgos cobraron vida, dieron un par de ladridos, tomaron con sus temibles fauces los brazos de la pequeña maga sin hacerle daño y corrieron hacia el río seco. Instintivamente el hombre dejó la silla de un salto y corrió tras ellos.
Los observó sumergirse en el pequeño hilo de agua que amenazaba con desaparecer y, aunque no tenía profundidad, los tres desaparecieron bajo la superficie. Luego de unos segundos emergieron dos enormes delfines. Entre ellos, tomada de sus aletas dorsales, una hermosa y perfecta sirena de luz, que dirigió una última mirada y sonrisa al hacendado que pensaba morir esa noche, luego nadaron a gran velocidad río arriba, mientras una avalancha de tinieblas aplastaba los últimos rayos de claridad.

EL SECRETO, por Norma Pedrotti

Esta es la historia de una mansión resguardada celosamente por dos perros, en ella podía observarse actividad pero nadie jamás había visto a sus habitantes.
La casona, de una belleza arquitectónica estilo Georgiano, se alza sobre las costas de los mares escoceses, en el sector norte de la península, cercana al centro portuario más importante de la región comercial de British. La fachada presenta una decoración clásica, esencialmente simétrica, con ventanas a ambos lados de la puerta principal ubicada en el riguroso centro. El interior presenta con espacios amplios y escaso mobiliario de color roble oscuro, logrando una sensación de falta de luminosidad. Las alfombras acolchadas ayudan a silenciar cualquier tipo de ruido. Fue construida hace 200 años y conforma, con sus 80 hectáreas, un lugar de privilegio y distracción para los amantes del mar y de la arquitectura milenaria. El parque cuenta con plantas típicas de zona fría y húmeda, con hojas perennes (coníferas) y caducifolias. Esta vista le ofrece al observador un paisaje multicolor en la gama del amarillo al verde.
Sin embargo, hay otro sector de la residencia que parece ajeno a todo el complejo; el pasto a su alrededor aparenta estar quemado o renegrido, su construcción está un poco derruida y es notoriamente más antigua que el resto de la edificación. Llama la atención, no sólo por estas características, sino también por los reiterados e indescifrables sonidos que de allí provienen.
Como ya todos saben, esa es la morada de Jack y Soon, los perros que residen en la mansión. Los habitantes de la zona afirman que esos canes siempre estuvieron ahí, e incluso sostienen que sus familiares más ancianos también decían lo mismo, y ya eran una especie de mito viviente en el lugar. Los ojos de esos animales brillan de una manera especial, similar a la mirada de una persona. Acostumbran a aparecer sigilosamente. Clavan la mirada y siguen de reojo cualquier movimiento. La gente les teme y por lo general nadie se les acerca.
Por supuesto, estos sucesos alimentan algunas historias extrañas que circulan en relación a la mansión y sus habitantes. Los vecinos se hacen eco de ellas y las difunden entre los viajeros que llegan al pueblo. Cobraron tal notoriedad que llegaron a oídos de personas lejanas y fueron una inspiración para cronistas y escritores.
El misterio y el horror de los relatos que se generaban y naturalizaban como fábulas dieron lugar a interpretaciones vacías de contenido empírico. Sin embargo, los tripulantes de la marina mercante, que habitualmente arribaban a la costa, tenían otra perspectiva sobre la casa. Su incesante actividad diurna y nocturna los llevó a no perderse detalles de ese lugar tan singular.
Quien no se dio por aludido acerca de esos comentarios fue James Brook, el capitán del Hansa, nombre del barco perteneciente a la marina mercante de Inglaterra. Su tripulación no conocía demasiado a James, solo se sabía, por los datos registrados, la edad, lugar de nacimiento y profesión. Tenía un perfil solitario, introvertido y con conductas paranoicas que lo llevaban a aislarse aún más del grupo. Cierto día, James, no zarpó en el Hansa como lo hacía de costumbre, lo que provocó inquietud en sus compañeros. De inmediato se arbitraron los medios para llegar a su lugar de residencia, de acuerdo a los datos registrados en la base, pero ese domicilio no existía. Todo indicaba que se haría cada vez más difícil encontrar su paradero. La investigación llevó más de siete días de rastrillaje intensivo. La tripulación del Hansa, agotada por esta infructuosa búsqueda, decidió ir a los medios periodísticos. Cuando unos muy antiguos datos registrados, que databan del siglo XVII, dieron con la clave, el redactor que los descubrió y llevaba a cabo la investigación periodística, exaltado, gritó con asombroso estupor: yo sabía…ahí está. Mientras las máquinas de la imprenta grababan en el papel esta noticia: HOMBRE HABITANTE DE UNA EXTRAÑA MANSIÓN MUERE ATACADO POR DOS PERROS.

Los ladrillos de la mansión, por Patricia Barcia

Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros. Pablo tendría poco menos de cincuenta años, desde niño habitó allí y siempre tuvo dos perros. Al morir alguno adoptaba otro para que lo acompañara. Los tres siempre fueron felices así.
La casona, casi un castillo proyectado por un arquitecto “de bancos”, decía un tío, estuvo al cuidado de algún antepasado suyo desde hace más de ochenta años. Primero de su abuelo, que huyó de la guerra civil española (mejor dicho, de Franco) y vino dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener a la familia, pero, conocedor de tareas rurales, rápidamente se encargó del campo lindero, además del cuidado de la vivienda. Luego su padre, que accedió a estudios de contabilidad, llevó los papeles del predio y también controló el mantenimiento. Ahora, desde hace tiempo, él. Es como su casa porque nunca tuvo otra. Cambiaron los dueños varias veces. Se heredó, se vendió, pero ellos permanecieron como garantía de perpetuidad.
Claro que ya el terreno se limita a solo cuatro hectáreas arboladas (con algunas gallinas y la quinta de productos orgánicos sobre una medianera). La mansión en cambio, sigue con pocas modificaciones. Todos la consideran un baluarte de diseño de principios de siglo y sabe que el gobierno de la provincia estaba atrás para declararla patrimonio cultural.
La biblioteca original, inmensa, de más de cien metros de superficie junto al escritorio y el cuarto posterior, tuvo miles de ejemplares que fueron renovándose y desapareciendo a lo largo del tiempo. Bueno está decir que cuando los herederos de los fundadores tomaron posesión no fue el lugar a dónde más concurrieron y al vender la propiedad, porque se mudaban a Europa y a Estados Unidos, eligieron para llevarse algunas pinturas y jarrones de la dinastía Ming.
Pablo estuvo pupilo en un colegio jesuita durante su adolescencia y esos curas, si algo tienen es fomentar la lectura y la investigación. Al volver miró los estantes. Fue como si lo hiciera por primera vez. Los libros y los perros pasaron a ser su compañía favorita.
Enseguida su padre lo instruyó para convertirse en indispensable en el palacete. Buen alumno, desde hace veinte años es quien se encarga de todo. Administra, controla, recibe, prepara, garantizando que no haya sorpresas y que los dueños (cuales fueran) se sientan agasajados, como invitados a un lujoso hotel. La artesanía criolla en plata, una de sus destrezas, se convirtió en una fuente extra de ingresos, algunos comercios en el pueblo las ofrecen, y a fin de año, debe asegurar una producción importante de platería ya que los propietarios las regalan a empresarios con quienes negocian.
Si bien la casa está solitaria la mayor parte del año, en ocasiones se realizan reuniones y alguno que otro evento familiar. El que no falla todos los meses es el contador Jorge Rengos. Observa el histórico edificio, controla los gastos, supervisa las tareas (suele haber arreglos de tanto en tanto en la mampostería, techos y ventanas que sufren el paso del tiempo). Entra en el escritorio, cierra la puerta y puede pasar horas allí sin salir. Generalmente le dice a Pablo que se tome el día (a veces son dos o tres). Le da dinero para ir a un hotel barato, los extras para comer, la nafta, etc. Y se queda ahí solo.
Pablo ahorra ese dinero porque pasa los días en casa de un amigo o una novia. Como los fines de semana, aprovecha de tomar la cervecita comiendo un choripán mientras mira el partido, o disfruta de un buen asado con vino.
Pero este último año el contador apareció pocas veces. Tanto que hubo que suspender algunas obras previstas porque no tenía el dinero para pagarlas. Raro, si algo nunca faltó fue efectivo, y cumplir con los proyectos.
Una noche, Rengos llegó jadeando pese a que recién bajaba de su auto. Nervioso, muy preocupado. Le dijo que se fuera hasta la tarde siguiente, que le iba a dejar dinero. Le avisaba que la casa se vendería.
Pablo salió preocupado. Le sorprendió la actitud del contador pese a que se rumoreaba en el pueblo que esa casona volvería a cambiar de dueños en cualquier momento. Al volver todo estaba como antes (no era la primera vez que faltaban botellas de la bodega o quedaba restos de whisky en un vaso), pero en el escritorio esta vez, había un sobre con una nota que agradecía los servicios y, previendo sus necesidades económicas y a modo de indemnización, se firmaría en una escribanía la cesión de una casita, ubicada en las afueras del pueblo, propiedad del dueño. Debía presentarse con los documentos en quince días y daba otros detalles más.

Si bien lo esperaba, fue un golpe. Trata de asimilarlo y comienza a despedirse tranquilo de ese lugar, de toda su vida. Por las mañanas retarda el tiempo del mate en el ala que da al este donde el sol se siente tibio y el aire transparente. Recorre la casa. Al atardecer se sienta a tomar una cerveza y no puede dejar de reconocer cada ladrillo gastado, cada baldosa, cada madera, cada reja. Quiere alejarse en paz.
Por eso mira a través del vidrio al escuchar a los perros ladrar desaforadamente. Estaba calentando el agua en la pava y echando un chorrito en la yerba para que se fuese hinchando, se sorprende. Alguien viene.
Pero el real estremecimiento lo siente, sin dudas, cuando ve llegar a alta velocidad y estacionar a metros de la puerta de entrada, varias camionetas y tres autos, con el signo inconfundible de la policía. Los hombres bajan, gritan, corren, hablan por teléfono, los motores siguen encendidos. Pablo pregunta qué pasa. Un hombre vestido de traje le presenta un escrito sin darle tiempo a reaccionar.
Las puertas de los pequeños camiones se abren. Hay movimientos extraños. Los perros de Pablo dejan de ladrar y alzan las orejas. Miran intrigados. Un tipo alto de uniforme grita a los que están adentro de los vehículos ¡Bajen a los perros, que busquen todos los “ladrillos de verdes”!

EL CUENTO, por Patrizia Trofini

“Había una vez un hombre que vivía sólo en una mansión con dos perros”, su única compañía. Años atrás había despedido a la señora que le hacía los quehaceres de la casa, así como algún guiso de verduras para comer de vez en cuando, que le alcanzaba para toda la semana.
Cansado de escuchar siempre las mismas preguntas que le hacía: ¿cómo anda hoy, Don? (nunca aprendió su nombre), ¿durmió bien, cenó, desayunó? Una tarde, cuando la mujer se acercó para despedirse hasta el otro día, el hombre le entregó un sobre con la paga de un mes y, con voz firme y siempre con sus dos perros al lado, le dijo que no volviera más.
La mujer tomó el sobre, lo miró asombrada y le preguntó por qué no quería más sus servicios, él simplemente dijo: “me cansé de usted”, y antes que le hiciera otras preguntas o le pidiera alguna otra explicación, le dio una palmada en el hombro y fue empujándola hasta la puerta de entrada de la mansión, sin mirarla y sin oir sus lamentos y preguntas, ya que el despido inesperado la tomó totalmente por sorpresa.
El hombre sabía que el descontento crearía el odio de la mujer y algunos parroquianos, pero no le importó lo que se dijera en el pueblo sobre su actitud.
Haberse aislado le dio libertad para disponer de su casa en todo horario, sin tener que estar pendiente de nada ni nadie. Se levantaba a la hora que quería, comía lo que encontraba en la alacena de la cocina y sólo se ocupaba de los perros. Una vez al mes, sacaba la camioneta para ir al pueblo a comprar algunas cosas, aunque cada vez necesitaba menos.
Por la calle nadie lo saludaba. Esa única salida mensual, concluía en el bar de Suarez, donde tomaba algo y comía alguna cosita que su señora tenía lista. Luego se volvía a la mansión, siempre en compañía de los perros.
Un día, al salir del bar, se tropezó con una mujer. La bolsa que traía en la mano cayó al piso desparramando unas latas y paquetes. Al alzar la mirada y a punto de insultarla, la cabellera larga y rubia dejó al hombre con la boca abierta. Se miraron a los ojos. El aroma del perfume que emanaba de ella lo hipnotizó por un momento, lo transportó al pasado, a su juventud. Intentó hablarle pero no pudo emitir ningún sonido, su mirada de un color negro intenso lo atrapó.
Los perros, atentos a su amo, se pusieron delante de él y de un salto derribaron a la mujer que cayó al piso. Por los gritos de auxilio y llanto, unas personas salieron del bar e intentaron ayudarla, ante la mirada atónita del hombre que parecía no entender la situación. Como despertando de un sueño, le gritó a los animales que, al instante, soltaron a la pobre mujer, él comenzó a pedirle perdón de rodillas con el rostro lleno de lágrimas. Se ofreció a llevarla al hospital para que la atendieran, pero ella no quiso. Suarez le dio un vaso con agua, que aceptó de buena gana ya que el susto todavía la hacía temblar.
Pasado el mal momento, más tranquilos y ya solos, el hombre le preguntó cómo se llamaba, ella, con voz trémula, le dijo: Mara.
-¿Te llevo a tu casa, Mara?
-No, no tengo casa. Vine a visitar a una tía y ya me vuelvo para mi pueblo, gracias. -Y sin otra palabra, se levantó.
El hombre, aún con la culpa en el rostro, no sabía qué hacer para disculparse por el mal momento sufrido. La belleza de la mujer lo tenía atrapado y no quería separarse de ella.
-¿Qué puedo hacer por vos?
-Nada, no necesito nada.
-Puedo invitarte a mi casa, si no te ofende, -lo dijo con el rostro enrojecido de vergüenza.
– Tengo tiempo -le respondió- el próximo micro para mi pueblo sale mañana.
Y sin más, la invitó a subir al vehículo. Una sonrisa cruzaba su cara de lado a lado. Los perros, atados en la parte trasera de la camioneta estaban atentos al amo, quien por primera vez en años, volvía a la mansión acompañado por una dama.

Soñar con un león blanco, por Rodolfo García Quiroga

Había una vez un hombre que vivía solo en una mansión con dos perros y estaba aprendiendo a volar. Al menos así se decía. Alguna vez lo habían visitado muchas personas, mujeres y hombres que pretendían ayudarlo a limpiar la mansión a cambio de verlo volar. Pero luego de un tiempo, cada uno de ellos se había retirado, defraudado por lo que consideraba una estafa. Todos menos uno que se llamaba Juan.
Por algún motivo, Juan todavía lo ayudaba a limpiar la mansión y confiaba en el anciano que decía volar, aunque ni una sola vez, vamos a decir la verdad, lo había visto despegar del piso.
Los dos perros del hombre tenían un pelaje largo y dorado, que brillaba bajo el sol. Muchas veces se echaban junto a su amo en el parque señorial y pasaban allí largas horas.
Eran dos perros muy inteligentes y un día Juan pensó que quizás pudieran hablar, así que les preguntó:
—¿Por qué se echan ustedes al lado de su dueño?
Y entonces ellos le respondieron, al unísono:
—Porque estar cerca de él nos trae beneficios: cuando vuela el mago, nosotros volamos.
Juan pensó que acaso los que se habían ido antes que él tenían razón. Todo aquello podía ser nada más que una burla. Incluso los perros podían estar burlándose de él, porque jamás los había visto volar, ni a ellos ni al hombre, de modo que mal podía asegurar que éste fuese un mago.
Sin embargo y pese a que nunca pudo sacarles otra palabra, la afirmación de los perros sirvió para mantener su creencia viva y siguió yendo a la mansión, un día tras otro. Después de todo, reconozcamos que no es muy común que los perros hablen, ni siquiera para mentir.
Una mañana de cielo claro en que se había esmerado por limpiar la planta baja, el hombre viejo se le acercó y le habló a él en particular, por primera vez:
—Juan, hace mucho que venís a ayudarme con la casa y no te pago nada. ¿Cómo te ganás vos la vida?
—Trabajo en el casco de una estancia acá cerca —dijo Juan—. Es una estancia donde no sólo se crían vacas, chanchos y ovejas, y se siembran muchísimas hectáreas, sino que también hay varios tambos, dos plantas procesadoras de cereales y una fábrica de queso y dulce de leche.
—¿Y te pagan bien ahí, Juan?
—No, señor, las jornadas son largas, el trabajo agotador y los sueldos una miseria.
El hombre le dijo que pese a lo que le contaba, él venía siempre a ayudarlo un rato, así que valoraba mucho su comportamiento. Después quiso saber qué era lo que más le impresionaba a Juan de la estancia.
—Lo que más me impresiona a mí, señor, como a todo el mundo, es la jaula de los leones. Hay que ser muy, pero muy rico, para tener un zoológico privado como ese.
—¿Y cómo es eso, Juan? —quiso saber el hombre.
—Los dueños tienen una jaula inmensa hecha de barrotes de hierro forjado y ahí vive una manada de leones que trajeron de África. Los dueños siempre repiten que hay que tener mucho cuidado, mantenerlos a raya, porque esos leones podrían escaparse un día y lastimar a alguien.
—¿Y cuántas personas trabajan para aquella gente tan rica, Juan?
—Unas seiscientas personas, señor. Es casi un pueblo chico esa estancia.
—¿Y vos creés que esos leones son tan peligrosos, Juan?
—Lo creo porque lo dice el diario –dijo Juan—. Y si lo dice el diario, es verdad. El diario no miente nunca, señor; eso es lo que piensa la gente.
El hombre parecía reflexionar sobre todo aquello.
—Mirá, Juan, vamos a hacer una cosa. En premio por tu actitud, a partir de ahora te pido que anotes cada uno de tus sueños y que, cuando vengas, me los cuentes.
Juan estaba un poco desilusionado. Con lo que ganaba no llegaba a fin de mes y él bien podría haber pensado en algún otro tipo de compensación, máxime tratándose de un hombre solo que vivía en una mansión. Anotar sueños le parecía una tarea dificilísima, más que ir a la mansión a limpiar. Y por cierto, no le veía ninguna utilidad.
—Pero es que yo no sueño nunca, señor.
El hombre se quedó mirándolo fijamente, como si no creyera lo que Juan le decía o como si pudiera ver a través de Juan.
—No importa, Juan —dijo—. Entonces voy a hacer algo que no vas a poder creer. A partir de ahora voy a compartir mis sueños con vos; te los voy a transferir, digamos. Vos tomá nota de lo que puedas ver mientras dormís, y la próxima vez que vengas, me vas a contar esos sueños.
Juan no entendió bien lo que el viejo le decía, pero esa misma noche tuvo un sueño muy vívido. Se despertó y lo anotó. Al otro día, Juan volvió a la mansión y le dijo entusiasmado al hombre que había soñado con un oso polar.
—El oso estaba tendido en la nieve y dormía, señor. Dormía y dormía, yo lo miraba y él no se despertaba.
El hombre dijo entonces que el oso polar hiberna y que también la mente puede permanecer quieta durante mucho tiempo. Para sorpresa de Juan, consideró que había hecho un avance importantísimo y le pidió que anotara el próximo sueño con el mayor detalle.
Durante varios días más, Juan no soñó con nada. El hombre ni siquiera se acercó a él durante esos días. Parecía hosco y encerrado en sí mismo, hasta los perros le rehuían.
Juan pensó que el hombre estaba enojado porque él no podía ver sus sueños, pero igual siguió yendo a la mansión, cada día.
Al poco tiempo, uno de los leones de la estancia se escapó por fin de la jaula e hizo grandes destrozos entre los animales.
Esa misma noche Juan soñó con un enorme león blanco, con una gran melena. El león estaba tirado en medio del campo. Juan se acercó y lo llamó por su nombre. El león también se llamaba Juan.
El león se levantó en el sueño de un salto, abrió las fauces y miró a Juan, derecho a los ojos.
Ese león blanco fue tan vívido, tan real, que a la mañana siguiente, sin anotar nada, Juan fue corriendo a la mansión.
El hombre que volaba lo estaba esperando y escuchó sus palabras con atención. Cuando Juan terminó de hablar, se sonrió, lo abrazó fuerte y después se acostó sobre el césped. Cerró los ojos, puso los brazos a los costados y empezó a respirar muy plácidamente, como había hecho otras tantas veces.
Ustedes pensarán por ahí que el hombre salió volando como un aladeltista o como quien tiene una mochila propulsora en la espalda. Pero no, la verdad es que al principio no pasó nada. Después de más de una hora, Juan vio que el cuerpo del hombre se empezaba a elevar en posición horizontal.
Cada vez más alto, más alto. Juan pensó que bajaría cuando llegara a la altura de las hélices de los molinos, pero no. Cuando alcanzó la altura a la cual vuelan las gaviotas, pero no. El hombre siguió y siguió ascendiendo, hasta que se perdió allá en el cielo.
Juan supo entonces que estaba solo y al principio se sintió muy triste. Entró en la mansión y se encontró con que el viejo le había escrito una carta y que había acondicionado una pieza para él.
Esa noche Juan se quedó en la mansión.
A la mañana siguiente, se levantó muy temprano de acuerdo a las indicaciones del mago. Sintió por primera vez la llamada del césped, que era de un verde intenso, mullido, suavemente oloroso e inmenso como todo el campo alrededor.
Se tendió ahí, hasta que los perros se echaron también a su lado.
Unos días después empezaron a llegar mujeres y hombres que le ofrecían sus manos para limpiar la mansión.
A cambio de verlo volar.